Con un sentimiento de profunda gratitud y gozosa esperanza nos despedíamos quienes hemos participado y compartido la vida durante la semana que va del 8 al 15 de julio; una semana del todo especial. La experiencia que hemos vivido ha superado con creces lo que traíamos en nuestra mochila desde que nos pusimos en este camino de “conversión ecológica”. La invitación que nos hicieron Conchi Peláez, de la Compañía de Santa Teresa de Jesús y José Eizaguirre, con el apoyo del Área de Justicia y Solidaridad de Confer, se ha transformado en una preciosa muestra de la biodiversidad y la fraternidad: una comunidad de 15 personas –doce religiosas y tres laicos– y todos de muy diferentes edades. El entorno que nos acogió, INEA, la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Agrícola de Valladolid, a cargo de los jesuitas, rodeada de huertos ecológicos y otras plantaciones ecológicas nos ha ayudado a profundizar y sentir individualmente y como comunidad ecosolidaria la llamada del papa Francisco.
Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos
La resonancia de la primera edición de la “semana eco-solidaria” fue un excelente punto de partida y, quizá en algunos de nosotros, una buena intuición para confiar en esta iniciativa. En esta segunda edición, el sello de la encíclica Laudato si’ ha sido la mejor confirmación de que aquella experiencia primera estaba siendo el germen profético de “conversión ecológica” a la que el papa Francisco, después, nos ha invitado con su “carta magna” de la ecología: “Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo pero, ante todo, la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida”.
La vida consagrada no puede quedar al margen de este nuevo paradigma que es la ecología: todo conectado con todo; todo en relación. Todos corresponsables. Y es que el cuidado de la Creación y el compromiso con los excluidos y empobrecidos de nuestra “casa común” son las dos caras de una misma moneda. Este es el sustrato que nos ha alimentado estos días.

A lo largo de la semana hemos ido integrando teoría y práctica, siendo más conscientes de las repercusiones de nuestra forma de vida, profundizando en nuevas pautas de comportamiento –personal, comunitario e institucional– y compartiendo criterios y recursos que nos ayudan a vivir de maneras más sostenibles, solidarias y saludables, más sencillas. Y todo ello a través de talleres prácticos en los que reforzábamos los contenidos teóricos.
Ecología, espiritualidad y justicia social han marcado esta búsqueda y descubrimiento de nuevas formas de vida, de numerosas iniciativas hacia “otro mundo mejor posible”. Nos hemos iniciado en cambios de hábitos domésticos: comer con lentitud, de forma vegetariana, ecológica y con productos de comercio justo; nos hemos aseado con jabones de fabricación propia; hemos usado detergentes caseros para la limpieza de las instalaciones y hemos disfrutado orando de una forma nueva, a través del yoga y la meditación acompañadas por la madre naturaleza. Hemos vivido un ritmo doméstico que ha fluido con la misma espontaneidad que fluye en la naturaleza. Todo ello gracias a la excelente disponibilidad de todos y de todas. Ciertamente, lo mejor para aprender a vivir de otra manera ¡es hacer la experiencia de vivir de otra manera!
Hemos disfrutado orando de una forma nueva, a través del yoga y la meditación acompañadas por la madre naturaleza
La creatividad del espíritu se ha hecho palpable en estos días. “¡Cuánta buena gente!”, cuántos cómplices del espíritu en conexión y dando lo mejor de sí mismos para que nuestro mundo camine hacia el mejor mundo posible.
¡Gracias, Señor de la vida, creador de todo cuanto existe, por todos los caminos que tu espíritu va trazando! Todos ellos caminos hacia la comunión –con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y contigo–, caminos que hacen creíble tu sueño, tu gloria: que todos y todas podamos vivir felices y “en abundancia”, como tu hijo Jesús nos reveló: «He venido para que tengáis vida…» (Jn 10, 10).
