Quiero dejar claro al comenzar esta reflexión que todo lo que voy a decir lo puedes encontrar, querido lector o lectora, en el libro del teólogo gallego Andrés Torres Queiruga titulado Repensar el mal.
Siempre ha supuesto una gran incógnita y ha despertado profundos interrogantes el problema del mal en el mundo, en todas las dimensiones que aquel puede llegar a manifestarse, ya sea como mal físico o como mal moral. No es sospechoso de ser un gran teólogo Ratzinger, hoy papa emérito Benedicto XVI. Digo esto porque se hizo muy célebre la frase que pronunció en su visita al campo de exterminio nazi de Auschwitz: “¿Dónde estaba Dios en aquellos momentos?”. Creo que fue una expresión que le salió entonces del corazón más que de la mente, pues muy bien sabía él que no tenía ningún tipo de sentido mezclar la impasibilidad de Dios con los horribles sufrimientos que allí y en otros muchos lugares se produjeron por entonces y que no fueron sino producto de la maldad y la perversión de una serie de personas.

¿Por qué el mal -principalmente el sufrimiento y el dolor en las personas- o las catástrofes en las que mueren seres indefensos e inocentes, etc.? Es esta una pregunta que lleva haciéndose la humanidad desde que fue capaz de pensar y, por tanto, desde los orígenes más remotos. El problema se agudiza cuando la cuestión religiosa se pone de por medio, concretamente la concepción de un Dios infinitamente bueno y omnipotente, como es el caso del Dios bíblico, es decir, que lo puede todo y, por lo mismo, nada se le resiste si Él quiere.
No es extraño, pues, que semejante concepción haya sido en muchas ocasiones una verdadera máquina de provocar ateos. Pero esto no es de ahora ni tampoco, si queréis, de la Edad Media, por remontarnos a un tiempo relativamente lejano. Ya en el siglo IV-III aC., el filósofo griego Epicuro planteó el famoso dilema sobre Dios y el problema del mal. Decía así: “O Dios quiere quitar el mal del mundo, pero no puede; o puede, pero no lo quiere quitar; o no puede ni quiere; o puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente; si puede y no quiere, estaríamos ante un Dios malévolo; si no quiere ni puede, estaríamos ante un Dios que no es bueno y además es impotente; si puede y quiere, entonces ¿de dónde viene el mal real y por qué no lo elimina?».
[quote_right]No se puede pretender que un mundo imperfecto en sí mismo esté exento de las consecuencias negativas que toda imperfección y limitación producen[/quote_right]
Así las cosas, si repasamos la obra de Torres Queiruga encontraremos una gran luz para semejantes interrogantes. Su tesis es muy sencilla pero muy clarividente. Por un lado, él parte del mal como carencia del bien y como imperfección. Por tanto, no se puede pretender que un mundo limitado y, por lo mismo, imperfecto en sí mismo, junto con todo lo que en dicho mundo existe, esté exento de las consecuencias negativas que toda imperfección y limitación producen, entre ellas el dolor, el sufrimiento y todo tipo de catástrofes. Sería una contradicción en sí misma, lo mismo, valga el ejemplo, que si derramásemos agua sobre un espacio de tierra y ésta no se mojase; o el tan conocido ejemplo de pretender pedir que Dios hiciera un círculo cuadrado o dividiera un espacio o un objeto en tres mitades.
Por otro lado es necesario que nos convenzamos de la autonomía del cosmos y del universo en el sentido de que se rige por unas leyes intrínsecas al mismo tiempo que no pueden estar siendo cambiadas a cada momento ni sometidas continuamente al antojo de un Dios caprichoso y voluble. Después de todo esto, parece más que evidente que tendremos que afrontar el problema del mal, más que por las causas, por la manera en que podemos mitigarlo y, si fuera posible, eliminarlo en muchos casos.
