El Perpetuo Socorro, en Huesca, es uno de los muchos barrios de aluvión que se formaron en España en los años sesenta y setenta. Hijos del éxodo rural, estos barrios crecieron entre la precariedad, la falta de atención y servicios y el prejuicio que los tildaba de marginales. Pero también fueron, en muchos casos, escenario de épicas luchas y conquistas ciudadanas, muchas de ellas protagonizadas por militantes y organizaciones cristianas. María José Lasaosa ha sido protagonista de muchas de ellas y nos lo cuenta en primera persona.

Desde los seis años vivo en el Perpetuo Socorro de Huesca, “el barrio”. Territorio urbanizado desde el caos, sin calles asfaltadas ni alumbrado público, sin escuela ni parroquia, ni ambulatorio ni ningún servicio fundamental.
Hace 66 años se construyó el colegio (Escuela Nacional), con dos alas –una de chicas y otra de chicos-, y todos los días formábamos para cantar el Cara al sol o Montañas nevadas. En el colegio nos juntábamos muchas criaturas, la mayoría de ellas de familias numerosas emigradas a nuestra ciudad desde las comarcas del Somontano y la Hoya de Huesca; desde Murcia, La Mancha, Andalucía, Extremadura, Castilla y León y hasta Galicia.
Había tres familias gitanas agraciadas -como 53 familias más- con un piso de 48 m2 de la entonces llamada Obra Sindical, en régimen de alquiler asequible y con derecho a compra. Crecíamos felices en las calles de tierra, jugando con la pelota de algún privilegiado, con tabas, gomas, combas, pitos (así llamaban nuestros hermanos varones a las canicas), calcamonías y cromos. Era un lujo cuando las madres nos dejaban ir lejos: a 200 metros estaba el único parque con juegos de todo nuestro entorno.

Hasta que se construyó la Parroquia, la misa dominical se celebraba en el salón de actos de la escuela, donde también montábamos el Belén con cortezas, musgo, tierra y piedras, hacíamos las funciones de fin de curso y, ya en la transición, cantábamos con Labordeta o veíamos El acorazado Potemkin, actividades organizadas por la recién creada asociación de vecinos.
La construcción de la parroquia marcó un hito. Con la venida del joven obispo Javier Osés, la diócesis recibió la gracia de su vida entregada a la Iglesia y a los pobres. Era un hombre sencillo que no quiso residir en el Palacio Episcopal, sino en un modesto piso; un modelo de obispo inspirado en el Concilio Vaticano II, del que decía: “El Vaticano II me robustece en la certeza de que Dios guía a su Iglesia”.
Desde su llegada, el 28 de febrero de 1977, Osés se ocupó y preocupó por los jóvenes y niños del mundo obrero y rural; y participamos de la sinodalidad de la iglesia en el proceso de asamblea diocesana.

La Asociación de Vecinos
Antes de su llegada, jocistas y ex jocistas que vivían al barrio por opción, sindicalistas y militantes de partidos políticos de izquierda, trabajadoras de Meyba, y hombres y mujeres comprometidos con el bien común, construyeron la Asociación de Vecinos. Allá se juntaban muchas tardes, al salir de sus trabajos; analizaban la realidad, se marcaban objetivos de transformación del barrio y mejora de la vida de sus gentes, y preparaban acciones reivindicativas y formativas.
Recuerdo a mi padre yendo y viniendo de la casita de la asociación mientras yo iba a casa de los sacerdotes obreros, donde empezábamos a ser educadores del Junior. Yo ardía en deseos de ir con él, pero mi padre me decía que no, porque las chicas que había ahí eran muy majas, pero fumaban y decían tacos.
La asociación vecinal había nacido al calor de personas involucradas en la parroquia, debatiendo si debía pertenecer a ella o ser asociación civil, pues no toda la población era católica. Aunque el mundo obrero estaba alejado de la Iglesia, fue ella quien acogió en sus parroquias y conventos reuniones clandestinas sindicales, políticas y vecinales, pues Franco prohibía los sindicatos y los partidos. La jerarquía española, con Tarancón al frente, posibilitó la apertura a los nuevos tiempos, recogiendo la experiencia militante de tantas personas
Nuestro barrio era espacio de compromiso de las cristianas y cristianos de base, ligados a la parroquia por la celebración de la Eucaristía y amasando su compromiso en sus equipos de vida, con la metodología de la revisión de vida de Cardijn y la formación sociopolítica desde la fe.
La asociación se organiza en comisiones que son cauce de expresión de los deseos y aspiraciones de los distintos sectores de población. En las fiestas populares se une lo lúdico, lo musical, lo cultural y lo reivindicativo. Cuestiones sobre infancia, juventud, mayores, mujeres, clases de alfabetización, charlas, cine infantil y murales enriquecen el trabajo constante acerca del urbanismo y la participación.
Luchas de ayer, luchas de hoy
En los años noventa, la irrupción del pacifismo, el ecologismo y el feminismo coincide con una etapa de fragmentación propia de la posmodernidad. Algunas nos abrimos a esos campos: coordinadora 8-M, movimiento antimilitarista, apoyo al pueblo saharaui, movimientos pedagógicos… mientras otras y otros permanecían en el sindicalismo. Toda esa riqueza está muy bien retratada en el documental Un barrio como el tuyo.
En 2008, la demolición de la cárcel reaviva la necesidad de la unidad, y de aquella experiencia nace la Coordinadora del Perpetuo Socorro, con nuevas y viejas personas, viejas y nuevas entidades. En tiempos de desafección y de un “sálvese quien pueda” salvaje, nos volvemos a emocionar con un objetivo común.
El 15 de mayo de 2011, el país se levanta pacíficamente para expresar la indignación colectiva, después de la crisis del 2008, en la que la banca es rescatada con dinero público y se recortan los gastos sociales para la inmensa mayoría de la población. La Coordinadora consigue aglutinar a personas, asociaciones y entidades distintas. Se ve la necesidad de ampliar los asuntos tratados: centro de salud, cultura, seguridad ciudadana, vivienda, infancia, educación… Se elabora un plan urbanístico que luego se convierte en plan urbanístico y social, y otros sectores de la población se enganchan a las luchas del barrio.

