Fontarrón-Fabián-Fontarrón

El pasado mes de diciembre se puso el nombre de Fabián Fernández de Alarcón a una placita arropada por casas sencillas en el barrio madrileño, vallecano, de Fontarrón.

No sabemos si a él le habría gustado este homenaje… aunque quizá sí, por venir la cosa de quien viene: sus amigos y vecinos de Fontarrón, que -seguramente- con ello lo que quieren es seguir teniéndole cerca, acariciar con sus ojos su nombre cuando, al ir o venir de las tareas, pasen por la plaza… y lo que fue Fabián para ellos -y entre ellos- se haga más presente, si cabe.

Sus obras son muchas y se expresan en una forma de vivir desde el Evangelio -en la Noticia Buena- y culminan con la construcción de un barrio, Fontarrón, levantado con el esfuerzo de las mujeres y los hombres que lo habitaron y lo habitan y Fabián, en medio de ellos.

Su amigo durante años, Jesús Parra, lo tiene claro: “De Fabián siempre diré que fue un vivo mensaje del Evangelio y un modelo de hombre de auténtica fe; tuvo siempre una palabra de esperanza para el desesperado; una sonrisa para el triste; un abrazo para el solitario. Aportó siempre concordia en los conflictos, alegría en el desánimo, serenidad frente al desasosiego y fe en todos los proyectos”.

El recuerdo en una plaza de vallecas para Fabián FontarrónY sigue “Un hombre, un creyente, un sacerdote, un religioso que pasó haciendo el bien. Eclesialmente siempre mantuvo ese difícil lugar que hace puente entre la institución Iglesia y la vida de las comunidades cristianas, que son la base de la verdadera Iglesia comunión. Fue un soñador de los nuevos tiempos, que tradujo el Evangelio y el Concilio Vaticano II con las ventanas abiertas a la vida, a la cultura, al diálogo con el mundo moderno. Era, como decía de él alguien que le conocía bien, aire fresco que traía la esperanza de un mundo nuevo, más justo e igualitario para todos los que vivían a su lado; y que, con personas como él, era fácil entender que la Iglesia de Jesús era más parecida a las pequeñas comunidades, como la de Fontarrón, que con las grandes fastos y grandezas de la Iglesia oficial”.

Fontarrrón y Fabián se forjaron mutuamente; a poco que uno se aproxima se percibe que también él aprendió mucho del compromiso de los que fueron sus vecinos, sus amigos, de sus luchas por unas viviendas dignas y por un barrio urbanizado y humanizado. La parroquia de Santa María de Fontarrón está en medio del barrio, en un edificio bajo, casi abrazado por los edificios de varias plantas y recuerda la parábola de la semilla de mostaza, pequeña ella…
Por eso, en la celebración del pasado 13 de diciembre, a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, siete años ya, se percibía su presencia viva en Fontarrón: la comunidad y el barrio continúan en la lucha y el compromiso que compartieron mientras Fabián estaba físicamente con ellos.

Fabián murió de repente, sin casi aviso previo, el 24 de agosto de 2008. Sus amigos y compañeros del barrio se extrañaron cuando no bajaba a presidir la celebración, luego el médico les dijo que había fallecido horas antes por un derrame que le había provocado una parada cardiorrespiratoria.

En ese momento la parroquia-comunidad se sintió huérfana y, al tiempo, depositaria de un regalo del que eran muy conscientes: el proyecto de Jesús expresado en las bienaventuranzas. Ellos estaban en el camino y Fabián, que había sido uno entre ellos, representaba, al tiempo, un profeta que anunciaba cosas buenas y vivía la vida desde la perspectiva de Jesús. Uno de tantos profetas anónimos que, en el día a día, hacen realidad el reinado de Dios.

La plaza que lleva ahora el nombre de Fabián se convierte en una metáfora de lo que realizó codo con codo con las mujeres y los hombres de Fontarrón: un lugar de circularidad, de encuentro, de intercambio y de compromiso con los que tienen menos… o con los que les cuesta mucho tener algo.

Martín Valmaseda, otro amigo suyo, envió una carta desde Guatemala que se leyó el 13 de diciembre en la eucaristía. Aquí van algunos párrafos que permitirán a los que conocieron a Fabián recordarle y a los que no le conocieron, aproximarse a él.

Queridos amigos y amigas:

Algunas plazas y rincones de Vallecas se han adornado con placas conmemorativas de quienes, desde las épocas duras del barrio, se dejaron en él la piel en el servicio al pueblo.

Hay otros nombres de vecinos que no tienen placa; sólo están escritos en la memoria de quienes lucharon junto a ellos. Tal vez habría que poner en algún lugar de Vallecas una placa al vecino desconocido.

Entre esos vecinos van apareciendo nombres de algunos que han convertido lo que otros veían como misión religiosa en misión humana, más sagrada todavía, porque no hay nada más sagrado que la persona.

Si quisiéramos poner un símbolo de esta celebración, podríamos recordar cómo nuestro compañero, mi compañero Fabián, se negó a que se levantase aquí el clásico templo con torre y campanario porque vio que era más sagrado construir en ese lugar una guardería donde sonasen las campanas de juegos y gritos de los pequeños.

Esta opción le atrajo las críticas de algunas autoridades pero es un símbolo de lo que fue toda su vida: buscar lo sagrado en la gente del barrio.

Buscar el espíritu en la comunidad de vecinos, cantar a Dios no sólo en los cantos religiosos de la misa, sino en los cantos populares de la coral Trovada, con vecinas y vecinos de aquí mismo. Abrir ventanas y puertas para ofrecer a los jóvenes salida de su esclavitud por las drogas y entrada en un ambiente de trabajo que los liberase.

Los que tenemos fe en aquel vecino, carpintero en un pueblo de Galilea, creemos que Fabián no está en ese cielo, lo que es un tópico del lenguaje religioso, está en lo que hablaba el mártir Óscar Romero: “Si me matan resucitaré en el pueblo”.

A Fabián lo mató un tropezón inoportuno. Los que creemos en un mundo nuevo lo creemos también resucitado: no en lo alto del cielo, sino aquí, en este cerro del Tío Pío, Fontarrón, en la unidad y colaboración de todos los vecinos que, aunque no les pongan placas con sus nombres, siguen recordando a quienes les precedieron, en una lucha solidaria por un “Vallecas nuestro”.

Autoría

  • Pepa Moleón Caro

    Soy pedagoga de formación y mi vida profesional la he desarrollado como funcionaria del Servicio Público de Empleo Estatal en ámbitos de Formación, Empleo y Cooperación. Me reconozco mujer feminista y creyente; he crecido en colectivos como Somos Iglesia, Mujeres y Teología, Redes Cristianas y ahora, especialmente, en la Revuelta de Mujeres en la Iglesia.  Vivo y comparto mi fe en una pequeña parroquia de Madrid. Actualmente soy presidenta de la Fundación Luz Casanova. Milito en el movimiento social por un Sistema Público de Pensiones.  Me preocupa y ocupa la sociedad: la desigualdad entre géneros, clases y países.  Me preocupa y ocupa la Iglesia: la ausencia de las mujeres en la reflexión, la experiencia compartida y la toma de decisiones, así como la liturgia desvaída y des-apasionada.

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