Colombia: voluntariado y cambio de paradigma

Por Toni Peñaranda y Miquel Serra

Llegamos a Colombia. En la maleta no pudimos evitar traer algunos tabúes fruto de la contaminación de nuestro entorno. Durante las últimas décadas el país ha proyectado una imagen deteriorada y nuestras familias ya nos advirtieron: “Vigilad, que os pueden secuestrar”, “Ojo no os vayan a robar”, “Tened cuidado que no os metan droga en la maleta”. El reto era provocador y la intuición, esa brújula interna que suele apuntar a la verdad, estaba correctamente magnetizada. No nos importa si parte de este imaginario colectivo es verídico. Nuestra sospecha iba bien encaminada y la cuestión es que son ciertísimas las vivencias que cada día nos ha regalado Ciudad Porfía y que nos han permitido disfrutar de un luminoso cambio de paradigma.

A menudo el voluntariado ayuda a cambiar las ideas preconcebidas sobre la pobreza.

Voluntarios en Colombia. Foto. Miquel Serra

Y nos inmiscuimos. La gente de Ciudad Porfía, un barrio humilde con nombre de ciudad ubicado en las puertas del llano (Villavicencio, tierra de vallenato y joropo), ha sido nuestros “vecis” y la comunidad marista insertada en medio del meollo, el hogar que nos ha acogido. Como voluntarios maristas de la ONG SED (Solidaridad, Educación y Desarrollo) hemos tenido la oportunidad de intercambiar nuestra experiencia y buena voluntad con la “Institución Educativa Champagnat Pinares de Oriente”. Desde el primer momento hemos avisado que no somos gurús de nada, no venimos a dar la más mínima lección. Tan solo apostamos por la transformación y la experiencia en primera persona, para combatir la ignorancia y ser agentes de cambio en nuestros lugares de origen. Compartir mochilas, con humildad y un par de sonrisas y al final descubrir que no somos tan distintos.

[quote_center]En Porfía no se huye de la pobreza para conquistar la riqueza. La pobreza es relativa[/quote_center]

“Durante mis sesenta años de vida en Colombia no he vivido tan siquiera un día de paz”, afirma rotundo el día de nuestra llegada el hermano Tiberio. Don Tiberio aparca (acá, parquea) un breve instante sus sarcasmos y nos contextualiza acerca del conflicto que vive el país. La virulenta guerra entre el ejército, las FARC y los grupos paramilitares han hecho que Colombia encabece el penoso récord de ser el país con más desplazados internos del mundo, por delante de Siria e Irak.

A mediados de los cincuenta, la élite que gobernaba el país (apoltronada mediante un riguroso pacto de cuatro años para los liberales y cuatro años para los conservadores) se olvidó de trabajar para millones de personas que vivían en las zonas rurales. Como contestación, surgieron agrupaciones izquierdistas inspiradas en la revolución cubana y financiadas por la URSS. Pronto se convirtieron en guerrillas (ELN, EPL, M19 y las más famosas, las FARC). El ejército del gobierno perdía el control y la oligarquía contrató servicios privados paramilitares (grupos armados con ideología derechista). El triple conflicto se desbordó cuando a principios de los noventa -con la caída del Muro de Berlín y la caída de la URSS- las guerrillas dejaron de ser financiadas por entes comunistas. Entraron en el terreno de juego los narcotraficantes: las guerrillas ofrecían protección de los campos de coca y los narcos ofrecían suculentas cantidades de dinero para asegurar el cultivo, el procesado y la distribución de la droga. Fue la época de la narcopolítica, de Pablo Escobar, de la mafia colombiana que suministraba el 80% de la cocaína en el mundo. Millones de campesinos huyeron del campo para invadir la ciudad y asentarse donde fuera posible. De ahí nacieron los barrios de invasión que inundaron las lomas de los cerros de Bogotá o de Medellín. Y Ciudad Porfía fue el espejo donde vimos que las tensiones se entrelazan hoy con las sonrisas en lo cotidiano.

