Por Pepa Torres Pérez. Ilustración de Dani Farràs
He estado en Francia recientemente. Tenía una “cita” pendiente con una amiga del alma desde hace tiempo. Mi amiga es marroquí. Nos conocimos hace años, cuando ella era muy joven y llegó a Lavapiés con una maleta cargada de sueños y deseos de libertad. Ahora vive en el sur de Francia con su marido, hijo también de la emigración española hacia el país vecino en la década de los sesenta. Un “francés andaluz”, como él mismo dice. Hace tiempo que mi amiga sacó de la maleta algunos de sus sueños para compartirlos con su hija francesa en esa etapa tan bonita de la vida de las mujeres, pero también tan dura, como es la crianza.
Su pueblo es una localidad turística que vive de la hostelería, con un buen nivel de vida gracias, sobre todo, a la mano de obra migrante, la de los años sesenta (andaluza fundamentalmente) y, posteriormente, la magrebí. El ideal de vida francés Liberté, Égalite, Fraternité aparece en todos los rótulos por las calles y en las fachadas de los edificios públicos. Sin embargo, a las mujeres y hombres marroquíes solo los he visto trabajando en el mantenimiento de los numerosos hoteles y campings que hay en el pueblo. Mi amiga dice que es como “vivir juntos en mundos separados” y que eso es, quizá, lo que más le cuesta de su nuevo lugar de vida, acostumbrada como estaba al mestizaje de Lavapiés. Echa de menos también el tejido asociativo, prácticamente inexistente en su pueblo, que cuenta con unos buenos servicios sociales pero donde las mujeres como ella solo son vistas como “receptoras de ayuda”, cuando lo que ella quiere también es aportar y colaborar en la vida social del pueblo.
Mi amiga es transgresora y creativa por naturaleza. Quizá por eso, para romper la rutina de su vida, ha inventado “los martes de las mujeres”, llamados así porque ese día mete en su coche a su suegra y otras mujeres de origen español y van a la frontera para tomarse una tapa española y contarse sus vidas. A veces van también con ellas algunas amigas marroquíes. En estos encuentros ha conocido las condiciones tan duras con que la migración española se encontró cuando llegó a este lugar y también los esfuerzos de las mujeres por su integración y la de sus familias. Escuchándolas ha sentido que, salvando las diferencias generacionales, su vida en muchos aspectos es como un espejo.

En estas conversaciones también ha conocido la dura experiencia del exilio de los republicanos españoles y ha aprendido quién fue Antonio Machado y cómo murió de pena, como dice su suegra, en Colliure, muy cerca de donde ella vive. En las conversaciones con estas mujeres ha conocido una página muy oscura de la historia española, que es la de los campos de concentración franquistas en Francia, como el de Argelès-sur-Mer, donde malvivieron más de 100.000 refugiados españoles condenados a la humillación y al olvido. También mi amiga, como ellas, se pregunta muchas veces: “¿Cuándo se deja se ser inmigrante en un país?, ¿cuándo se deja de ser extraña?”, porque muchas de ellas, a sus ochenta años, aún no lo han conseguido. “¿Cuándo se gana la ciudanía -la que dan los papeles- y la otra, la de ser una más, la de no ser percibida como la de fuera, la ajena, la extraña…”. ¿Cuándo la “extranjera” pasa a ser la “hermana”?, me preguntaba yo también al escucharla, evocando a Audre Lorde en su obra La extranjera, la hermana. Mi amiga está convencida de que el instrumento fundamental para la integración es la lengua, por eso está empeñada en aprender perfectamente el francés, no solo hablado -que ya conoce bien- sino el escrito, como ya se esforzó con el español. “La lengua es integración, la lengua es participación”, dice y repite constantemente, a la vez que tiene claro que su hija no debe olvidar nunca el marroquí para que, cuando sea mayor, pueda leer en su lengua materna a Fátima Mernissi.
Al pueblo han llegado también refugiados sirios. Ella se ofreció para hacer de intérprete, pero los servicios sociales no lo vieron conveniente. Sabe que están en un camping, en las afueras de la localidad, a la espera de que se terminen un lote de viviendas sociales que se están construyendo para ellos, pero en el pueblo no se les ve por ningún sitio. Son invisibles. Reciben una ayuda económica y bolsas de alimentos. Dice mi amiga que, tras los atentados de París, apenas salen del recinto donde están ubicados y que ahora es todo más difícil.
Mi amiga está feliz en su pueblo con su marido, su hija, su nueva casa, los cursos que está estudiando y los apoyos a la maternidad que recibe, pero la vida en Francia le resulta muy fría. Echa de menos el calor y la energía de las luchas, de las movilizaciones. Mientras la escucho me llaman la atención sus preguntas por el nuevo ayuntamiento y los cambios políticos en España y me recuerda las emociones que vivimos juntas con tanta gente aquel 15-M que dio a luz tanta novedad y esperanza.
Su acogida y la de su marido ha sido entrañable y generosa. Nunca deja de sorprenderme la hospitalidad musulmana y la andaluza sea cual sea la “hégira” en la que se encuentren. La última sorpresa que me regaló mi amiga fue la invitación a un acto en el centro cívico de la ciudad en el que el alcalde del pueblo iba a informar a los vecinos y vecinas de sus proyectos para el nuevo año. Su marido no quiso ir porque decía que se trataba de un acto político. Pero ella se puso su abrigo más elegante y, traspasando una barrera policial en la que nos tuvimos que identificar varias veces, no sé cómo consiguió que acabáramos sentadas en la tercera fila del salón de actos. A mitad de la charla me guiñó un ojo y me dijo: “Quiero que la gente sepa que las mujeres marroquíes no solo sabemos hacer dulces y trabajar, sino que también nos interesan las cuestiones sociales”.
En estos días, de vuelta en Madrid, no sé si es si es por nostalgia de la amistad distante en kilómetros de mi amiga o por las noticias con que nos bombardean cada día sobre la identificación entre yihadismo e islam o la oleada de deportaciones de inmigrantes económicos que se están planificando en muchos países europeos, tengo una extraña sensación en el corazón a la que aún no sé dar nombre y que, leyendo a Laura Caselles en su obra Lugares comunes, consigo consolar suavemente:
“Cómo decir perdón en el idioma del que irrumpe,/ y buenos días, y toma,/ y he venido a conocerte, aprender/cómo decir gracias en el idioma/de los que también rasgan/y también/ se desgarran,/ cómo decir/ café, cariño, patria,/ shalom, salam aalaikum, aprender/ cómo se dice pasa, entra, esta es mi casa/en un país al sur del que apenas/ quedan ruinas, aprender,/ obrigada, spasiba, aprender/ qué colores no existen en las lenguas de África./ Y cómo responder que sí en Pekín./ Llegar a las ciudades y descubrir/los entresijos del mercado,/entender,/aprender/cuál es en cada tierra/la etimología de alma, y de qué modo/ Saludaban al miedo mis bisabuelos./Encontrar las palabras elementales./ Y luego hablar”.
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