¿Qué es eso de ser diácono?

¿Por qué alguien decide ser diácono al servicio de la Iglesia, asumiendo parte de las funciones tradicionalmente ejercidas por los curas? ¿Qué potente llamada ha recibido para incorporar a su vida un servicio tan exigente? ¿Cómo lo hace compatible con su vida familiar y profesional? Roberto Vidal (Bilbao) nos ayuda a entenderlo.

Roberto Vidal el día de su ordenación. Fotos cedidas por el entrevistado. 

Roberto, qué es eso de ser diácono…

Técnicamente sería diácono permanente, pero lo de permanente sobra, no hablamos de curas permanentes, ni de religiosas permanentes, ni de matrimonios permanentes…

Tengo 51 años recién cumplidos, soy un educador social que ha ejercido durante 20 años en el mundo de las personas privadas de libertad y adicciones; estoy casado, tenemos dos hijas adoptadas, la pequeña de 7 años y la mayor hará 13 en marzo. Fui ordenado diácono el 15 de noviembre de 2020, coincidiendo con la Jornada Mundial de los Pobres de aquel año. En este momento estoy liberado para el trabajo pastoral por mi diócesis, aunque lo habitual es que los diáconos ejerzan una profesión en el ámbito civil y colaboren en tareas pastorales.

Cuéntanos la génesis de tu vocación.

Uno no se levanta por la mañana y se dice “voy a ser diácono”. Como en toda decisión de cierta envergadura, va apareciendo al principio con cierta timidez y poco a poco, si está de ser, va tomando fuerza hasta que se materializa… Reconozco que en mi caso me he tomado mi tiempo. En mi diócesis se había instaurado el diaconado hacía algunos años, pero me encontraba en un momento muy satisfactorio, profesionalmente hablando, vivido muy vocacionalmente, reforzado por la pertenencia al Movimiento de Profesionales Cristianos y, además, yo ya en mi juventud había hecho un discernimiento vocacional intenso que me llevo varios años. Por tanto, aunque de vez en cuando en la oración personal surgía la pregunta, me encargaba de hacerme el sordo.

¡Pero Dios puede llegar a ser muy insistente! Y servirse de cualquier rendija, circunstancia, para susurrarte al corazón lo que ha soñado para ti… Fue cuando decidí terminar mi etapa laboral en la entidad social en la que trabajaba y se me pidió que me pensara dejar mi ejercicio profesional civil para ser laico liberado para tareas pastorales en mi diócesis. Lo recé y finalmente dije que sí, sin imaginarme lo que iba a desencadenar aquella decisión. Parte de ese trabajo pastoral lo desarrollaba en el marco del servicio religioso en hospitales. Me tocaba acompañar a personas enfermas o personas en el final de la vida y a sus familias… Fue la gota que colmó el vaso; Dios entró hasta la cocina como solemos decir. La experiencia de acompañar a las personas en una situación existencial tan potente, tan decisiva, tan difícil a veces, hizo que en mí volvieran a removerse muchas cosas, y fue entonces cuando me dije: “Tú ganas Amigo, confío en Ti, ¿Qué quieres de mí?”. Y ahí comenzó el proceso largo de discernimiento al diaconado. Lejos de sentir un desorden grande, lo que sentí fue alivio, serenidad y un descanso como no había sentido en mucho tiempo.

¿Qué dice tu familia, tu mujer, tus niñas…?

La gran mayoría de los diáconos del mundo estamos casados. El matrimonio y la familia son un elemento central y configurador de nuestro ministerio. La vivencia cotidiana de las dos vocaciones, la familiar y la diaconal, no exenta de dificultades, se puede vivir de forma integradora y armónica. Ambas vocaciones se perfeccionan una a la otra.

