“El capital, al no considerar el trabajo más que desde el punto de vista del espíritu de lucro, tiende constantemente a tratarlo según el criterio único de su provecho y no cede más que ante presiones que no puede soslayar, como son las del Estado y las de los sindicatos.”

Con palabras prestadas, escritas hace muchos años por Guillermo Rovirosa, el “santo de los obreros”, comienzo esta nueva andadura en Alandar. Revista que sigue siendo referencia de una Iglesia comprometida con todas las periferias existenciales que necesitan el anuncio de la propuesta del Evangelio. Y dentro de esas periferias aparece, ¡cómo no!, la realidad del mundo del trabajo. Tal vez con más fuerza que hace algunos años, sobre todo, por esa realidad del mundo obrero más precarizado, por esos trabajadores y trabajadoras pobres, que la nueva configuración y organización del trabajo está dejando como un reguero de víctimas, de las que nadie se acaba de responsabilizar del todo.

En las palabras que encabezan este texto, Rovirosa, indicaba que uno de los frenos del capital fueron y siguen siendo los sindicatos. La experiencia histórica nos muestra cómo estas organizaciones de la clase trabajadora son -siguen siendo- un elemento indispensable de la vida social, tal y como nos recordaba ‘Laborem Exercens’ y uno de los exponentes de la lucha por la justicia social.

Pues de la tarea que vienen, venimos realizando, desde los sindicatos y su conexión evidente con el “Evangelio del trabajo”, es de lo que intentaré ir escribiendo en esta columna-rincón. Y lo haré desde la perspectiva de mi trabajo concreto ahora en un sindicato, Comisiones Obreras (CCOO), y en una federación, la de servicios en la provincia de Alicante, que da servicio y cobertura a las personas trabajadoras del comercio, la hostelería, los grandes almacenes y supermercados, la banca, las ONG’s, y un largo etcétera.

Ningún cristiano puede, podemos, desentendernos de los problemas sociales, de la fraternidad concreta aquí y ahora, de las situaciones de injusticia y de explotación cotidiana que se dan a nuestro lado. Y el mundo del trabajo es testigo preferente de esos problemas sociales, consecuencia de un sistema que genera “despojos” en aras de mayores beneficios económicos, consecuencia del conflicto social que no deja de evidenciarse entre el capital y el trabajo. Denunciar lo que está pasando en el mundo del trabajo debería ser imperativo para una Iglesia que no debe callar ante las injusticias del orden económico, del orden social. Porque si callamos como Iglesia seríamos cómplices de quienes se aprovechan de un adormecimiento generalizado, de un conformismo enfermizo o del miedo, para abusar y acaparar.

Con la mirada puesta en el 8 de marzo, me reafirmo en que son las mujeres las que sufren situaciones de mayor indefensión en sus empleos y las protagonistas de la reversión de esta situación.

Un placer entrar a colaborar en esta publicación, tan querida y hermana. Nos leemos. ¡Comienza la travesía!