Suponiendo que Jesús hubiera querido fundar una Iglesia y dotarla de los medios más propicios para su buen funcionamiento, cosa que hoy en día numerosos teólogos y estudiosos de la Biblia ponen más que en duda, no tenemos por qué pensar que fuera tal y como nos ha llegado hoy a nosotros. Entre otras cosas, una Iglesia piramidal y jerárquica en la que el poder y el mando sobresalen y predominan por encima de cualquier otra cualidad y virtud.
No sé por qué, pero casi siempre se ha ido a parar a aquel texto del evangelista Mateo en el que Jesús le dice a Pedro que le convertirá en roca como fundamento sólido sobre la cual fundará su Iglesia, al tiempo que le dará las llaves del Reino y el poder de ligar y desligar (atar y desatar) todo en la tierra, de tal manera que así quedará en la posteridad futura (Mt. 16, 13-20). Es el texto conocido como la “Confesión de Pedro”, en el que éste le dice a Jesús sin ningún tipo de ambages: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. Sería, pues, la fe la que jugara aquí el factor predominante.
[quote_right]Suponiendo que Jesús hubiera querido fundar una Iglesia y dotarla de los medios más propicios para su buen funcionamiento, no tenemos por qué pensar que fuera tal y como nos ha llegado hoy a nosotros[/quote_right]
No hay que ser muy avispados ni pretender llegar muy lejos para darnos cuenta rápidamente que lo que predomina en todo este pasaje y en las palabras que lo engloban es un sentido jurídico por encima de cualquier otra concepción. Estaríamos ante una persona con plenos y absolutos poderes para hacer y deshacer sin el deber de tener que dar cuentas a nadie. En principio estaríamos refiriéndonos al grupo apostólico con Pedro a la cabeza y después a los sucesores de los mismos, los obispos con el papa como cabeza visible. Por cierto, aprovecho la ocasión para insistir en el hecho de que ya va siendo hora de que vayamos dejando de lado el concepto de “papa” para comenzar a familiarizarnos más con el de “obispo de Roma”. A quienes se sienten más que seguros con esta concepción les ha faltado tiempo para defender el hecho de que este era un argumento lo suficientemente sólido, puesto que partía del propio Jesús, como para que haya llegado hasta nuestros días y así continúe hasta el “Final de los Tiempos”, sin admitir ningún género de dudas ni de discusión.
[quote_right]No sé por qué, pero casi siempre se ha ido a parar a aquel texto del evangelista Mateo en el que Jesús le dice a Pedro que le convertirá en roca como fundamento sólido sobre la cual fundará su Iglesia[/quote_right]
Sin embargo, existe otro pasaje, precisamente del evangelista Juan, que, además, tiene lugar después de la Resurrección (fuera bueno explicar este detalle, puesto que no es ni mucho menos anecdótico, pero el espacio no da más de sí). En él, Jesús, el Resucitado, le pregunta a Pedro tres veces seguidas “si de verdad le ama”, a lo cual Pedro le contesta, por cierto, un tanto desconcertado cuando escucha la pregunta por tercera vez, que “Puesto que Él lo sabe todo, sabe también que le ama de verdad”. La respuesta de Jesús, a diferencia del pasaje de Mateo, no tiene nada que ver con el hecho de “ligar-desligar, atar-desatar”, sino con la misión de “cuidar del rebaño y de apacentarlo” (Ju. 21, 15-19). En este caso, a diferencia del anterior, sería el amor el que marcaría la diferencia. Siguiendo con el supuesto de que Jesús hubiera querido fundar una Iglesia, estaríamos ante una concepción diametralmente opuesta a la que presenta el evangelista Mateo. Es decir, lo importante no es la fe, de la que se derivaría la capacidad de mandar y ordenar, con todo lo que ello conlleva como ya hemos visto anteriormente, sino la capacidad de amar y de servir. ¡Casi nada, vaya!
[quote_right]La respuesta de Jesús, a diferencia del pasaje de Mateo, no tiene nada que ver con el hecho de “ligar-desligar, atar-desatar”, sino con la misión de “cuidar del rebaño y de apacentarlo”[/quote_right]
Me gustaría decir más cosas sobre el tema, puesto que da para ello; pero, por lo menos, matizaré una que para mí se desprende de esta segunda concepción. Si realmente lo que importa es el amor y, como sabemos de sobra, este trasciende entre otros factores la condición sexual, no sería atrevido decir que se cae por tierra el hecho de que tenga que ser un varón y no una mujer quien pueda presidir, en el amor, ¡claro está!, la Iglesia o comunidad. ¿Se podría continuar yendo más lejos? Por supuesto, pero el recorrido queda para cual.