He tenido siempre el respaldo de mis padres y de mi mujer. Por cierto, a la mujer del que va a ser diácono la Iglesia le pide permiso por escrito; si tu mujer no da el OK, no hay diaconado que valga. Mis hijas no habían llegado todavía en el momento de iniciarse mi proceso. Y mi hermano me sigue preguntando aun hoy: “¿pero ¿tú qué has ganado con esta opción? ¡pero si antes vivías mejor y tenías más tiempo libre!”. Mis hijas han normalizado verme presidir una celebración. En casa todos nos revestimos, ellas el traje típico de danzas vascas y yo alba y estola. La mayor lleva peor mis idas y venidas… me suele decir: “Aita, siempre estas marchándote”.

Respetan la decisión, pero ¿es algo que se puede compartir?

¿Acaso en la vida familiar hay algo que no se comparta? Cuando una persona comparte proyecto de vida con otra o con otras (hijas, hijos) ya no tiene nada suyo. Mi tiempo, mi dinero, mis prioridades, mis decisiones… pasan a ser nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestras prioridades, nuestras decisiones. La familia es esa primera comunidad que nos va configurando, que nos ayuda a crecer desprendiéndonos de todo egocentrismo. Y este es un aprendizaje fundamental para el diácono porque, en esa escuela de sinodalidad que es la familia, aprende que la misma dinámica la ha de promover en las parroquias y proyectos en los que sirve. Uno no se ordena para hacer de su capa un sayo, sino para acompañar, servir, motivar a la comunidad cristiana, siempre generando dinámicas de escucha, dialogo, y corresponsabilidad.

Estás en una buena posición para saber qué le pide la gente a la Iglesia hoy, qué necesitan más, qué agradecen más…

El diaconado encierra una riqueza grande al conciliar en una misma figura funciones propias del ministerio ordenado con la dinámica vital familiar en la que mucha gente se puede reconocer. Nadie se extraña, en las comunidades en las que estoy, de que quien les va a presidir la celebración llegue con una niña pequeña en brazos y otra de la mano.

Una mañana, llevando a mis hijas al colegio, la abuela de un niño que va a clase con mi hija pequeña me dijo: “la gente está muy contenta contigo”. ¿Por qué?, pregunté yo. “Porque se te entiende muy bien.” Se me entiende no porque tenga una dicción de locutor de radio, sino porque cuando presido una celebración dominical o un funeral, mi modo de expresarme, mis ejemplos, mi modo de interpretar la vida desde el Evangelio es comprensible para quienes me escuchan porque parte del mismo lugar, de las mismas preocupaciones, agobios y esperanzas que experimentamos todas las mujeres y hombres, creyentes y no creyentes.

La gente agradece la cercanía, la normalidad, una palabra, un beso, un abrazo, una oración, ese es el lenguaje de la vida cotidiana, ¡ese es el lenguaje de Jesús!

La gente demanda a la Iglesia cariño, acogida, cercanía, escucha. Solo desde esas actitudes podemos hoy hacer la propuesta de sentido que nos ofrece el Evangelio. Creo que ahí es donde tenemos el reto: que, en la Iglesia, todas las personas, todas las y los bautizados que la conformamos, incluidos quienes además tenemos alguna responsabilidad eclesial, generemos espacios empapados de una autentica cultura del cuidado, generemos una Iglesia donde nadie, nadie, nadie, quede excluido.

¿Cuáles son tus tareas esenciales como diácono? Cuéntanos un día cualquiera en tu vida.

La especificidad del ministerio diaconal viene dada por la vivencia armonizada de lo que se llama en la jerga eclesiástica la “triada ministerial” que lo configura: la Caridad, la Evangelización y la Liturgia, desde la perspectiva del servicio, lo que se manifiesta en una enorme diversidad de tareas.Mi obispo me ha pedido que me dedique a tiempo completo a tareas pastorales. Soy el responsable de la Pastoral Penitenciaria y la persona encargada de ayudar a la recepción de la encíclica Laudato Si’ en mi diócesis, y para ello he de impulsar, por ejemplo, espacios de formación en coordinación con el Instituto de Teología y Pastoral Diocesano. Y el tercer bloque de tareas es en la atención, en equipo, a las 8 parroquias de mi unidad pastoral. ¡Me toca presidir muchos funerales y celebraciones de la palabra dominicales, algún que otro bautizo y raramente alguna boda! En la unidad pastoral soy el que se encarga de la acogida a parejas que se acercan con motivo del bautismo de su hija o hijo y parejas que desean casarse. Acompaño el área de catequesis y soy consiliario de la Cáritas de la unidad pastoral por lo que estoy cercano a las familias del entorno en situaciones de vulnerabilidad social.

