Aprovechando la coincidencia en 2015 de los 50 años del Vaticano II, los 30 del primer Congreso del movimiento internacional de curas católicos casados y los diez de la puesta en marcha de una Confederación Internacional, un grupo de unas 100 personas nos hemos reunido del 29 de octubre al 1 de noviembre en Guadarrama (Madrid, España) para celebrar un Congreso Internacional bajo el lema “Curas en unas comunidades adultas”. Los asistentes han sido creyentes llegados de 15 países pertenecientes a tres continentes (América, África, Europa) e integrados en su mayoría en el Movimiento Internacional de Curas Católicos Casados y otros, en comunidades de base. La organización ha corrido a cargo de MOCEOP, colectivo español surgido hacia 1977 en torno al fenómeno de los curas casados e impulsado por los aires frescos de Concilio Vaticano II.
Este congreso es la culminación de un largo proceso de andadura compartida después de siete congresos internacionales, siete latinoamericanos y otros muchos nacionales.
La primera valoración de este encuentro es de gusto y regusto agradable por haber logrado un ambiente fresco y cercano a través del compartir fraterno y esperanzado, que ha impulsado las utopías y las fuerzas de lucha de unas personas cargadas de vivencias y también de canas. Ha sido, ante todo, un encuentro experiencial y no de debate ideológico, como suele ser nuestra forma de encontrarnos, comunicarnos y compartir.
[quote_right]»Buscamos salir del armario clerical y bajándonos del altar, el púlpito y el machito”.[/quote_right]
El Movimiento Internacional de Curas Casados es un amplio colectivo de creyentes en Jesús de Nazaret que decidimos, hace unos cuarenta años, reivindicar de palabra y de obra la opcionalidad del celibato para los curas de la Iglesia católica de occidente, saliendo del armario clerical y bajándonos del altar, el púlpito y el “machito”.
Pero nuestro recorrido como colectivo fue ampliando la perspectiva inicial centrada en torno al celibato, para ir profundizando hacia un modelo de Iglesia nueva, no asentada férreamente sobre un cura exclusivamente varón, célibe y clérigo.
Nuestro objetivo en este congreso ha sido claro: “realizar un análisis y un balance” de lo que ha supuesto nuestra andadura en las comunidades de creyentes a las que pertenecemos, tanto en el terreno personal como en el eclesial. Y esto desde tres miradas:
- Acentuar, una vez más la importancia de compartir nuestras experiencias, desde la fraternidad y la sencillez.
- Evaluar nuestros recorridos personales y como movimientos, así como formular ciertas conclusiones globales.
- Decidir los caminos de futuro para nuestras apuestas y reivindicaciones.
Y, según esto, hemos compartido y reflexionado sobre diversas experiencias comunitarias, algunas de las cuales han sido trabajadas y publicadas en un libro bajo el título Curas en unas comunidades adultas, que se presentó en el mismo congreso.
Hemos contado con la inestimable ayuda de dos ponentes: Silvia R. de Lima, brasileña, y Juan A. Estrada, español, que han puesto en clave teológica nuestras experiencias.
Silvia nos decía: “Pedimos lo justo, soñamos lo imposible, ¡primavera eclesial ya! Denunciamos el recrudecimiento de las instituciones eclesiales, que hace que, desde nuestras opciones, los lugares liberadores que encontramos para vivir nuestras convicciones fueron y siguen siendo la calle, los bordes, los límites de la Iglesia y la sociedad… Somos la familia de Jesús y formamos la comunidad de amigos y amigas que da continuidad a su proyecto, que asume la esperanza como tarea, que transforma los sueños en realidad. Esa es la siempre comunidad viva, que rompe estructuras… De esta nueva eclesialidad, que surge desde los márgenes, nacen comunidades creativas, que reinterpretan el Evangelio. Comunidades transgresoras, que están preocupadas en crear fraternidad y sororidad, junto a los más pobres, excluidos y excluidas. Comunidades diversas que, en medio a desafíos, dificultades y contradicciones, viven el aquí y ahora, sembrando las semillas de Reino en tierra de libertad”.[quote_left]Pedimos lo justo, soñamos lo imposible, ¡primavera eclesial ya! [/quote_left]
J.A. Estrada insistía en lo mismo: “Hay que hablar de la necesidad de una reforma de la Iglesia, tanto desde la perspectiva de su “aggiornamento” o actualización, como de su reestructuración o refundación en un nuevo paradigma social, cultural y religioso… Y esto lleva consigo una reestructuración del cristianismo en clave de comunidad, que hay que anteponer a la institución eclesial y al papel de los ministros… La eclesiología tiene como eje vertebrador la comunidad con diversidad de carismas y ministerios, poniendo el acento en la consagración y dignidad de todos los cristianos. Desde una eclesiología de la comunidad, el sacramento fundamental es el bautismo -no el sacramento del orden- y la eucaristía encarna la dignidad y participación de todos los cristianos”.
