Para descubrir la maravilla de lo escondido

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La película muestra el valor de la amistad en el encuentro del zorro y el Principito. Foto. Paramount Pictures


Por Pedro Hernández Delgado, SDB

No recuerdo la primera vez que leí El Principito pero sí puedo recordar la primera copia que me regalaron. Fue mi hermana, un día de verano, en Santiago de Compostela después de haber terminado el Camino de Santiago. Fue una copia en gallego (O principiño). Entonces no lo sabía, pero después vendrían muchas otras, en otros tantos idiomas y que hablaban de  otras tantas personas. La colección ya cuenta con unas 30 versiones diferentes de este maravilloso libro. Algo así como si la historia de amistad, encuentros, memoria y presencia se hiciese real en cada una de esas copias llegadas de algún lugar del mundo. La última versión, esta vez no escrita, que ha llegado a mis manos tenía forma de entrada de cine.

Por fin, después de un año, la película de El Principito ha sido estrenada en España. La espera ha merecido la pena y podemos disfrutar, una vez más, del zorro, la rosa y el asteroide B-612.

El director Mark Osborne ha conseguido transmitir la magia y la sensibilidad de la narración original del relato de Saint-Exupéry a través de una historia dentro de otra, como no podía ser de otra manera. La película narra cómo la vida perfectamente programada de una niña en un barrio residencial queda trastocada cuando conoce a un anciano piloto que vive en la destartalada casa de al lado. Él la irá introduciendo en el universo de El Principito. Así la animación 3D en que se cuenta la historia de la niña y el anciano se va alternando con la animación en stop motion cuando nos acercamos a la narración del libro. Esto hace que el tono de la historia e incluso la atmósfera se mantengan. Viajamos, así, a través de los recuerdos del piloto que un día fue niño y después se hizo mayor, hasta que encontrarse con el principito perdido en el desierto le hizo recordar el niño que un día fue. Volveremos, por tanto, a descubrir el valor de la amistad en el encuentro del zorro y el principito; sentiremos cómo el amor se construye a base de cuidado y dedicación o cómo es el tiempo que dedicamos a los demás, a cada uno, lo que los hace únicos y especiales. En definitiva, descubriremos, una vez más la mirada del corazón, la mirada sacramental y profunda sobre la vida que transmite el relato intemporal de Saint-Exupéry, pues el amor y la amistad no entienden de horas, minutos o segundos.

Durante la primera hora de la película vernos cómo la niña y el anciano van pasando de la desconfianza inicial a una estrecha amistad. La niña descubrirá la vida, jugará, reirá, mirará las estrellas… Para el anciano piloto, ella será la que escuche su historia, la historia de un principito que vivía en un asteroide y tenía una rosa. Los dos se harán imprescindibles él uno para el otro, hasta que llegue el momento de marchar. Será entonces, en el clímax de la película, cuando resuenen con más fuerza algunas de las enseñanzas que esconde El Principito. Será entonces cuando el anciano le descubra a la niña que sólo se ve bien con el corazón. Será entonces cuando la niña aprenda que, al mirar en la noche el cielo, le parecerá que todas las estrellas ríen.

Pocos libros son capaces de transmitir la maravilla de lo escondido, de los sentimientos. Y la película ha conseguido mantener esa magia especial. Especialmente durante la primera hora, en que la atmósfera se mantiene y gira en torno a la historia del libro. Quizá parte de ello se deba a la maestría de la banda sonora de Hans Zimmer que consigue hacernos vibrar con cada una de las aventuras del principito, el anciano y la niña.

Tengo hoy una nueva versión de esta gran obra de la literatura que añadir a mi colección, una que ha llegado, como siempre, de la mano de un amigo y que cuando la mire me hablará de él. Del mismo modo en que las estrellas hablaron al piloto del principito, del mismo modo en que hablaron a la niña del anciano.

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