El sacramento de la reconciliación en la cárcel de Navalcarnero: un encuentro con Dios Padre

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Por Francisco Javier Sánchez, Capellán de la cárcel de Navalcarnero

Pensar en la cárcel es pensar en delito, en juicio, es pensar en negatividad… incluso nos puede dar hasta miedo. No es fácil pensar en la cárcel como en un espacio de reconciliación, de solidaridad, de amistad o de conversión. Muchas son las veces que el obispo me ha preguntado si los presos se confesaban y mi respuesta siempre ha sido la misma: depende de lo que entendamos por confesión. Si por confesión entendemos a lo que estamos acostumbrados en las parroquias de ponerme delante de alguien desconocido, decir lo que he hecho y esperar que, tras una oración, se me perdonen los pecados… Este tipo de confesión tengo que decir que no se da en la cárcel o, por lo menos, en estos once años visitando a los muchachos de Navalcarnero yo no he tenido mucha experiencia de ella.

La reconciliación dentro de la prisión de Navalcarnero

Hay que abrir las cárceles desde dentro. FOTO/ WILMA TECHERA

Sin embargo, sí  he tenido la experiencia del encuentro profundo entre alguien herido, dolorido, maltrecho por una vida dura, que necesita sentirse abrazado y querido por el Dios de la misericordia que se manifiesta en Jesús de Nazaret, en su Palabra y en su mensaje. He tenido y tengo la suerte de sentir cada día la presencia de un Dios Padre Madre que abraza a sus hijos. Muchos de ellos solo han tenido experiencia de sufrimiento pero necesitan abrirse a esa misericordia entrañable de ese Dios que no les juzga, sino que les acoge, les perdona y les hace descubrir que su vida en sí misma merece la pena, que son hijos de Dios y que ese Padre bueno les espera como en tantas ocasiones nos dice el Evangelio.

En estos años he podido disfrutar de muchos de esos encuentros. Siempre que alguien me pide confesar voy al módulo, nos saludamos y comenzamos a hablar… A veces cuesta porque profundizar en la vida siempre es difícil y mucho más en vidas tan rotas. Muchos de ellos hace tiempo que no tienen un encuentro fraterno, pero siempre se muestran abiertos a ello. Siempre suele ser una conversación afectiva, cercana, acogedora, en la que pido a Dios que me haga ser su mediador, que la persona descubra en mis palabras sus mismas palabras. Y  es conmovedor ver cómo el ser humano lo que necesita es que alguien se le acerque, le consuele, le quiera y le haga ver que su vida merece la pena y puede cambiar. “Tengo una herida profunda”, me decía hace unos días José Luis, me siento muy culpable de todo lo que he hecho y quiero pedir perdón. Cuando nos cogimos de la mano y rezamos juntos el padrenuestro, solo me dijo “Gracias por haberme acogido” y, entre lágrimas de perdón y alegría, juntos le pedimos al Padre que nos diera capacidad para seguir hacia adelante.

Este hombre machacado por el alcohol se sentía culpable pero era capaz de pedir perdón a Dios por todo el daño causado y el Dios misericordioso estaba produciendo, como en tantas ocasiones, el milagro del encuentro. Me dijo que no había querido comulgar y yo le animé a que nunca dejara de hacerlo porque “la comunión no es para los buenos” y Jesús en el Evangelio siempre se rodea de los que nadie quiere, es con ellos con los que se sienta especialmente a compartir y a comer y no “con los buenos”.

O cuando Rafa me comentaba lo importante que para él era sentirse abrazado en cada una de nuestras eucaristías de los sábados, “todo el mundo me abraza y me da la paz, me coge de la mano… pero nadie me pregunta lo que he hecho y por qué estoy allí y eso me hace sentirme muy bien”.  Todo esto lo decía con los ojos vidriosos, emocionado y sintiendo que alguien por fin lo acogía como se merecía. “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Ese es el Dios del Evangelio que captó Rafa y que cada día en este lugar de sufrimiento intentamos vivir. Por eso una vez más reconocer que el Dios misericordioso se nos acerca en la Tierra Sagrada y Santa de la cárcel y, en palabras de monseñor Romero, una vez más, “Con este pueblo no cuesta ser un buen pastor”.

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