Transmitir la fe en la muerte

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Ante todo quisiera daros las gracias por vuestra revista, ya que para mí es como una bocanada de aire fresco cuando la recibo mensualmente. Hoy quisiera compartir con vosotros una experiencia que puede servir a otros (como me está ocurriendo a mí) para consolidar la fe ante una realidad tan dura como es “la muerte de un ser querido”.

Tengo un amigo sacerdote que me decía hace poco que siempre tenemos la manía de enviar al fallecido “al quinto pino” refiriéndose a la Resurrección al final de los tiempos, lo cual no sirve de consuelo a la familia porque, un poco, nos pasa como a Tomás, que queremos sentir, tocar, ver… El momento de la muerte es la prueba más fuerte que se nos presenta y pone en jaque muchos de nuestros pensamientos y creencias, a pesar de que decimos en el Credo: “creo en la resurrección de los muertos”.

En esos momentos ¿cómo podemos transmitir esperanza, gozo, paz? Queremos sentir a nuestro padre, madre, amigo, hija, esposo. Necesitamos escucharlo, tocarlo. Por eso se nos han quedado pobres las palabras del ritual en los funerales. Bien es verdad que siempre se nos ha enseñado que “fe es creer en lo que no se ve” y, ahora, algunos pondrían en duda mi fe al hacer estos comentarios. Para mí, el concepto “fe” es “llegar a ver cosas que nos parecían imposibles”, y ahí está la experiencia de vivir aquellas palabra de San Pablo : “si no hay resurrección de muertos , Cristo no resucitó” porque, como dijo Jesús a Marta, ”Yo soy la Resurrección y la Vida, quien crea en mí no morirá jamás, ¿crees esto?”. Y en otro pasaje, de nuevo Pablo nos dice que el grano de trigo ha morir para dar fruto.

Por eso, mi experiencia desde hace mucho tiempo ha sido podemos seguir reconociendo la presencia de quienes mueren, como la de Jesús, a través de signos y señales. No se trata de otro cuerpo (reencarnación), sino de la presencia de su alma (que vive plenamente con el Señor) que se relaciona con nosotros, como manifestamos en la Comunión de los Santos. Una vez llegados a este punto os comento que durante este verano hemos tenido que vivir en mi comunidad el fallecimiento de varios amigos y familiares muy cercanos y lo que he visto y vivido os lo cuento.

Al final de cada funeral una amiga o una hija han sido capaces de hablar sobre su amiga, su padre, su madre, ante todos los asistentes, dando las gracias a Dios por la vida compartida con ellos, por los valores que les han transmitido, por el esfuerzo que han realizado durante su vida por ellas y, cómo no, por haberles transmitido una fe que hoy les hace poder proclamar “Creo en la resurrección, porque ellos seguirán a nuestro lado”. Decir con fuerza: “Sabemos que están con el Señor y, por eso, podemos sentirlos” como los discípulos de Emaús sintieron a Jesús, a través de signos cotidianos de su vida. Estos “funerales” (en los que también hemos expresado al Señor nuestra oración a través de cantos) no han dejado indiferente a nadie, para algunos estas mujeres estarán locas, otros reconocemos en ellas su profunda experiencia de fe y la fuerza del Espíritu para proclamarla con “gozo” en esos momentos. Evidentemente las emociones salen a través de muchas lágrimas de todos, pero es bueno y deseable poder expresar los sentimiento, ¿no?
Yo he sentido cómo pasó con Jesús, cuando murió las mujeres no le abandonaron y fueron los primeros testigos de su resurrección (a ellas tampoco las creyeron al principio). Y es que la mayoría de las mujeres tiene una sensibilidad especial para ver lo que otros no ven (o no quieren ver) . Hoy rompo una lanza a favor de ellas y pediría a nuestra Iglesia que sepa escuchar su profunda fe y valorarlas como Jesús: discípulos y discípulas, con nombres y apellidos (Vitoti, Mercedes, Charo, Inma), para que algún día cercano sean reconocidas en igualdad con el hombre. Doy gracias al Señor por vivir estas experiencias en una “comunidad de iguales”.

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