El conflicto palestino-israelí ha ocupado miles de páginas de libros de historia y de periódicos. El aspecto más conocido por todos hace referencia a las luchas internas, a los ataques esporádicos entre ambas regiones o a las innumerables negociaciones políticas que siguen sin encontrar una solución permanente y pacifica al problema. Sin embargo, poco o nada se dice del agua, un factor determinante a la hora de delimitar los asentamientos y las fronteras entre Israel y los Territorios Palestinos Ocupados (TPO) de Cisjordania y Gaza.
Desde el inicio del conflicto a principios del siglo XX, Israel ha llevado a cabo innumerables medidas e iniciativas que han destruido cientos de instalaciones acuíferas tanto particulares como comunitarias y que han provocado un fuerte impacto en una población, la palestina, que ve cómo su rutina diaria se ha modificado por no disponer de la cantidad de agua necesaria para satisfacer sus necesidades.
Los cerca de dos millones y medio de personas que viven en Cisjordania no reciben ni una gota de su principal recurso, el rio Jordán. En cambio, la Asociación Canadiense para la Justicia y la Paz en Oriente Medio estima que Israel usa un tercio más de lo que necesita, unos 650 millones de metros cúbicos. El otro recurso hídrico, el acuífero de la montaña, se recarga gracias a las filtraciones de agua de lluvia y nieve; de él, según Amnistía Internacional, Israel extrae el 80%. La población palestina de Cisjordania consume de media unos 73 litros por día, excepto en la zona norte, donde el consumo se reduce entre los 33 y 47 litros al día y en el valle del Jordán, cuyos habitantes (la mayoría pastores) sobreviven con tan solo seis o 20 litros diarios. Cifras, todas ellas, bastante inferiores a los 100 litros por persona y día recomendado por la OMS.
[quote_right]A pesar de las denuncias internaciones sobre las constantes violaciones de derechos humanos a este respecto, Israel se mantiene firme. [/quote_right]
Respecto a Gaza, la situación -lejos de mejorar- empeora por momentos. A pesar de que los Acuerdos de Oslo de 1995 establecieron una única unidad territorial formada por la Franja y Cisjordania, sus habitantes sólo pueden satisfacer sus necesidades mediante el uso de fuentes locales. En dicho territorio, el único recurso hídrico existente es el extremo sur del acuífero costero (utilizado, además, por Israel y Egipto) que, al igual que ocurre en Cisjordania, está siendo sobreexplotado desde la ocupación de Israel en 1967. Según un informe de B’Tselem (Centro de Información para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados) se extraen unos 180 millones de metros cúbicos al años a pesar de que tiene una recarga anual de entre 50 y 60 millones, así que las cuentas no salen. Y decimos que es el único recurso hídrico porque, aunque existe otro acuífero, se calcula que entre el 90 y el 95% de sus aguas están contaminadas. De hecho, un reciente informe de Amnistía Internacional alerta sobre el aumento de diarreas agudas y de menores que padecen metahemoglobinemia, conocido como el síndrome de los “bebés azules” y que se debe al aumento de nitrato en sangre (adquirido por el consumo de agua en mal estado). Los niños y niñas que padecen esta enfermedad parecen sanos pero muestran una peculiar coloración azulada alrededor de la boca, en las manos y pies y pueden tener episodios de dificultad respiratoria, diarrea y vómitos llegando, incluso, a perder el conocimiento.
Sin embargo, lo triste de esta situación es que, a corto plazo, tiene muy difícil arreglo. Al problema de la sobreexplotación israelí hay que añadir la complicada situación climatológica de ambos territorios. Tanto Cisjordania como Gaza sufren largos y continuados periodos de sequía, por lo que el curso de los ríos y el volumen de agua de los acuíferos son bastante irregulares. Además, en los últimos años se observa un importante aumento de la demanda de agua debido a la fuerte presión demográfica que viven ambas zonas.
La precaria situación económica en la que viven muchos árabes tampoco ayuda. Con más del 46% de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza y más del 27% en situación de desempleo, comprar un generador eléctrico para bombear agua de las cisternas situadas en los tejados o para tratar aguas residuales, supone una verdadera carga financiera para las familias. Unas familias que se ven obligadas a abandonar sus cultivos y ganados por no tener agua suficiente con que mantenerlos y a reducir el consumo personal de la misma (o a consumirla de fuentes no seguras) descuidando, con ello, su higiene, lo que está provocando la proliferación de enfermedades gastrointestinales y problemas atópicos. Además, para muchas personas es imposible conectarse a un sistema de alcantarillado, así que las aguas están bastante contaminadas por vertidos de todo tipo, muchos de ellos procedentes de los asentamientos israelíes, en donde se utiliza a los TPO como sus basureros particulares.
Las instalaciones tampoco son buenas debido a las estrictas restricciones impuestas por Israel a la hora de construir o mejorar cualquier tipo de infraestructuras. El 34% del agua se pierde por fugas en las redes de distribución o en las cisternas particulares, que son antiguas, poco eficientes o, directamente, han sido destruidas (intencionadamente o no) por Israel. Según informa Amnistía Internacional, es frecuente que su ejército haga prácticas de tiro contra las cisternas de las viviendas palestinas.
Sin embargo, el estar conectados a una red de agua potable, tampoco asegura el suministro de agua. Estos palestinos y palestinas -por llamarlos de algún modo, más afortunados- tienen que lidiar con cortes constantes de agua incluso en verano, al estar sometidos al programa de rotación. Es decir, que cada persona recibe agua unos días determinados y a unas horas concretas. Por ello, la población palestina, por un motivo u otro, se ve obligada destinar, de media, un tercio de su salario a comprar agua en fábricas gubernamentales, fábricas privadas o a obtenerla gracias a organizaciones benéficas que trabajan en la zona. Hay que tener en cuenta que el precio varía en función de los kilómetros que el camión tenga que recorrer. Kilómetros que, en los últimos años, van en aumento debido al nuevo muro de la vergüenza que está levantando Israel desde 2002 y que, sorprendentemente, impide el paso de la población palestina al acuífero del oeste, al rio Jordán y a grandes extensiones de tierra fértil. Aún más sorprendente es que el agua que compran a la compañía nacional israelí, Mekorot, procede del acuífero de la montaña, que debería ser explotado por los propios palestinos y palestinas.
Como numerosas organizaciones han denunciado, todas las acciones cometidas por Israel contra las instalaciones hídricas tienen, como último objetivo, eliminar la presencia de población palestina en determinadas zonas de Gaza y Cisjordania para ampliar allí sus propios asentamientos. A pesar de las denuncias internaciones sobre las constantes violaciones de derechos humanos a este respecto, Israel se mantiene firme. No sólo mantiene los TPO y se niega a participar en cualquier negociación encaminada a buscar una solución permanente sino que, además, no duda en desarrollar todo tipo de políticas que beneficien a su población haciendo caso omiso a las necesidades y derechos de los palestinos y palestinas.
