Si me pidieran que me definiera, dos rasgos serían de los primeros en pasar por mi mente: defensora de una educación que ayude a construir un mundo mejor y militante de la Juventud Estudiante Católica. Pero ¿existe alguna relación entre ambos?

Desde que fui a mi primer campamento de la JEC hace siete veranos hasta el día de hoy he vivido numerosos cambios, muchos de ellos favorecidos por el enriquecimiento personal que este movimiento me aporta.

Cuando comencé mi etapa universitaria para estudiar el Grado en Educación Infantil llegué a la facultad con un entusiasmo que no tardó en tornarse en desilusión. Para mi sorpresa, la tendencia era de pasotismo, de ir a lo fácil, de individualismo y de preocuparse más por aprobar y por sacar más nota que otras personas que por aprender y formarse. En este contexto, la JEC me hizo ver que no debía caer en la tónica general pero, sobre todo, me hizo ver que no podía conformarme. Y así fue como decidí que no iba a seguir la corriente y que iba a actuar de acuerdo con los valores que como persona y como creyente me mueven en la vida.

Mi decisión no cambió el mundo ni el comportamiento que reinaba entre los y las estudiantes, pero sí sorprendió a personas de mi alrededor, que alguna vez llegaron a preguntarme el porqué de mi actitud. Fui delegada de mi grupo, participaba en clase y en actividades de la universidad, ayudaba a quien lo necesitaba aunque ello supusiera privarme de otras cosas… Pero, especialmente, me paré a reflexionar sobre el sentido que quería darle a mi estudio, cómo quería vivir mi vocación de maestra y cómo quería orientar mi futuro profesional. Es ahí donde nace mi opción por la disponibilidad y por el servicio a los y las demás. Jesús se sentó, reunió a los doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el número uno, entonces debe ocupar el último lugar y servir a todos”. Luego Jesús tomó a un niñito, lo puso frente a ellos y levantándolo en sus brazos, les dijo: “El que recibe a uno de estos niños en mi nombre, también me recibe a mí. El que me recibe a mí, también recibe al que me envió” (Mc 9, 35-37).

Habiendo cerrado el pasado mes de junio mi ciclo universitario, actualmente estoy preparándome las oposiciones para ser docente de Educación Infantil; una etapa difícil, sacrificada y en la que reina la competitividad. Pero, a pesar de los obstáculos, el Evangelio y el posicionamiento en mis estudios y en mi vocación que inicié en la universidad siguen siendo mi faro en este trayecto.

Y en este punto, en el que me siento convencida de que gracias a la formación que he recibido tengo ese deseo de actuar en mi realidad y de contribuir a que sea más justa y solidaria, me pregunto: ¿por qué no ofrecer desde mi vocación una educación que siembre esa semilla en otras personas? ¿Por qué conformarme con lo que hay, aunque pudiera ser la opción más sencilla y cómoda, pudiendo luchar por una educación que contribuya a crear un mundo más humano?

Irene Díaz de Mayorga Ramos

Militante de JEC en Sevilla