Bashir e Ibrahim: refugiados sí, inmigrantes también

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Las imágenes de lo que está sucediendo en la frontera este de Europa retransmitidas en todos los canales insistentemente durante todo el verano, mostrando la desesperación de las familias sirias cruzando las fronteras por tierra y por mar, arriesgando sus vidas y las de sus hijos, como la del pequeño Aylan Kurdi, han despertado una reacción de solidaridad en gran parte de la sociedad española que me provoca algunas preguntas. Esta mañana, escuchar por la radio la historia de Bashir -un joven sirio recién llegado a Austria, al que una periodista estaba entrevistando- y el encuentro habitual en mi escalera con Ibrahim, un vecino camerunés en situación irregular, que lleva en España varios años tras un largo periplo en la frontera sur, han confirmado mis interrogantes.

Bashir era estudiante de medicina cuando estalló la guerra. En un bombardeo perdió su casa y a toda su familia, menos a su hermano, el pequeño, con el que cruzó las fronteras hasta Hungría, donde en el intento de subirse a un tren con destino a Austria, en una avalancha de gente, le perdió la pista y sigue sin saber nada de él el hasta el momento. Bashir narra los horrores de los campos de refugiados por donde ha ido pasando y cómo fue escapando de todos ellos. No olvida tampoco la violencia en las fronteras por donde ha ido cruzando: las patadas, los insultos con que ha sido tratado en algunas de ellas. Según narra la periodista, Bashir ahora está más tranquilo y bromea con unos voluntarios austriacos que le han ofrecido unas botas nuevas y a los que les ha dicho que serán sus botas de la suerte, porque con ellas piensa llegar hasta a Alemania. Sin embargo, el miedo y las preocupaciones no le han abandonado. No puede dormir pensando dónde estará su hermano y cómo encontrarle y cumplir la promesa que le hizo a sus padres de llegar juntos a Dresde, donde viven unos parientes lejanos.

Bashir es un refugiado. Según la Convención de refugiados de 1951, un refugiado es una persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no puede, a causa de dichos temores o no quiere acogerse a la protección de su país”. El Derecho internacional defiende y protege a cientos de miles de Bashires, principalmente a través de la Convención sobre el Estatuto de refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967, siendo uno de los principios fundamentales establecidos el que no sean expulsados o devueltos a situaciones en las que su vida corra peligro.

La historia de mi vecino Ibrahim, con el que me cruzo cada mañana en la escalera, se parece mucho a la de Bashir. Hace siete años que salió de Camerún y acaba de hacer tres en España. Ibrahim era profesor en su país, pero la corrupción política y una sequía dejó sin nada a toda su familia y es por eso que decidió venir a Europa, arriesgando la vida en ello. Él no huyó de la guerra, pero sí del hambre y de la desesperación. Por eso cruzó el desierto y muchas fronteras como Bashir, sufriendo humillaciones parecidas. En Argelia le apalearon y un compañero de viaje murió como consecuencia de ello. En el barrio de Boukalef, en Tánger, una noche irrumpió en la casa donde vivía con otros paisanos un grupo de hombres animados por la policía marroquí, armados con palos y con gasolina y aún se pegunta como pudo salvar su vida. Ibrahim tampoco ha podido olvidar todavía las noches en el Gurugú, cuando tantas veces creyó que todo había acabado para él, especialmente en la quema del último campamento por parte de las fuerza auxiliares de Marruecos. Sus cicatrices tampoco le permiten olvidar las devoluciones en caliente y las palizas con que le arrastraron de nuevo al otro lado de la valla las fuerzas de seguridad españolas y marroquíes.

Tampoco olvida el Bossa feliz del cuarto salto a la valla con el que, por fin, llegó al CETI de Melilla y donde conoció a muchos sirios y kurdos con los que compartió el mismo hacinamiento y desesperación ante la situación de limbo jurídico en que se encontraron durante tantos meses. Ibrahim conoce también el horror de los CIES pues, a las dos semanas de su llegada a Madrid, fue detenido en una redada en el metro de Embajadores y permaneció ingresado durante mes y medio. Tiempo suficiente para ser testigo desde dentro del horror de varias deportaciones en los “macrovuelos” de Air Europa en los que se llevaron a la fuerza a varios compañeros senegaleses y nigerianos y sus intentos desesperados de resistirse a ello: autolesiones, etc.

La ola caritativa y compasiva que envuelve de repente a los gobiernos europeos me preocupa y me pone en actitud de sospecha y discernimiento. Hoy Europa se vuelve compasiva con Bashir pero permanece indiferentemente cómplice ante situaciones como las de Ibrahim. Sin embargo, ¡son tan parecidas! La consigna interesada que los gobiernos y los medios de comunicación de masas están intentando inocular en los pueblos me resulta perversa y peligrosa: “Refugiados sí, inmigrantes no”.

Me preocupa que las medidas que se lleven a cabo para incrementar las cuotas de asilo vengan acompañadas del endurecimiento de las políticas migratorias, de una nueva fortificación de fronteras y de consecuencias aún más duras para quienes los medios de comunicación de masas no dejan de marcar la diferencia, identificándoles como “inmigrantes económicos”. Como han denunciado recientemente las entidades de acción social de la Iglesia en España en un comunicado, “no estamos solo ante una crisis humana, sino ante la evidencia de un fracaso absoluto de las políticas europeas y de la protección de sus derechos humanos, de inmigración y de cooperación que han estado más preocupadas en cerrar las fronteras a cualquier precio antes que ocuparse de la desesperada situación de miles de seres humanos”.

Hay que ir a las causas de los desplazamientos humanos, sean del tipo que sean. Al drama y la resiliencia que hay detrás de cada historia de vida y de sus pueblos y señalar, hasta desmantelar, la complicidad con el mantenimiento de las guerras, el negocio de la venta de armas y el expolio de los países de África. El hambre es también una guerra y más grave que el “efecto llamada” del que tanto hablan nuestros políticos. Es el “efecto salida” que hay detrás de estos sangrantes éxodos humanos y nuestra complicidad con ellos. Refugiados sí, inmigrantes también.

Autoría

  • Pepa Torres

    Teóloga y religiosa Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, vive en una comunidad intercongregacional en el madrileño barrio de Lavapiés. Allí apoya los movimientos sociales y la defensa de los derechos humanos, especialmente desde la Red Interlavapiés. Escribe en alandar la sección "Hay vida más allá de la crisis".

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