Un voluntariado en familia

Cuando comienza un nuevo año o un nuevo curso, lo cargamos de buenos propósitos que, en la mayoría de las veces, se quedan solo en proyectos. Sin apenas darnos cuenta, nos metemos en la vorágine del día a día y todo lo que formaba parte de esa lista privilegiada se va quedando en olvido. Entramos de lleno en la rutina y, como autómatas, volvemos a repetir los mismos aciertos o errores que el curso anterior pensando, únicamente, en cuándo llegarán las próximas vacaciones. Ese momento parece ser el único fin aceptable para la mayoría. Muy poca gente parece dispuesta a renunciar a ese gran momento, ¿o no tan poca?

pag22_decirhaciendo_fundacion_spinola_ecuador_voluntariado_web2Pablo y María son de ese exclusivo grupo de personas que están dispuestas a renunciar a sus vacaciones de verano por hacer de este mundo un lugar mucho más humano. Este matrimonio de Madrid llevaba planteándose, prácticamente desde hace dos años, la posibilidad de vivir una experiencia de voluntariado en familia. Tal y como nos cuenta Pablo, «teníamos la necesidad de conocer una realidad diferente y de hacerlo en familia para así transformar nuestra propia vida y caer en la cuenta de que hay que actuar de una forma coherente para que el mundo sea mejor. Pero además, sentíamos desde hace tiempo que Dios nos llamaba a compartir nuestra vida con personas que no tienen las mismas oportunidades que nosotros”. Y así fue cómo, a comienzos de este año, decidieron dar el paso y formar parte del grupo de voluntariado internacional que, anualmente, organiza la Fundación Spínola Solidaria. Esta ONG cristiana, cuyo objetivo es promover el acceso a una educación integral especialmente de los más desfavorecidos, está vinculada a la congregación de las Esclavas del Divino Corazón y, con ello, al carisma de sus fundadores Marcelo Spínola y Celia Méndez. Ambas tienen varios proyectos no solo en España, sino también en Latinoamérica, Asia y África. Precisamente, María es profesora de matemáticas en uno de los colegios que la congregación tiene en Madrid. Tampoco es su primera experiencia en esto del voluntariado. Como antigua alumna, ya había estado en otros de los proyectos que las religiosas tienen en Venezuela. Pero este año, para ella, sin duda, ha sido diferente. Su marido, Pablo, documentalista en una multinacional dedicada a estudios de mercado y sus hijos: Carlos con 11 años, Javier de 9 y Lucia, la benjamina, de 6 también se lanzaron a esta aventura. Y así, tras un año de trabajos, madrugones, colegios, estudios, renunciando no solo a los días de vacaciones sino también a parte del sueldo, han decidido continuar con esa rutina en favor, en este caso, de los que más lo necesitan. Su destino, Ecuador.

[quote_right]Pablo y María son de ese grupo de personas dispuestas a renunciar a sus vacaciones por hacer de este mundo un lugar más humano[/quote_right]

El pasado 7 de julio fue el día esperado. Cargados de interrogantes, nervios e ilusión, la familia al completo despegaba de Madrid rumbo al colegio Las Cumbres de Portoviejo, desgraciadamente una de las zonas más afectadas por el terremoto que sacudió al país el pasado mes de abril, pero también una de las zonas más desfavorecidas de la ciudad. Cerca del colegio se sitúa el vertedero conocido como botadero. Allí trabajan muchos padres y madres de alumnos del colegio (afortunadamente ya no permiten la entrada de niños). La situación allí nunca ha sido fácil pero el terremoto no ha hecho más que agravarla. Aún se siguen sintiendo réplicas y, como nos cuenta Pablo, es bastante común que las actividades del colegio se suspendan, ya que los padres acuden al colegio a por los niños o, directamente, ni los llevan por miedo a que los temblores vuelvan a dejar a la ciudad sumida en el caos y en la tristeza. “A los ciudadanos de la provincia de Manabí les está costando mucho adaptarse a los temblores y a volver a la rutina de la vida diaria. Así que durante las primeras semanas no nos quedó otra que, con los pocos niños que quedaron, ingeniárnoslas para improvisar actividades lúdicas, como manualidades, juegos de cooperación o deportes”.

