Etiopía 1971. El emperador Haile Selassie, el rey de reyes, estaba al frente de un país atrasado y sumido en la pobreza, donde el hambre devastaba cíclicamente buena parte del país. Además, la guerra –con Somalia y Eritrea- se comía buena parte de los escasos recursos económicos. El descendiente del rey Salomón y de la reina de Saba no sabía que le quedaba poco tiempo para perder el trono más antiguo del mundo y que ya no podría salir de su residencia para lanzar monedas –con su propia efigie- por las calles, en las que las gentes se peleaban por alcanzar esa fracción de birs y comer un día. En este ambiente nacía, en Addis Abeba, Alemnash Daurte Manshlot Haile. Su padre era militar, su madre se ocupaba de las tareas de la casa y de cuidar a su hermano mayor. Luego nacería otra niña.

Los primeros recuerdos de Alem –como ahora le llama la mayoría de la gente- son escasos, pues apenas tenía tres años cuando en 1974 se produjo una serie de manifestaciones sociales en las que no faltaron jóvenes oficiales del ejército etíope, que terminarían con el destronamiento del emperador. Después de años sangrientos, incluso en la cúpula del poder, en febrero de 1977, Mengistu Haile Marian se hacía definitivamente con el domino del país. En ese tiempo, el padre moría en la guerra con Somalia, que reclamaba 300.000 Km2 de la región de Ogadén. Su madre, de la noche a la mañana, enfermó y murió. “Nadie de la familia pudo hacerse cargo de nosotros”, recuerda esta mujer de mirada franca y amplia sonrisa.

Su hermano mayor y ella fueron internados en un orfanato para hijos de militares fuera de la capital, en Tatek. A la pequeña la dejaron en un centro de Addis Abeba. Alem no podía sospechar que esa sería la última vez que vería a su hermana. Mengistu había creado un régimen comunista, con el apoyo técnico y económico de la Unión Soviética y Cuba. Cuba, que incluía el envío a estos países de jóvenes y adolescentes huérfanos de militares para su educación y formación con vistas al futuro desarrollo etíope. Se calcula que unos 5.000 chicos y chicas abandonaron su tierra.

 

Etíope, refugiada en Cuba y España

Alemansh Daurte, en un momento de la entrevista. foto j.i.i.

Ibas donde te tocaba

“En 1983 me dijeron que tenía que ir a Cuba”, recuerda Alem. Un año antes había partido su hermano. No tenía ni idea de qué era, ni dónde estaba. Había terminado el sexto grado -la Primaria en España- mientras en el orfanato ayudaba en las tareas de comedor, cocina, limpieza… Junto a otros 700 adolescentes, chicos y chicas, Alem fue embarcada en un avión que después de unas horas aterrizaba en la Isla de La Juventud. “Donde te tocaba, allí ibas. Éramos como ovejas”, dice Alem. “La salida fue muy triste. Aunque estés en un orfanato es tu tierra, son tus amigos, es tu cultura, son tus raíces. Era ir a lo desconocido. Me acordaba de mi hermana pequeñita sin saber cuándo la volvería a ver”, recuerda con un nudo en la garganta mientras unas lágrimas brotan en sus ojos.

Iban a Cuba por dos años, aunque la realidad los convirtió en 17. Los seis primeros meses en La Juventud se dedicó a aprender castellano, con profesores etíopes que hablaban español y amhárico, idioma mayoritario en su país. Había albergues para chicos y para chicas, aunque las clases eran comunes. Los estudios se compartían con trabajo en el campo cortando caña, recogiendo fruta, cortando hierba entre las hileras de naranjos… Los estudios eran duros y la disciplina también. “Compartíamos todo, lo malo y lo bueno, pero siempre me quedaba la sensación de estar sola”, señala Alem. Allí había jóvenes de muchos países: Nicaragua, Angola, Mozambique, Namibia…

Aunque el objetivo seguía siendo volver a Etiopía, habían transcurrido cinco años cuando en el duodécimo grado había que elegir carrera. Alem opta por veterinaria y para ello es enviada a Bayamo, en la provincia Oriental de la isla caribeña. En el Curso 1990-91 termina los estudios, hecho que coincide con el Golpe de Estado en Etiopía que derroca al presidente Mengistu, que se exilia en Zimbabue, donde todavía vive a sus 80 años. “Así nos quedamos en el limbo, aunque teníamos el estatus de estudiantes extranjeros. Gracias a ello el régimen cubano nos seguía dando alojamiento y alimentación”, recuerda Alem. No le quedaba otra que buscarse la vida “chapeando” aquí y allá, vendiendo alguna cosa, como gallinas, fruta, café… Nunca pudo ejercer como veterinaria.

