En el contexto de la muerte del Papa Francisco es imposible olvidar que llegó a ese cargo por la inesperada e inédita renuncia de Benito XVI, que justificó por no poder controlar la creciente pedofilia en el catolicismo, la corrupción financiera en el Vaticano y que la curia romana estaba llena de víboras. El papado de ese modo se “desacraliza” y “mundaniza”. Nace la categoría de papa emérito que vive también en el Vaticano.

El colegio cardenalicio rompe también otra larga y secular tradición y nombra a una persona que no proviene de Europa sino del “extremo occidente”, como es Argentina. El cardenal Bergoglio asume el carisma de papa con otra iniciativa: ahora es Francisco, nombre jamás utilizado por papa alguno.
La profunda crisis del mundo católico ya no puede esconderse. Si bien hay una tradición a reafirmar, hay necesidad urgente de seguir otros caminos y reformas y la necesidad de abrir, más que de cerrar puertas y condenar como habían hecho los papas anteriores. Desde el primer día los gestos fueron de humildad, de evitar signos de ostentación y dobles discursos. Francisco continua un catolicismo plebeyo y popular de tradición latinoamericana y argentina.
Su primera visita a la isla de Lampedusa para encontrarse con inmigrantes expulsados de sus países, y que buscan vida en las playas europeas del Mediterráneo -donde mueren miles por año-, fue todo un proyecto de apertura y salida del mundo de los privilegiados. Serán luego las personas humildes, oprimidas, descartables, sin techo, ni trabajo ni tierra, las periferias existenciales, los otros nombres de esas personas “ninguneadas”. Además, retoma una larga tradición de enseñanza social judeo-cristiana y de otras religiones que nos recuerdan que Dios ama a todos y todas dado que somos sus hijos e hijas. La construcción de la fraternidad universal y el cuidado de la casa común es una tarea sagrada y comienza aquí y ahora. Ninguna persona se salva sola.
La construcción de la fraternidad universal y el cuidado de la casa común es una tarea sagrada y comienza aquí y ahora. Ninguna persona se salva sola
No solo hay que acompañar a los descartados, sino eliminar sus causas. En sus numerosos viajes y conferencias menciona un capitalismo neoliberal y salvaje y designa -con nombres y apellidos- a los poderes económicos, financieros, políticos, judiciales -el lawfare-, tecnológicos y mediáticos actuales del siglo XXI como los principales responsables de las guerras, pobrezas y desigualdades a nivel global. Los mercados desregulados se consideran también Dios y presentan su prosperidad y sus ganancias como mérito, predestinación y éxito individual y religioso. Por eso, los movimientos populares que surgen contra esa desigualdad deben ser espacios privilegiados para el accionar de esos mundos católicos.
Reafirmar el sagrado de la fraternidad universal significa descentrar el mundo católico de la influencia cultural y social europea y noratlántica y reconocer que no es “la única y verdadera religión”. Ir hacia las periferias existenciales, los marginalizados y ninguneados del Sur global es reconocer a nivel planetario un solo Dios con diversidad de memorias, espiritualidades y vivencias históricas diferentes. Si bien sus antecesores habían comenzado a insinuarlo -Juan Pablo II en especial-, para el papa Francisco no hay más guerra santa ni guerra justa; todas las guerras deben ser evitadas y condenadas en nombre de lo sagrado de la persona humana. Intransigencia total.
Al mismo tiempo, Francisco reconoce y valora los procesos de individuación personal. A los pocos meses de iniciar su mandato en 2013 y al regreso de un encuentro de miles de jóvenes en América Latina, expresa: «Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?». Es una declaración inédita -junto a otras similares sobre familias, diversidad sexual, matrimonios- en un papa, que disloca el primado de la doctrina abstracta sobre el amor de Dios a cada persona. Jerarcas católicos expresarán su total rechazo a esa concepción caracterizada como “relativista” e iniciarán una campaña de desprestigio a su figura que sigue hasta hoy.