Estos intercambios generan otros. El colegio colabora con la Biblioteca Pública Ramón J. Sender; se coordinan los refuerzos escolares de distintas entidades (Secretariado Gitano, Cruz Blanca, Cáritas, Cruz Roja, YMCA…), con la Universidad Ciudadana nacen propuestas culturales, ciclos de cine, jornadas medioambientales… Los BarrioLab, laboratorios ciudadanos impulsados desde la biblioteca y apoyados por la coordinadora, son a la vez destino y nuevo impulso de este movimiento participativo.
La experiencia se replica y, hoy, Barrios Conectados intenta vincular todos los barrios de Huesca, en un paso más hacia una ciudad habitable y equilibrada, y hacia una auténtica participación ciudadana. En este punto hay que destacar los logros conseguidos con respecto a los poderes municipal y autonómico.
La intervención de la Fiscalía y de la institución del Justicia de Aragón, a petición de la Coordinadora, para solucionar problemas de convivencia, obligó al Ayuntamiento a elaborar un plan de intervención en el barrio, con la creación de una mesa técnica y la contratación de equipos de mediación y educación de calle.
Un compromiso social enraizado en la fe cristiana
A lo largo de todos estos años, ha sido el ser y sentirnos Iglesia, por medio de la pertenencia a un equipo de revisión de vida, comunidad de base o movimiento, lo que nos ha lanzado al compromiso en la sociedad y en el barrio.
Hay dos preguntas que están en el fondo de todo este activismo y que, de una u otra manera, nos hacemos en el día a día y en los parones periódicos: “La lucha en la que me embarco, ¿tiene en cuenta a la persona en su totalidad, o la contempla solo como productora y consumidora? El compromiso que me marco, ¿beneficia a los empobrecidos y descartados o favorece los intereses de los poderosos?”.
Para responder a ambas cuestiones cuidamos la espiritualidad y la formación, que nos ayudan a vivir en fidelidad el seguimiento de Jesús de Nazaret. Espiritualidad encarnada que nos sostiene en el compromiso. Formación en la fe y formación sociopolítica que despliega los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: dignidad de la persona, solidaridad y subsidiariedad, destino común de los bienes, primacía del bien común, participación.
Sería imposible vivir nuestra fe encarnada sin la comunidad, sin el equipo inserto en algo más amplio que nos facilitara estos elementos. La parroquia ha acogido, unas veces más y otras menos, esta forma de vivir el compromiso cristiano. Estamos en los espacios de participación parroquial, pero es la organización que va más allá de la diócesis la que nos ofrece los medios para sostener el compromiso. Máxime cuando los cambios sociales de los últimos años (el concepto de “lugar” no ligado al territorio, la realidad multicultural y multirreligiosa, y las redes sociales) exigen otras formas eclesiales que ya no contemplan la parroquia como único espacio de pertenencia para llevar a cabo la evangelización.
Un aspecto importante de todos estos compromisos ha sido vivirlo «en igualdad». La educación en los movimientos especializados de Acción Católica nos hizo experimentar que éramos iguales en el funcionamiento del propio Movimiento: las tareas y responsabilidades se desarrollaban independientemente del sexo y del género, en función de los carismas y las disponibilidades.
















