La bandera de nuestra vida

Dentro ya del tiempo de Adviento, nos disponemos a recorrer un itinerario de profecías y esperanzas que volverán a resonar contundentes. Es el tiempo de la promesa que pervive en los pequeños y últimos, en quienes no cuentan cuando -en realidad- son quienes sostienen, en medio de su debilidad y pequeñez, el curso de la historia. Es a estas personas a las que se dirigió Francisco en su discurso durante el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares celebrado en Bolivia el pasado mes de julio: “Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas”.
[quote_left]Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los pueblos y tampoco lo aguanta la Tierra.[/quote_left]
Y Francisco pronunció entonces el deseo y la esperanza de todos ellos cuando afirmó que “queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana madre tierra”.

Son todas aquellas personas que, justamente en las circunstancias de sus vidas, han dado con lo esencial que permanece oculto mientras “el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra”.

El tiempo de Adviento es tiempo de reconocer cuál es la bandera que enarbolamos. Puede ser la bandera del propio yo, de los propios intereses en los que podemos andar enredados y que nos llevan a iniciar batallas sin cuartel para defender lo propio frente al bien común. Son las batallas que emprendemos bajo banderas como la de la mediocridad, que ha tomado carta de ciudadanía y adquirido patente de corso. La sutileza con la que nos vamos deslizando hacia banderas como ésta es tan asombrosa como ignorada por muchos de nosotros y nosotras. Sin darte cuenta te acabas instalando bajo esas banderas que se despliegan y ondean sin el menor reparo y con el mayor descaro sobre nuestras vidas.
[quote_right]Hace falta una buena dosis de lucidez para reconocer la bandera que enarbolamos.[/quote_right]
Y es que hace falta una buena dosis de lucidez para reconocer la bandera que enarbolamos y mucho coraje para preguntarnos de qué estamos haciendo bandera. Tenemos necesidad de lucidez y de coraje para transitar por la vida con un mínimo de congruencia entre lo que decimos vivir y lo que realmente vivimos. Algo así no se improvisa en la vida, por lo que es necesario cultivar una atención despierta sobre nuestros propios pasos para reconocer hacia dónde nos vamos encaminando.

Los seres humanos pequeños, los últimos, hacen que nos preguntemos por qué solo unos pocos han dado con lo que es esencial en la vida y que no les será arrebatado. Son personas que gozan de una libertad envidiable e inviolable. Y parece que solo algunos han encontrado la perla preciosa y el tesoro en el campo y consideraran una pérdida aquello que el mundo considera ganancia. Y, puestos a echar raíces en algún sitio, mejor buscar suelo firme y no conformarse con arenas movedizas.

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Ilustración: Pepe Montalvá @pepemontalva

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