Mi tía María Luisa, la última de las cinco que tuve, era una burguesa en el mejor sentido de la palabra. Discreta, dialogante, respetuosa, siempre defendía la importancia de los modos, de las buenas maneras.
La vida política y la vida social se van construyendo por medio de debates, de intercambios que siempre se hacían con buenos modos. Pero han llegado de repente una serie de personajes dispuestos a instaurar la descalificación, la ofensa, el insulto y la calumnia como instrumentos de confrontación.
Curiosamente el difunto papa Francisco concitó la ira de alguno de esos personajes.
Comenzando por Santiago Abascal, que le llamó siempre ciudadano Bergoglio. Eso suponía decir que Francisco no era un papa, era un ciudadano que pasaba por allí y que, viendo la Sede vacante, se había sentado en ella.
Pero mucho peor fue Javier Millei, que en su campaña presidencial afirmó que Francisco era “”el representante del Maligno en la tierra que ocupa el trono de la casa de Dios”, llamándole “zurdo hijo de puta”. Después de la muerte del Papa cambió el discurso diciendo que había sido un gran honor conocerlo pero esa rectificación póstuma no borra el hecho de aceptar el insulto soez como arma política. Como cuando vino a Madrid y al recibir una medalla que no merecía, aprovechó para tildar de corrupta a la mujer de Pedro Sánchez, así por las buenas, sin venir ni a qué ni a cuento.
Peor es el caso de Jiménez Losantos, antiguo presentador de programas de la COPE. Su comentario a la muerte de Francisco ha sido: “Por fin nos ha dejado aunque no nos ha dejado en paz”. Para Lossantos, el pontífice “pertenecía a “esa generación criminal de la extrema izquierda montonera peronista”, “rabioso defensor de las dictaduras comunistas” y “un perfecto idiota”. “Odiaba a España profundamente y pidió perdón por el papel de la Iglesia en la conquista de América”.
No hace falta recordar que Pedro Sánchez (alias Perrosánchez) ha polarizado también los insultos de la derecha española. Abascal le ha llamado en varias ocasiones corrupto y criminal. Apoyada por Feijóo, a Ayuso le ha gustado la fruta. Esto animó a los autores de la gran pancarta que apareció en diciembre de 2023 en la muralla de Toledo con el mensaje “Sánchez hijo de puta”. Por su parte, Casado le tildó de sociópata, presidente fake, felón, traidor, responsable, partícipe y cómplice de un golpe de Estado.
¿Y qué decir de Alvise Pérez? En 2024 afirmó que la jueza que investigaba a su colaborador Vito Quiles había dictado una orden “criminal e inaceptable”. Esto provocó una serie de insultos y amenazas por parte de sus seguidores con expresiones como puta, asquerosa, choriza y a meter en la cuneta.
A todo este coro de maleducados, insultantes, calumniadores, se ha venido a añadir últimamente un peso pesado, Donald Trump, para quien Biden tiene un bajo coeficiente intelectual, Hillary Clinton es una corrupta, Barak Obama es el peor presidente de la historia de los EEUU y Nancy Pelosi es la loca Pelosi, una desquiciada.
Lo peor de todo este proceso no es que haya llegado a la política un grupo de maleducados barriobajeros sino que ese clima llegue a generalizarse, que parezca normal, que no produzca ningún rechazo ni condena, que la frase ingeniosa atribuida a Voltaire -calumnia, que algo queda- llegue a ser algo normal y aceptado.
Calumnia, descalifica, insulta, desautoriza, que algo queda.
Tremendo.