El tiempo va transcurriendo sin un futuro en el horizonte más allá del día siguiente. Así hasta que en 1998 la incertidumbre se convierte en “agonía”, puesto que el Gobierno de Fidel Castro le comunica que tiene que abandonar Cuba, al igual que otros miles de personas que se habían educado en la isla. “Las pasamos canutas, no teníamos dinero”, asegura Alem. En su relato pluraliza porque ese mismo año había conocido, en La Habana, a Efrén, un joven etíope que había estudiado ingeniería de riego y drenaje. No sabían qué hacer. La situación en Etiopía estaba marcada con una nueva guerra en Eritrea, que en dos años se cobró cientos de miles de vidas. Volver no parecía la mejor opción. “De aquella época hay toda clase de recuerdos, también buenos. Pero ahora lo veo con mucha tristeza. Me siento feliz y triste al mismo tiempo. No puedes olvidarlo. Lo intentas, pero te persigue una especie de soledad. Lo más triste es no ser de ningún sitio. Se sobrelleva, claro, pero es muy triste”, recuerda una Alem emocionada.

 

Llegada a España

En el año 2000, gracias a un acuerdo entre España y Unicef, Alem y Efrén llegan a Madrid, con un billete de regreso a Etiopía, que nunca utilizaron. Estuvieron tres días en una pensión, cerca de la Puerta del Sol, que les costaba 5.000 pesetas (el euro todavía no circulaba). Una fortuna para el dinero que tenían, tal era así que su dieta se redujo a una coca-cola por día. “No sabíamos dónde ir. Al cabo de un tiempo nos enteramos de que podíamos comer en la Cruz Roja y allí nos ayudaron”, vuelve la emoción a la garganta y los ojos de Alem. Hicieron la solicitud de asilo mientras vivían a salto de mata. Ella trabajando en alguna casa como servicio doméstico y acogida en un piso para mujeres; él deambulando por la ciudad por si surgía alguna faena y durmiendo en el albergue de Simancas. Era empezar otra vez desde cero, a la espera de una respuesta por parte del Gobierno de José María Aznar. Ésta llegó en el mes de septiembre, siendo destinados al Centro de Refugiados de Alcobendas (CAR).

[quote_right]No entienden que habiendo nacido en el hospital de La Paz, hablando perfectamente el castellano, no sean españolas. ¿Es por el color de nuestra piel?[/quote_right]

En Alcobendas han ido quemando etapas desde que dejaron el CAR a principios de 2002. Alem hizo el propósito de quedarse aquí y “lo primero que pensé es que me tenía que casar”. A Efrén y a ella los casó José Caballero, entonces alcalde de Alcobendas. “Allí estaban casi todos los trabajadores del CAR. Eran mi gran familia”, recuerda Alem. Un mes después nacía Sara, su primera hija, que hoy tiene catorce años y estudia en el Instituto Severo Ochoa. Cuatro años más tarde llegaba Belén, que aprende en el Colegio Antonio Machado. Curiosamente ambas tienen nacionalidad etíope al no haber un convenio entre España y el país del Cuerno de África. Esto les produce cierta confusión. No entienden que habiendo nacido en el hospital de La Paz, hablando perfectamente el castellano –apenas saben unas palabras de amhárico- no sean españolas. ¿Es por el color de nuestra piel?, se preguntan. Alem les dice que uno es de donde nace, pero que los padres son etíopes. “Trato de inculcarles cada día valores que les hagan mejores personas, abiertas y sensibles a los demás”, dice, mientras cuenta que no puede evitar cierta tristeza cuando su hija pequeña le dice que su país se llama “conejito” y tiene un solo ciudadano: ella. “Son lo más bello que tenemos, las que nos hacen seguir luchando. Nunca he tenido el calor de una familia hasta que he formado la mía”, resalta Alem.

Después de diez años en nuestro país tanto Alem como Efrén deciden pedir la nacionalidad española. Después de 28 años, vuelve a su tierra para conseguir la documentación necesaria. Otra vez la soledad. En su propio país no conocía a nadie. Sólo estaba su hermano -al que no le han ido muy bien las cosas- y la madre de su marido. Trató de encontrar a su hermana pequeña, pero no pudo hacerlo. Se enteró de que había sido adoptada por una familia en la que él es técnico aeronáutico y ahora vive en Dubai. “Al menos sé que está bien”, comenta con pena.

La veterinaria trabaja hoy de camarera en el Grupo Vips; el ingeniero lo hace lavando coches en una gasolinera de Fuencarral. “La verdad es que aquí empecé a ver la luz de mi vida”, afirma Alem. Es cierto que ha habido momentos muy difíciles, que ha sentido el rechazo de la gente por su color de piel, pero también la aceptación de muchas personas “que me han dado de comer y me han llenado la bolsa de la compra cuando no tenía un duro”.

Alemnash Daurte asegura que no puede ver en televisión la crisis de los refugiados: “No paro de llorar. Me imagino una tercera inmigración y se me pone la carne de gallina”.