Tres pilares de credibilidad

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La credibilidad es una característica que hace referencia a la capacidad de ser creído. En algunas profesiones y actividades resulta un valor imprescindible; de lo contrario, su actividad se desvaloriza. El político que no tiene credibilidad no es votado, mientras que el periodista que no genera confianza, no influye en su público. Lo mismo pasa en las Iglesias cuando sus mensajes carecen de credibilidad porque las conductas de sus representantes no transmiten confianza. Solo por nuestros hechos nos conocerán.

Por sintetizarlo en titulares, tres cuestiones formarían el cuore donde nos estamos jugando hoy la credibilidad:

1.- La paz y la reconciliación. Lo que tan bien se “cocinó bajo la mesa” en la Conferencia de Paz promovida por Lokarri, que derivó en la inclusión del punto 3 referido a la reconciliación, debiera servir para que la institución católica asuma abiertamente la parte de liderazgo que le corresponde, aunque sea porque Jesucristo fue el mayor trabajador de la reconciliación. Y continúe en el intento -porque algo hubo, a finales del mandato socialista- de mediación del Vaticano en una pacificación integral que incluya el relato de lo ocurrido -memoria histórica- desde un magisterio pacificador que cure heridas y derribe muros de división.

La labor es ingente para avanzar en la reconciliación como la esencia del amor fraterno, que es lo que se le supone a un seguidor de Cristo con responsabilidades pastorales. Además de rezar, los obispos tienen mucho que decir y hacer por la paz, incluyendo a los obispos eméritos vascos que tanto saben de esto; mucho que hacer por los derechos de las víctimas, el perdón liberador y hasta la gestión acertada del conflicto entre identidades nacionales contrapuestas. Pero no parece que los esfuerzos en esta dirección fraterna se entiendan como esenciales en el cristianismo de muchos obispos.

2.- La situación económica. No había ocurrido jamás en la historia económica moderna, que tres grandes crisis confluyeran combinándose: financiera, energética y alimentaria. Cada una de ellas interactúa sobre las otras agravando exponencialmente la economía real. Pero la codicia de unos y el consumismo irresponsable de los demás tapan la crisis alimentaria y al Tercer Mundo solo se le mira ya en clave de materias primas. Y, frente al comportamiento de los mercados y sus consecuencias desastrosas, la Iglesia de Cristo no puede quedarse en declaraciones formales y esporádicas que puedan interpretarse como una ambigüedad calculada y poco creíble. Al menos no se comportan así muchos obispos de lugares de pobreza extrema con riesgo para sus vidas.

El décimo mandamiento se ha convertido en una tremenda maza que golpea la dignidad humana sin que aparentemente las autoridades eclesiásticas den muestras de que estamos involucrados hasta el tuétano como cristianos en la denuncia profética. La Iglesia toda, especialmente los obispos vascos, debe dar un paso al frente con el Evangelio en la mano, desde el modelo de los hechos de Jesús de Nazaret.

3.- Centrarse en las obras. Los católicos seguramente seremos quienes más obras solidarias tenemos en acción, bien estructuradas y con resultados en muchas personas heridas por la vida, a los que la Iglesia ofrece ayuda concreta en forma de miles de voluntarios y asociaciones con la mano tendida para paliar el sufrimiento. Una ayuda que trasciende, con mucho, el aspecto material y que resulta imprescindible hacer bandera católica con nuestras obras y mantenerlas incluso desde la apretura económica, siempre menor que la de quienes menos tienen y son los predilectos del Evangelio. Que nuestra Iglesia focalice su corazón en estas obras como el signo por el que queremos ser reconocidos para que más personas sientan el pálpito de tantos laicos y miembros de congregaciones que son un gran signo fraterno aunque no suficientemente visible. Este empeño por centrarnos en nuestra apuesta solidaria que, sin duda, atraería a más comprometidos con el amor solidario de Cristo.

Al menos en estos tres pilares los católicos precisamos con urgencia de una profunda renovación hacia actitudes más comprometidas y audaces en las que nuestros obispos deberían implicarse muy en serio a la manera de Jesús, por amor, mojándose por la reconciliación y denunciando sin ambages las estructuras injustas, al menos como lo hacen con el derecho a la vida del nasciturus. Nada es imposible excepto cuando pecamos por omisión. Pero, en cambio, no vemos riesgo de martirios, ni tampoco que el Evangelio se anteponga a la institución eclesial, cada vez más centrada en el derecho canónico, en los signos litúrgicos y los grandes acontecimientos de masas.

Dejemos a un lado la religión tranquilizadora e infantil que ha perdido la tensión del seguimiento de Cristo (J. A. Pagola) sin obviar nuestras responsabilidades. Que nos retumben las palabras que Pedro Miguel Lamet pone en boca de Jesús de Nazaret en la noche de Getsemaní: “¿Y qué hago yo aquí? ¿A qué he venido? He pasado haciendo el bien, devolviendo la salud y la vida, predicando palabras de salvación. ¿De qué sirve? Soy un puro fracaso, me van a dejar tirado incluso mis mejores amigos.”

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