Otoño es la época en la que, cuando éramos niños, comenzábamos las colecciones de cromos. Recuerdo, entre otras, las de la 1ª Guerra de las Galaxias, con Chewbacca y Han Solo. También había quien coleccionaba cromos de futbolistas, cosa que a mí ni me iba ni me venía. No recuerdo haber completado ningún álbum, ninguna colección. Pero durante unos meses íbamos con nuestras montañas de cromos repes y en el recreo intercambiábamos. Había todo un mercado negro en el que un cromo de los difíciles de encontrar, de los deseados, se cambiaba por 15 ó 20 de los abundantes. Había quien hacía concurso para tener el montón más grande y estaba el que alardeaba del dinero gastado.

Me ha venido este recuerdo a la cabeza porque el otro día, en una reunión con una veintena de chicos y chicas universitarios, de esos que ahora llamamos generación z y que vienen después de los millenials, al hacer ronda de presentaciones lo que me pareció es que ahora se lleva el coleccionar experiencias de voluntariado. Se habla de hacer un voluntariado como el que habla de hacer una tortilla de patatas. Es una experiencia por la que hay que pasar al menos una vez en tu vida, a ser posible en verano y en un país lejano. Se cuenta como el que cuenta un viaje, como quien hace una colección. Había una chica que nos explicaba que este año quería hacer algo con mujeres víctimas de trata y explotación, porque ya había estado con personas sin hogar, repartiendo café y bocadillos por la noche; había estado en Benín en verano ayudando a una cooperativa de mujeres que fabrican cremas de manteca de Karité; hace años había sido monitora de tiempo libre con niños y niñas; había dado clases de español a personas migradas… Poco menos venía a decir (esto es de mi cosecha, pero lo intuyo del contexto y del discurso) que la faltaba esta experiencia con mujeres explotadas sexualmente para completar el álbum de cromos del voluntariado.

Frivolizo, lo sé. Me he puesto un tanto cínico, lo sé. Lejos de mí criticar a esta chica, por otra parte mucho más activa, inquieta y comprometida que otras muchas personas de su generación, que ni siquiera se preocupan por saber el nombre del vecino que vive el en piso de abajo. Es una persona admirable que dedica su tiempo a los demás. Pero me dio qué pensar su espíritu de coleccionista de experiencias, compartido por muchas otras personas de su generación que, alentadas por los medios de comunicación, las redes sociales y en general por el contexto cultural y social en el que vivimos piensan que hay que vivir deprisa deprisa (como en la mítica película de Carlos Saura, salvando las distancias) haciendo chekins y obteniendo megustas en sus carnets de experiencias, acumulando sellos en sus pasaportes vitales lo más rápido posible, pero sin profundizar realmente en el sentido de las cosas que viven. Coleccionando voluntariados. No sé, quizás sea que veo cercana mi crisis de los 50… ¿Qué opináis?