Javier Sánchez

En Cubas de la Sagra, pueblo cercano a Navalcarnero, tuvimos como cada año el encuentro-convivencia entre chavales que están en la cárcel, familias, voluntarios y personas de la parroquia que quisieron acompañarnos. De la cárcel salieron trece muchachos, con la alegría de querer compartir un día en familia. Muchos era la primera vez que salían con nosotros y tenían grandes expectativas que, creo, se vieron cumplidas con creces. De familiares también vinieron muchos, la mayoría del grupo de familias que nos reunimos una vez al mes en la parroquia Nuestra Señora de Belén. El objetivo del día era, por un lado, compartir y convivir juntos, sintiéndonos familia y sobre todo personas unidas, sufriendo por una misma causa e intentando ayudarnos mutuamente. Pero, además, también queríamos que chavales privados de libertad compartieran con las familias cuáles eran sus preocupaciones, cómo viven, qué hacen allí… con el fin de hacerles ver que no todo allí es negativo y que dentro también hay vida; hacerles descubrir que en la cárcel existen gestos solidarios de humanidad profunda, de compañerismo, de amistad… A pesar de lo que todos los medios de comunicación se empeñan en trasmitir, hay sobre todo personas, seres humanos que han cometido un error pero que pueden cambiar, y que merece la pena darles una nueva oportunidad.

Como siempre que nos reunimos, el día fue un poco mezcla de todo: de compartir llantos, dolores, sufrimientos, pero sobre todo de esperanza y de mirar al futuro. Había vida, humanidad, y la presencia un Dios tan humano que precisamente por eso es Dios.

Salimos en un autobús primero desde Fuenlabrada y luego recogimos a los chicos en la cárcel. Ya en el autobús, tuve mi primer encuentro emocionado con Enma, la madre de Manolín, fallecido, y con otro hijo enganchado y con problemas, pero como siempre fiel a sus hijos y llena de esperanza y confianza en Dios. Confieso que, como siempre, me hizo llorar porque me transmitió a un Dios vivo a través de su vida y, con su dolor esperanzando, pude comprobar una vez más al Dios de la vida. En Enma siempre descubro la imagen de María al pie de la cruz de su hijo; en ella, como en tantas madres, se hace realidad esa dolorosa madre, que no entiende a su hijo, pero que siempre le acompaña en su dolor y sufrimiento.

Los chavales comenzaron a compartir cómo se encontraban en la cárcel, qué hacían y cuál era su vida. Todas las familias escuchaban con atención y muchos de ellos intervenían y preguntaban, porque querían saber de primera mano qué hacían allí dentro. Se trataba de tirar falsos mitos y de reconocer sobre todo que en la cárcel había personas, seres humanos, que habían cometido un error, pero que estaban también necesitados de otra oportunidad, que su “estar presos” no les hacía perder su dignidad como seres humanos.

Tuvimos la oportunidad de contar con dos chicos marroquíes, musulmanes, que nos contaban su experiencia y nos hacían ver que la vida era igual para todos. Estuvieron también dos personas que estaban ya en régimen de tercer grado y que comentaron también las dificultades que supone luego la vida al salir en ese régimen de semi-libertad. “Quizás cuando uno sale fuera en tercer grado es cuando de verdad encuentra las dificultades, y casi comienzas a añorar la vida dentro, porque en la calle todo es mucho más difícil”, nos comentaba uno de los muchachos, que apenas había estado dentro diez meses pero que le habían marcado profundamente y que ahora se enfrentaba de nuevo a la vida en libertad, intentando recuperar lo perdido a todos los niveles. “Es necesario recomponer la vida en la calle, la familia, el trabajo, las relaciones que se han perdido estando dentro”.

Todos coincidían en la importancia de la familia y el apoyo exterior. Alababan el trabajo que desde la capellanía venimos haciendo, sobre todo “porque se trata de hacernos reconocer como personas, con igualdad de derechos y dignidad”. Y confieso que al escuchar estas palabras me venían a la cabeza y sobre todo al corazón, muchos textos del Evangelio que me hacían pensar en la grandeza de la labor que tenemos entre manos y de cómo, a veces, nuestra Iglesia, desaprovecha esta oportunidad de cercanía para con los privados de libertad.

El Dios de Jesús, humano y divino, se hacía presente cada vez que alguien hablaba, derramaba unas lágrimas o decía algo gracioso que nos hacía sonreír y ponía alegría en medio de tanto dolor. En todas las intervenciones se notaba esa apertura a la esperanza y al futuro: no está todo perdido, todo se puede recuperar, hacen falta ganas por parte de todos; especialmente por parte de la persona que ha cometido el error. Ganas de cambiar y de querer salir hacia adelante, y por parte de las familias y de la sociedad capacidad para dar nuevas oportunidades.

Como creyente, me venían las palabras de Jesús a Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esa casa, pues también este es hijo de Abrahan. El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”, y sentía de nuevo en mi interior el impulso y el envío que ese Jesús nos hacía a todos los que estábamos allí presentes para llevar esa salvación en su nombre, a las personas que estaban privadas de libertad.

Al final del día tuvimos un rato especial para recoger todo lo que había sido la jornada; nos parecía que no podía ser con una eucaristía ya que había chavales que no eran cristianos, incluso porque algunas familias o chavales no participaban habitualmente en ella, y por respeto, nos parecía que era mejor tener un rato juntos de reflexión y hacer presencia de Dios, cada uno desde su diferente planteamiento, en lo que habíamos vivido y compartido.

Nos unió la lectura de la parábola del buen samaritano de San Lucas, y el canto “Gracias a la vida “, de Violeta Parra, y coincidimos en la reflexión de que lo más importante no solo para un cristiano, sino para cualquier ser humano, tiene que ser el preocuparse de aquel que está necesitado y que piense como piense o viva como viva nos necesita.

Terminamos rezando el Padre nuestro, a nuestro Padre-Madre común, sintiendo que en esa fraternidad, una vez más, no había ni musulmanes ni cristianos, ni presos ni libres, sino seres humanos necesitados de oportunidades, de perdón y de apertura a algo diferente.

Fue un día donde todos sentimos que el Dios de la vida que nos había convocado nos seguía brindando la posibilidad de seguir unidos y lo descubrimos en cada lágrima, sonrisa, abrazo o compartir. Nos unía el mismo Dios y eso era lo más importante porque todos experimentamos y escuchamos las palabras de Jesús en la parábola del buen samaritano: el que tuvo compasión del apaleado y herido fue su prójimo, y por eso ese Jesús nos volvía a decir: “Vete y haz tu lo mismo”.