Cuando y donde nacer resulta fácil

¡Qué fácil resulta nacer en según qué tiempo y en qué lugares! Solo basta mirar las calles de la mayoría de los países de tradición cristiana, durante semanas previas a la Navidad, adornadas cada vez con más luces de colores y formando dibujos que evocan paisajes de hielo, de frío y de animales que viven en bosques nevados, en donde se pueden ver también casas iluminadas interiormente con luces que dejan entrever el calor, de todo tipo, y en las que se ve gente muy feliz que habita de día y de noche. Es un ambiente, todo él, que invita a la alegría, a la fiesta, al jolgorio, a la diversión, a ser felices, en definitiva; sobre todo esto último, pues es esto lo que priva y lo que se tiene que conseguir como sea y a costa de lo que sea, dando la sensación muchas veces que dicha felicidad viene impuesta casi por decreto.

Imagen de Couleur en Pixabay

Nace o renace, con una fuerza inusitada, un espíritu de confraternización que invita a compartir con amigos, próximos y cercanos la alegría de un compañerismo y de una amistad que da igual que brille por su ausencia en el resto del año. Cenas y brindis por doquier; abrazos y besos efusivos más que en otras ocasiones, etc. hacen olvidar a unos y a otros, por unos momentos, que el amor, la amistad, la proximidad y el compañerismo son maneras de enfocar la convivencia y las relaciones personales que solo entienden de sinceridad y de donación generosa, de manera constante en cada instante y en cada momento de cada día.

Siguiendo la misma tónica, el espíritu familiar renace cada año también, por estas fechas, con una fuerza y una viveza nunca vistas, al menos que la memoria recuerde. En las cenas de Nochebuena y las comidas de Navidad los besos y los abrazos se reparten a trote y moche por doquier, sin regatear ni que fuere otro más por si acaso, o incluso muchos más si hacen falta; con tal de hacer patente que lo sucedido hace veinte siglos es una invitación más que recomendada a “ser buenos durante estos días o, por lo menos, a parecer que lo somos”. Para hacerlo aún más propicio en muchas casas se montan belenes convirtiéndolas así, al menos en apariencia, en “hogares tiernos y apacibles”, dando con ello la impresión que aquello es un verdadero remanso de paz y de amor; eso sí, sin que ello sea óbice para que en otras épocas del año los “belenes que a su vez se montan” conviertan aquellos mismos hogares en verdaderos infiernos o frentes de guerra.

También las iglesias y todos los lugares de culto se preparan convenientemente con adornos, luces, flores, pesebres, etc. para conseguir con ello que las liturgias que allí se celebren durante todos los días navideños desprendan a su vez olor a lo mismo que se respira en las calles y en las familias, para los fieles que allí acudan. En este caso con el plus, además, de unas canciones, villancicos, que desprenden ternura a través de cada una de sus notas y, por lo mismo, capaces de doblegar interiormente a quienes pudieran parecerse al hierro más frío. Ser bueno después de la Misa del Gallo o de la de Navidad ya no es una opción, sino una obligación que, además, no solo no produce mal humor por el posible esfuerzo que puede conllevar, sino, todo lo contrario, una satisfacción que llega a impregnar hasta las enjundias más renegadas del interior de nuestras personas.

¡Qué fácil debe de resultar nacer, por tanto, en ambientes con todo a favor! ¡Qué fácil y qué poco debe costar ser solidarios en este tiempo! Eso sí, con una solidaridad que no llegue a cuestionarnos nuestro estatus relativamente confortable, como mínimo; que no ponga en peligro nuestras seguridades de futuro, al menos las inmediatas o más próximas; que no pretenda involucrarnos en causas y proyectos en los que el dar no sea lo importante, sino el darnos sin reparos.

Aunque, para ser de verdad honestos, a lo mejor tendríamos que preguntarnos si lo que pretendemos con nuestras celebraciones preparadas de esta manera es revivir la historia de humildad y de sencillez que tuvo lugar hace veinte siglos o, por el contrario, justificar las pocas ganas que tenemos de cara a hacer de nuestras vidas un proyecto semejante, disimulándolo con gestos enternecedores y poco más.

Por ello precisamente, no es justo, ni tampoco ético y mucho menos aún “religioso” representar durante estos días con tintes tan superficiales una historia que entonces nació preñada de exclusión y de rechazo. 

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