¿Qué es para ti ser diácono?

Ser diácono es vivir de tal manera que tu modo de ser y de relacionarte, tus opciones, celebrar, rezar y trabajar ayuden a las personas a intuir la presencia de Dios en sus vidas. Ser diácono es poner todo de tu parte para que quienes se encuentren contigo se puedan encontrar de algún modo con Cristo que vino a servir, no a ser servido. La perfección la alcanzaremos algún día y, solo por la Gracia de Dios, pero hasta entonces hemos de intentar trasparentar a Dios con nuestra vida, o al menos no opacarlo. Y sin duda el diácono ha de recordar permanentemente -y esto es muy específico- la dimensión de servicio que toda la Iglesia y quienes la conformamos hemos de vivir y desplegar para con los más pobres, vulnerados, descartados…

¿Qué le dirías a alguien que sienta esa vocación? Para muchos, la Iglesia es una institución un poco rancia y poco atractiva, desgarrada por divisiones internas y con pecados tan graves como los abusos.

Si alguien siente la llamada a servir en la Iglesia y en el mundo desde esta vocación específica que es el diaconado, le diría que adelante, que se dé la oportunidad de discernir. No tenemos una Iglesia perfecta, pero precisamente por eso somos necesarios todos, todos, todos. Ni el mundo ni la Iglesia se cambian solos, solo podemos esperar un mundo y una Iglesia más parecidos a los que Dios soñó para esta humanidad si cada cual desde su vocación especifica se hace corresponsable de esa transformación. La Iglesia ha de afrontar con decisión sus sombras, con resistencias en algunos sectores, pero con valentía en otros.

¿Cómo ves la posibilidad del acceso de la mujer a los ministerios ordenados?

No creo descubrir nada nuevo al decir que necesitamos que cristalicen en nuestra Iglesia algunos cambios. No para ser más modernos, sino para estar alineados de forma más nítida con el Evangelio. El Papa Francisco ha puesto en marcha procesos profundos pero que necesitan de tiempo para que den sus frutos. En este sentido, qué duda cabe, que es necesario una igualdad efectiva entre hombres y mujeres en la Iglesia y esto pasa sin duda, entre otras, por el acceso al ministerio ordenado de aquellas mujeres que sientan que Dios las llama a ese servicio en la Iglesia. No pierdo la esperanza de ver en un tiempo a compañeras, hermanas, ejerciendo el ministerio ordenado diaconal.

Autoría

  • Lala Franco

    Alandar me permite hacer una de las cosas que mas me gustan como periodista: entrevistar a esas personas que son la sal de la tierra porque van cambiando el mundo con su trabajo, su reflexión y su denuncia.  Además, es un espacio para la libertad y la creatividad dentro de la Iglesia, muy necesitada de ambas. Y me da pistas para vivir de un modo más solidario y menos consumista y para seguir alimentando el núcleo espiritual que nos vincula, desde lo profundo, con el mundo, con los otros y con Dios.  Por lo demás, ahora soy una periodista jubilada de TVE que se mete en muchos líos. En la Revuelta de mujeres en la Iglesia, por ejemplo. Y que está agradecida a dos espacios eclesiales: la JEC (Juventud Estudiante Católica, que me albergó de joven, y Profesionales Cristianos (PX), mi actual comunidad de referencia. Soy murciana y, además de mi tierra de origen, amo Madrid, donde vivo;  pero también la Montaña Oriental Leonesa y Asturias, donde paso buena parte de mi tiempo. La vida, pues, no cesa de abrirme a  paisajes y horizontes nuevos, en todos los sentidos. Y yo trato dejarme sorprender por la riqueza y la novedad que nos rodea y los mensajes de cambio que sugiere. 

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2 comentarios en «¿Qué es eso de ser diácono?»

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