El papa Francisco -al igual que todos sus antecesores en el cargo- fue inflexible contra la inclusión de las mujeres al sacerdocio y en mantener el celibato de las y los consagrados en toda circunstancia.
Ir hacia las periferias existenciales, los marginalizados y ninguneados del Sur global es reconocer a nivel planetario un solo Dios con diversidad de memorias, espiritualidades y vivencias históricas diferentes
Francisco también fue innovador al iniciar desde el papado un dialogo amplio y profundo con el islam. Viniendo de América Latina no tiene la “memoria europea” de conflictos históricos, de actuales enfrentamientos, amenazas y miedos, representado especialmente en los inmigrantes islámicos africanos y asiáticos.
La visita en persona al imán de El Cairo y al de Emiratos Árabes Unidos (vinculados al mundo sunita) y al ayatola de Irak (al mundo chiita) -primera vez en la historia de los papados- amplía el diálogo entre religiones y al mismo tiempo denuncia el paradigma sobre “el choque de civilizaciones” que proclama que las religiones con “sus fundamentalismos” son las responsables de los conflictos actuales. El papa Francisco y esos líderes escribirán documentos afirmando que no son las religiones las causantes de las guerras y empobrecimientos actuales ni de la destrucción de la casa común, sino la industria armamentista, el colonialismo, el extractivismo y la codicia económica.
La geopolítica vaticana realizó también una valiosa apertura hacia el mundo de la República Popular China firmando acuerdos sobre “una comunidad de futuro compartido de la humanidad”, reconociendo un solo país y aprobando el nombramiento y reconocimiento en común de nuevos obispos tanto por el gobierno chino como por el Vaticano, dejando atrás la clandestinidad de décadas.
Fraternidad universal versus mercado
Esas memorias, disputas e imaginarios -que son al mismo tiempo continuidades y rupturas, identidades y reformas- estarán presentes en el actual cónclave. Francisco y su papado fue -quizás en soledad- la principal persona en el ámbito planetario en defender un humanismo donde todas las personas tienen derecho a una vida digna. Una porción significativa de personas alejadas de los mundos institucionales religiosos a nivel global acompañó el camino de la fraternidad universal y la defensa de la casa común de Francisco, dada la desaparición de las internacionales sociales y políticas comunistas, socialistas, democráticas cristianas y/o liberales.
Por eso mismo, las actuales sensibilidades de políticas de crueldad, de odio, de mercados desregulados y de tecnofeudalismo de pequeños grupos privilegiados, buscan apoyos y afinidades con grupos religiosos y sagrados para crecer en credibilidad. Lo religioso va unido públicamente a sus propuestas políticas y económicas estatales y a su imaginario.
Francisco y su papado fue -quizás en soledad- la principal persona en el ámbito planetario en defender un humanismo donde todas las personas tienen derecho a una vida digna
Si en el siglo XX los paradigmas dominantes suponían la muerte de Dios y la lenta desaparición y privatización de lo religioso, hoy vivimos otro proceso planetario. No hay ninguna racionalidad y emocionalidad -sea económica, política, erótica, artística, religiosa, estatal u otra- que en “última instancia” se imponga por sí sola. Hay una transformación global de lo religioso que muestra tanto desinstitucionalización como nuevas institucionalizaciones y múltiples recomposiciones de lo sagrado y las espiritualidades en diversos cuentapropismos, diálogos, buen vivir y de personas salidas de lo religioso.
Así como el dios mercado es el que elige a los individuos a quien salvar, quién es predestinado, quién tiene mérito y quiénes son condenados, el Dios de la fraternidad universal por oposición propone bienes de salvación para todos y todas. La identidad católica única e indivisible (como la evangélica, ortodoxa, judía o islámica) se siente amenazada por otras identidades católicas (y religiosas) diversas y en continua reforma, que exigen reconocimiento desde la sociedad y los movimientos sociales. A la anunciada muerte de Dios del siglo XX, asistimos hoy a una nueva lucha de Dioses en la cual lo religioso es solo una de esas dimensiones.