Contamos también con las aportaciones de los componentes de una mesa redonda que nos aclararon los “retos para los creyentes en el mundo presente”. Interesantes fueron, además, las experiencias compartidas en los talleres sobre comunidades de base, comunidades cristianas LGTB, comunidades parroquiales y celebraciones comunitarias.
Con todo ello quedó reforzada nuestra teología comunitaria, que recalca el protagonismo de la comunidad: ella es la que celebra, quien se organiza y quien decide. Pero también con respeto a la comunión eclesial y a la tradición recibida, mantenida viva y actualizada.
Y así se refleja en nuestras conclusiones, recogidas en nuestro mensaje final:
1º. Estamos convencidos -porque lo hemos constatado junto con otros grupos de Iglesia- de que el modelo de cristiandad imperante está desfasado cuando no acabado y es un obstáculo para la vivencia de los valores evangélicos. Un nuevo tipo de Iglesia es urgente.
2º. Es preciso un cambio estructural –no meros cambios personales- hacia un modelo activamente comunitario de “Asamblea del Pueblo de Dios”, contando con que la inercia de siglos es grande y pesa para cualquier cambio progresivo.
3º. Solamente las comunidades adultas maduras pueden llevar a cabo esa transformación estructural necesaria y urgente. Es un hecho que hemos experimentado a través de nuestra andadura por pequeñas comunidades. El eje y reto principal de una Iglesia nueva no está en el cura -célibe o no célibe- ni en las demás actuaciones jerárquicas, que lo único que hacen es perpetuar el inmovilismo o, a lo sumo, son lavados de cara sin llegar al fondo.
4º. Esas comunidades adultas -ya existentes- y a las que hay que seguir incentivando, son, en muchas ocasiones, ignoradas y/o perseguidas. Son comunidades donde sus componentes viven la igualdad, la corresponsabilidad, la fraternidad y solidaridad, sin girar en torno a una figura –el cura-, que a lo largo del tiempo se ha ido empoderando de todas las tareas y responsabilidades, convirtiéndose en el factótum de la comunidad.
5º. Esa adultez y mayoría de edad les permite adaptarse a las exigencias culturales y sociales de nuestro mundo cambiante, vivir y formular la fe de otra forma y organizarse desde dentro según sus necesidades. Son libres y ejercen la libertad. No viven desde la obediencia, sino desde la creatividad.
6º. Y, así, estas comunidades saben “elegir y encomendar las tareas y servicios y ministerios a las personas que consideran más preparadas y adecuadas para cada tarea, sin distinción de sexo ni de estado. Luchan por ser comunidades abiertas, inclusivas, desde la pluralidad y el respeto.
Hay que aclarar que estas comunidades no son una quimera sino una realidad, a pesar de las deficiencias. Y porque nos sigue urgiendo el mensaje de Jesús y no queremos dejar de ser utópicos ni sentarnos en el sofá en bata y zapatillas estamos dispuestos a seguir luchando, para que cada día sean más numerosas y auténticas.
Somos conscientes de que no es una apuesta sencilla sino arriesgada, porque, en ocasiones, estamos bordeando la ilegalidad. No lo hacemos por capricho ni arbitrariamente sino por fidelidad a valores profundamente evangélicos y hacer así realidad aquellas intuiciones del Vaticano II que tanta ilusión despertaron, pero que luego fueron arrinconadas como peligrosas y que hoy, con la llegada del papa Francisco, han cobrado actualidad y recuperado su carta de ciudadanía en nuestra Iglesia.
Toda esta carga experiencial que hemos vivido y compartido estos días “ha ido confirmando la convicción inicial de seguir formando parte de la Iglesia, en Iglesias locales, domésticas, en las que la comunidad cobra el protagonismo y las diferentes tareas -incluso la de presidencia- se van asumiendo según la disponibilidad o capacidad de cada creyente. Comunidades no impositivas sino acogedoras, no jerarquizadas sino igualitarias, no volcadas en el culto sino en la celebración festiva; comunidades de búsqueda y compromiso, con apuestas por vivir en positivo de cara al mundo actual. Una realidad pequeña, pero nada despreciable y -al parecer- con grandes posibilidades de futuro”. Así lo decíamos en nuestro libro publicado en 2010, Curas Casados. Historias de fe y ternura.
Invitamos a todos los creyentes en Jesús -termina nuestro comunicado final del Congreso- a ser valientes y adentrarse en esta sendas de creatividad y libertad, para hacer cada día más real el Evangelio de la misericordia y de la responsabilidad ante los seres humanos y ante nuestra Madre Tierra.
Esto ha dado de sí un encuentro internacional y, a la vez, interior, en el que curas casados y gentes de comunidades compartimos fe, luchas y esperanzas, todo ello lubricado por la oración y la eucaristía. El “abraundi” de Labordeta clausuró el evento y nos lanzó al campo abierto de lo posible.
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