Con las manos abiertas y unas expectativas flexibles, nuestra aportación en la escuela consistió en ofrecer momentos de compartir con todos los niños del colegio, herederos de profundas cicatrices de guerra. Tratamos temas diversos que los docentes nos recomendaron (el respeto, la resolución de conflictos, las drogas, los robos, etc.). Dimos rienda suelta a las herramientas que todo animador lleva en su chistera: unas hojas de papel, una guitarra y las ganas de generar debate y arrancar alguna carcajada. Creemos que fue un éxito y no porqué fuésemos grandes psicopedagogos, sino porque solamente con el hecho de poder presentarnos delante de un grupo de chavales llenos de inquietudes (“y ustedes, los españoles, ¿por qué nos invadieron?”), solamente con que escucharan acentos distintos y con poder mezclarnos con ellos haciendo volar una cometa, saltando a la cuerda o atendiendo sus curiosidades, solamente con esto ya pudimos crear un espacio fecundo y espontáneo de dar y recibir. Un espacio que revitalizó a ambas partes y nos hizo sentir a todos más humanos y más hermanos.

Fuera de la escuela, en Ciudad Porfía también fuimos testigos de la pobreza destructiva que se rinde ante las drogas y que elige robar para dar respuesta a la desesperación. Fuimos también testigos de las actuaciones de grupos de autodefensa (esto es, la justicia de la mano de vecinos que advierten y “dan plomo” de noche a sectores estigmatizados de la población, generalmente yonquis y ladrones), la llamada “limpieza social”, diaria y prácticamente consentida por la policía.

Y, a pesar de todo, en Ciudad Porfía también desaprendimos el concepto europeo de pobreza y aprendimos que la pobreza puede ofrecer nuevos valores (la hospitalidad, el compartir la mesa,  las familias-nodo que se conectan y crean redes para ayudarse e impulsar proyectos). El concepto latinoamericano de “pobre” está vinculado a algo positivo, a algo que libera de la dependencia material. En Porfía no se huye de la pobreza para conquistar la riqueza. La pobreza es relativa: un ejecutivo de Manhattan puede sentirse pobre. Un indígena de la Amazonía colombiana es una persona absolutamente completa en su entorno. El mismo indígena trasladado en medio del paseo de La Castellana sería considerado probablemente “pobre”, con carencias materiales que dificultan su existencia.

[quote_center]Ciudad Porfía fue el espejo donde vimos que las tensiones se entrelazan hoy con las sonrisas en lo cotidiano[/quote_center]

Esa nueva concepción de pobreza fue reveladora. En muchas comunidades maristas colombianas, los hermanos maristas viven con los pobres y como los pobres. Pudimos verlos en Porfía, pero también en las obras y comunidades de Bogotá y de Medellín. Algunos no quieren que se les llamen “hermanos”, no quieren distinciones nominales. Aunque lejos del asistencialismo, algunos apoyan con dinero situaciones excepcionales de alguien del barrio: con eso y con todo es un dinero siempre anónimo para el receptor. El hermano se encarga de encontrar algún camino para que llegue tal cantidad a la persona, pero desde el silencio. Y en caso de que, por ejemplo, el hermano Tiberio leyera este artículo, probablemente no le gustaría que ensalzáramos su modus operandi, pero es nuestro pequeño homenaje después de tanta lección de vida.

Y hoy nos despedimos de Colombia en medio de una encrucijada histórica, el primer acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC. Probablemente un pacto incompleto, pero un avance gigante después de tanto baño de sangre. Estaremos todos atentos al plebiscito del 2 de octubre.

Y nada más. Agradecerte, Colombia, tus paisajes y tus verdades, por regalarnos una mirada nueva y por enseñarnos que hay una lucha que no es tuya ni mía, sino nuestra.

 

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