La Semana Santa y Pascua de este año también se han visto alcanzadas por la Covid19. Este virus ha alterado, en España y en el mundo, las celebraciones y ha trastocado signos, símbolos, ritos, significantes (que no significados) al alentar a algunas personas, grupos, comunidades y parroquias a celebrar el Misterio de otras maneras.

Las celebraciones litúrgicas online abren preguntas sobre los roles dentro de la Iglesia. FOTO JESUITAS

Lo que se ha producido este mes de abril no ha sido tanto una efervescencia de la llamada iglesia doméstica (que, quizás, también)  sino una experiencia de madurez cristiana en la que muchos creyentes hemos experimentado la comunión en Cristo más allá de poder o no celebrar en comunidad física y en templos.

La experiencia de proceso y respuesta personal, ineludible en la vida de una persona que intenta ser seguidora de Jesús, encontró un entorno y, aún más, un estímulo y una oportunidad  en esta situación sobrevenida.

Para abordar algo de lo que ha sido, lo haremos desde dos miradas. Por un lado acercándonos a  experiencias personales y, por otro, identificando lo que estas vivencias desvelan y sugieren de cara a futuro: lenguajes, palabras, signos, símbolos… nuevos.

Para la primera mirada, damos voz a varios testimonios:

Mercedes

“Al no tener prisa, en este tiempo puedo centrarme más en la oración y en la reflexión y esto me está ayudando a afrontar la situación.

En relación a las celebraciones del Triduo Pascual, mi familia y yo hemos podido seguirlas gracias a nuevas tecnologías y redes sociales (en nuestro caso, por el canal de YouTube de los jesuítas).

Era emocionante saber que las celebraciones eran compartidas con multitud de personas que estaban, en ese momento, unidas por un mismo Espíritu. Las hemos vivido en familia y con gran profundidad.

Preparamos físicamente el entorno de la celebración y eso nos ha ayudado a sentirnos más en la presencia del Señor. Hemos “comulgado” con pan y vino, sabiendo que Él estaba presente en nosotros. Ha sido un descubrimiento, una experiencia nunca vivida.

Y ha sido una Pascua compartida con tantos amigos que, a través de las redes sociales, hemos tenido más cerca que nunca, con llamadas a personas que hacía tiempo no teniamos contacto; esta situación ha sido una oportunidad para acercarnos”.

Pedro

“Mi Pascua este año creo que ha expresado, mucho mejor que en ocasiones anteriores, su sentido auténtico como Paso de la Muerte a la Vida.

La he ido viviendo conectado a las diversas actividades y celebraciones de la comunidad de monjas trinitarias del Monasterio de Suesa, Cantabria, lo que ha hecho que  haya sido especialmente intensa y profunda.

Es verdad que estábamos solos en casa, confinados, sin distracción exterior que alterara la decisión de mantenernos silenciados interiormente para acercarnos a lo que vivió Jesús hace más de dos mil años, su Pasión y su Muerte.

Hemos recordado que hoy sigue sufriendo en cada uno de los enfermos de la Covid-19 y tantos otros, y que está muriendo en los miles de fallecidos, en soledad.

Recordamos especialmente la oración del Viernes Santo ante la Cruz, en la que fueron desgranándose  testimonios de personas reales: una madre en un campo de refugiados, el drama de una joven de 16 años sometida a trata y condenada a la prostitución, enfermeras volcadas en los enfermos de las UCIs… El dolor de Jesús en ellas y ellos, aquí y ahora.

Aunque estábamos físicamente solos, en casa, nuestro corazón se ha ido ensanchando y nos hemos sentido primero, parte de una comunidad. A través de las fotos expuestas de todas las personas que estábamos celebrando, desde nuestros hogares, la misma Pascua transmitida desde Suesa; después, miembros de toda la familia humana, de este pueblo que sufre y muere, y que lucha para que el virus de la enfermedad y del egoísmo no ganen la batalla.

Por eso, también necesitábamos que llegara la Pascua y que Dios resucitara a Jesús.

Tras los testimonios de dolor del Viernes comenzó a brotar una esperanza… y sentíamos la fuerza para luchar por un mundo mejor, que Jesús acompaña nuestro camino y que con Él “todo va a ir bien”.

