Cuando los pueblos tienen hambre, cuando hay hogares que sufren miseria, cuando faltan hospitales y escuelas… Todo derroche público o privado se convierte en un escándalo intolerable. (Populorum Progressio 53).

El día que escribo esta escalera se ha conocido que la empresa Amazon ha ¡duplicado! su beneficio respecto del obtenido en el mismo periodo del año anterior, llegando a ganar la obscena, inabarcable, inimaginable cifra de 3.200 millones de € en el primer trimestre de 2018, que corresponden a la aún más escandalosa cifra de ventas por valor de 53.600 millones de euros. Si, leéis bien, pero por si acaso lo pongo en letra: cincuenta y tres mil seiscientos millones de euros. O con todas las cifras 53.600.000.000 ¿Está más claro así? Y esperad, que ahora lo multiplico por cuatro para tener un resultado anual: 214.400.000.000€. Eso supone que, siendo la población mundial de alrededor de 7.700 millones de personas, cada una nos hayamos gastado 27 € de media en alguna compra de Amazon. Pero esto es un tanto engañoso. En primer lugar porque los cálculos estadísticos siempre tienen truco: ya sabéis eso de que si yo me como un pollo y tú ninguno, de media nos hemos comido medio pollo cada uno. Efectivamente, de esos siete mil setecientos millones hay al menos un 10% según el Banco Mundial que vivirá con menos de un dólar (euro) al día y una de cada dos con menos de 5,50. Así que no todas las personas que habitamos este planeta nos hemos podido gastar 27€ en Amazon en un año. Una reciente noticia nos ilumina un poco más esto: los españoles compran una media de 11 veces al año en Amazon y gastan una media de 48€ por compra. Eso supone que solo España ya hace alrededor del 12% de las ventas de esta empresa. Mucho, ¿no? Pero es que además Amazon no solo gana con lo que vende. Hay una parte importante de lo que gana que lo hace vendiendo datos. Recientemente se ha sabido que ese simpático juguete que tenemos en casa, de nombre Alexa, y al que mandamos hacer todo tipo de cosas “Alexa pon la tele”; “Alexa pide a la tienda unos helados de turrón”; “Alexa cuál fue el numero ganador de la Once de ayer”… No es sino un espía por el que empleados de Amazon nos escuchan, nos identifican, saben dónde vivimos, cómo nos llamamos, en qué trabajamos, qué nos gusta, qué no… y se lo cuentan a las empresas para que nos propongan nuevos y mejores productos y servicios con los que aumentemos aún más esos euros de los que hablábamos más arriba.

El problema se agrava, pues si al menos parte de esos beneficios revertieran en el bien común a través de impuestos, todos felices. Pero ¿habéis visto alguna vez una factura de Amazon? ¿Sabéis realmente a quién pagáis? No es a una empresa con domicilio en España, no. A quien se paga realmente es a una de las filiales de la compañía radicadas en Luxemburgo, Irlanda o algún otro país con legislaciones fiscales que rayan en lo paradisiaco. Así que esa parte de los beneficios que irían a construir escuelas, hospitales y a pagar el sueldo de las personas que en ellos trabajan, sencillamente, desaparece.

El dia 1 de enero de 2019 mi familia y yo decidimos darnos de baja de los ficheros de Amazon. Nos comprometemos así a no volver a comprar nada ahí y usar las tiendas pequeñas amenazadas por este y otros gigantes; apoyar el comercio local que no embala cada producto en una caja diferente (otro día os contare mi visita a un centro de distribución de productos de Amazon y el derroche de plástico, cartón y energía que supone la trastienda de comprar en esta página web); relacionarnos con tenderos y tenderas de carne y hueso; no participar del fraude fiscal… En definitiva, un paso más para un consumo consciente, comprometido y transformador.