Hace unos años asistí a una visita guiada donde se nos mostraban las diferentes especies de árboles que hay en un parque de Madrid. Nos explicaron las características de cada uno de ellos, tipo de hojas, cualidades de su madera, usos medicinales… Lo que comenzó siendo una actividad motivada por la curiosidad se ha convertido desde entonces para mí en una continua admiración por la naturaleza.

Últimamente es la planta del bambú la que me tiene cautivado. Cuanto más leo sobre ella más me asombro. De la familia de las Poaceae, es originaria principalmente de las zonas del hemisferio sur, donde la fragilidad humana se hace más palpable. Crece de forma consistente siendo una materia prima empleada para la construcción, la alimentación o la  fabricación de muebles, entre otros muchos usos. Su resistencia y flexibilidad es tal que se le llama “el acero vegetal”. Como contrapunto, en el norte, generamos nuevos materiales que también aportan sus propiedades, pero que, en muchas ocasiones, dañan a la naturaleza. Nos olvidamos de que en ella podemos encontrar materias más saludables.

Foto Sanxo

De pequeños nos enseñaron que crecer significa aumentar centímetros a nuestra estatura. Con el tiempo “pierde” este significado y, en algunos ámbitos, es sinónimo de obtener mayores beneficios económicos, muchas veces a costa de lo que sea: explotar a los empleados haciéndoles trabajar más horas, pagar salarios injustos, expandir una empresa aunque haya que anular a la competencia. Mientras, el humilde bambú nos recuerda que él crece para poder dar más sombra, para absorber mayor cantidad de anhídrido carbónico, lo cual ayuda a combatir el efecto invernadero. Además, favorece la fijación del suelo, evitando así la erosión y es un regulador de filtración de agua que ayuda a mantener la humedad. Eso hace: crecer para otros, no para sí, ni para su beneficio propio.

Algunos dirán que sus raíces se extienden sin control y no les falta razón. Pero, sin pretender justificarlo, tal vez ese afán de propagarse, de llegar más lejos y poder también aportar sus beneficios, es también un ejemplo de superación, aunque sin olvidar que no se trata de invadir sino de difundir.

No es una planta a la que le guste destacar ni llamar la atención. Depende de las especies, pero su floración no es usual o tarda bastante tiempo en darse. Algunas se toman para ello hasta 120 años. Cuando lo hacen suele ser de forma gregaria, es decir, de forma simultánea y después mueren, intentando así dejar descendencia.

También es una alternativa en la búsqueda de nuevas fuentes de energías renovables que no requiere de grandes costes energéticos para su trasformación. Algunas marcas lo utilizan para fabricar componentes de sus productos.

En este mundo occidental, donde lo que no sirve en muchas ocasiones se tira, esta planta identificada con el mundo oriental nos recuerda que sus desechos pueden ser utilizados para fabricar papel y tejidos o como combustible para la cocina o la calefacción. Todo un ejemplo de que lo insignificante de nosotros puede prolongar su vida para caldear la de otros. Se asemeja al ejemplo de  tantas personas que, a lo largo de la historia, nos recuerdan que hacerse astillas no es sinónimo de fragilidad sino del deseo de  contribuir a formar parte del suelo de madera sobre el que la humanidad y la espiritualidad bailan abrazadas.

Nada tiene de especial que uno se aficione por la botánica en un momento determinado de su vida. Lo que resulta curioso es que esa afición te conecte con las profundidades del ser humano y con la dimensión espiritual del universo. Todo tiende a enlazarse y vincularse sin que nos demos cuenta. Lo bello es poder descubrirlo y disfrutarlo.

jukaprieto@hotmail.com