Conchi y Luismi

“En lo vital, se nos adelantó la pasión y también la resurrección. Semanas antes nos había alcanzado el virus.

Ha sido una Semana Santa minimalista, honda, silenciosa. Hemos seguido el Triduo Pascual, un poco con Suesa, honda y cómplice; con el Vaticano, impactante en su icónico vacío y un Francisco más náufrago que nunca, más solo, menos cómplice del boato en algunas de sus formas y en muchos de sus fondos (una curiosidad: en las dos ocasiones que vimos consagrar el vino a Francisco, dijo por todos -per tutti- y no por muchos… Es increíble cuánta tontería presbiteral).

Hemos orado en silencio; en ocasiones una vela, un icono, a veces nada, otras un texto motivador. Y el silencio y la meditación.

Ha sido extraña, diferente, pero ha sido intensa, tal vez más intensa que nunca.

Nos conectamos en la vigilia Pascual con el Vaticano por eso de la universalidad y, entre luces y sombras, se nos hizo presente el Resucitado y la comunidad, especialmente el recuerdo de tantas vigilias en nuestra parroquia, con nuestro grupo de vida y los demás hermanos.

El contacto telefónico y el whatsApp nos mantuvieron corazón con corazón con todos, especialmente en esos días”.

Atisbando el futuro

Estas celebraciones alternativas permiten que nos hagamos alguna pregunta y esbocemos alguna reflexión que, quizás, ayuden dibujar el futuro inmediato, recordando que la eucaristía es siempre una acción de gracias que se realiza cuando dos o tres están reunidos en el nombre de Jesús (Mateo 18, 20) y que numerosos grupos, en todo los continentes, tienen experiencia comunitaria  acumulada, mucho que enseñar y muchas ganas de compartirla.

Que hay tierra preparada, vamos.

En las celebraciones vividas se han evidenciado carencias y posibilidades, ritualismo ciego y hambre de significado. Se ha vivido la communio a pesar de la lejanía física; se han “roto” las paredes de los templos-edificios, se ha experimentado la desmesura de la gracia.

Así mismo, se ha comprobado que se puede compartir el Misterio de la Vida, Muerte y Resurrección de Jesús aunque no presida un presbítero. Por otro lado, se han utilizado diversos lenguajes que abarcan la totalidad de lo que somos (reflexión, palabra, cuerpo, silencio, danza, música), palabras y expresiones cotidianas surgidas más de la experiencia que del ritual; signos y símbolos más cercanos a la vida de las mujeres y hombres que celebran, por tanto, más expresivos.

También se ha constatado una significativa ausencia de mujeres en las celebraciones de tipo más convencional, llegando al extremo de eucaristías en las que estaban sólo el oficiante, el monaguillo y el escuchante ( los tres, varones).  Del mismo modo, se ha constatado presencia abundante de mujeres en las celebraciones alternativas, bastantes de ellas, además, promovidas desde congregaciones femeninas

Otra cuestión relevante es que se ha vivido la privación al pueblo del pan y vino consagrados… cuando no ha habido mediación de un presbítero. Se ha rescatado, por tanto, el significado sacramental del pan y vino comunes en las casas en el recuerdo de la Cena de Jesús, Acción de Gracias por excelencia.

Merece la pena destacar que se ha percibido en las celebraciones de entornos oficiales incapacidad para superar prácticas manidas, con una vinculación estática al ritualismo y, por último, que se está comprobando que las en ocasiones, denostados redes sociales y aplicaciones informáticas, utilizadas con sentido, pueden servir como cauce de comunicación también en la experiencia celebrativa.

Para terminar, recogemos estas palabras de la teóloga Mary E.Hunt referidas durante una entrevista en Iglesia Viva el pasado 16 de abril:

“Así como decimos con creciente confianza que el mundo nunca será el mismo después del coronavirus, estoy segura de que la iglesia católica romana tampoco lo será. La estructura jerárquica y muchas de sus estrechas formas de exclusión de la gente, que le permiten conservar el poder, nunca serán ya aceptables de nuevo, ni tienen tampoco por qué serlo. Si estos primeros días de la pandemia nos enseñan algo, es a mirar cuidadosamente y hablar con audacia sobre lo que realmente cuenta.

In extremis, como en Dios, todas las cosas son posibles ahora”