pag22_decirhaciendo_fundacion_spinola_ecuador_voluntariado_webEl día en Ecuador comienza muy temprano. A las 6:45 el colegio que llevan las Esclavas junto con Fe y Alegría, abre sus puertas a decenas de niños ansiosos por aprender aunque hasta las 7:15 no comienzan las clases. Durante su estancia en Ecuador, Pablo y María se encargaron de dar clases a un grupito de niños de unos 11 años que necesitaban refuerzo escolar -ya que todavía no sabían leer ni escribir- y de ayudar en las clases de matemáticas, informática y cultura física por falta de personal docente. Pero quizá su labor más importante ha sido el apoyo afectivo. “Aunque son maravillosos, les cuesta prestar atención. En sus miradas se deja ver lo difícil que a veces es su vida. Hay familias rotas, padres que abandonan a sus hijos a su suerte, alcoholismo, droga, maltrato, delincuencia. Los niños viven en un entorno familiar muy complicado”, nos dice Pablo. Los pequeños de la familia, por su parte, se integraron en el día a día de la escuela. “Asistían a las clases como el resto de alumnos y ayudaban a sus compañeros, sobre todo a los más pequeños del proyecto». Cuando terminan las clases, sobre las 12:30, las puertas del colegio se vuelven a abrir de par en par para dar de comer a los alumnos de la escuela y a otros chiquillos del barrio cuyas familias no tienen los medios necesarios para alimentarlos. También se abren las aulas para que puedan hacer sus deberes en un lugar tranquilo y seguro y se organizan juegos cooperativos y actividades deportivas para que, por lo menos, a diario tengan un momento de risas y diversión. “Ahí también hemos estado, María con los más pequeñitos y yo con los mayores, echando una mano en lo que podíamos. Carlos y Javier, nuestros hijos, nos han ayudado para que los más inquietos no se dispersasen en la tarea; se sienten bien al enseñar a otros. Y es que, desde el principio les intentamos hacer ver lo importante que también eran ellos en este proyecto”.

[quote_right]“Aunque son maravillosos, les cuesta prestar atención. En sus miradas se deja ver lo difícil que a veces es su vida»[/quote_right]

Sin embargo, Pablo, María y sus hijos no son los únicos que han decidido pasar un verano diferente. Parece que ese exclusivo grupo que mencionábamos al principio y que es capaz de renunciar a su zona de confort se amplía cada vez más. Lejos de lo que se supone lo normal (Gandía, Mallorca, playa, alcohol y fiestas) un grupo de diez universitarias vinculadas también a Spínola Solidaria y a la Familia Spínola y acompañadas por dos religiosas han querido destinar sus vacaciones a decenas de niños de Paraguay a los que también imparten clases de refuerzo.

Con el final del mes de agosto a la vuelta de la esquina, llega también el final de su experiencia del voluntariado. Todavía no saben cómo será la vuelta pero, haciendo extensivas las palabras de Pablo, todos ellos tienen claro que «habrá que tomar decisiones en el día a día para no olvidar lo vivido y para transformar el mundo desde donde estemos viviendo».

Dejémonos de excusas baratas. Reconozcamos que no es cuestión de falta de tiempo. No hay impedimentos que valgan. Si uno desea, de verdad, transformar el mundo, solo tiene que hacerlo. Tampoco estamos hablando de grandes acciones transformadoras. En tu día a día, entre tus amigos, familia o compañeros de trabajo, puedes hacerlo. Los sueños no se hacen realidad así por las buenas. Tú eres quien los hace realidad.

@ire_guti

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