Sobre la familia tradicional

El pasado 28 de diciembre, festividad de la Sagrada Familia para la Iglesia de Roma, miles de españoles, en un acto más pastoral y litúrgico que político, se congregaron en Madrid para reivindicar a la familia cristiana ya que, a su juicio, es en ella donde se juega la verdad y el futuro de la sociedad. Afortunadamente, el tono empleado por los jerarcas católicos en defensa de la familia tradicional fue bastante menos beligerante ante el Gobierno y la propia sociedad española que otras veces, si bien de fondo con un contenido muy similar al del año pasado, siempre en la defensa de su propio modelo de matrimonio, al que añadirían el problema del aborto y otros más de actualidad. No cabe duda de que las formas se han moderado, pero subyace algo de la intolerancia e hipocresía de otros tiempos. Parece como si, en este diciembre de 2008, no se hubiese querido molestar a nadie, al manifestar que la familia supone el centro de la sociedad, considerando al matrimonio entre hombre y mujer como el único válido para ellos. Los demás mitrados españoles que acudieron en la mañana de ese día a la plaza de Colón, por cierto mucho menos numerosos que en el 2007, ven las fuertes amenazas que hoy en día sufre la familia tradicional pero, a mi entender, ignoraron también, al igual que otros prelados que se quedaron en sus diócesis, que lo propuesto por la legislación española va más allá y es muy diferente a cuanto ellos proponen para todos los españoles, católicos o no. Olvidan que la familia ha evolucionado mucho, habiendo ido mucho más allá de su concepto de la unión religiosa entre un hombre y una mujer. Es una institución social, ya sea de familias nucleares o no, que sirve para conectar a los individuos con la sociedad, estando, por tanto, como ésta en constante evolución y adaptación a los tiempos que corren. Afortunadamente, no existe para nuestro país un modelo único, sino que se dan otros tipos de familias que las consideradas por los jerarcas de la Iglesia universal, como bien podrían ser las reestructuradas, monoparentales o cuantas otras son formadas por personas de un mismo sexo, que por fortuna son igual de válidas que la propuesta en la celebración por parte de monseñor Rouco Varela y demás representantes del fundamentalismo católico. Porque la definición que ellos mismos nos proponen del matrimonio, como unión entre un hombre y una mujer, ya saben ellos de sobra que no es universalmente válida. Conocen bien que existen numerosas legislaciones que aceptan el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero que también las hay que aceptan otros tipos de uniones que son plurales, las parejas de hecho, los matrimonios civiles, etcétera.
Fuera de las sociedades industriales, el matrimonio suele ser considerado más como una alianza de grupos que de individuos. Nosotros, sin embargo, siempre pensamos más en el matrimonio como una cuestión individual nuestra, basada en la vinculación del amor romántico de dos individuos y también, cómo no, en el matrimonio con la finalidad reproductiva y de conformación de una familia. Pero sabemos que es una institución con roles y funciones que va mucho más allá de la mera reproducción de la especie, tal y como viene siendo planteada por algunos. Por ello, habría que recordarles en estos momentos que ninguna definición del matrimonio es lo suficientemente válida y amplia como para ser aplicable a todas las sociedades. En las no industriales, por ejemplo, aunque suele darse también el amor romántico, que simboliza la unión individual de las personas, el matrimonio por su parte es una cuestión más del grupo de filiación, ya que las personas no solamente asumen obligaciones para con el esposo o la esposa, sino también para con toda una gran parentela de tipo político.
Podríamos continuar dando argumentos en pro o en contra de la familia que se nos propone, pero no deseo hacerlo ahora, tan solo recordarles a los obispos españoles que no creo que el mañana de los hijos solamente pueda y deba manifestarse en un único modelo de familia, ya que, como bien conocen ellos mismos, existen otros numerosos tipos de apareamientos. La familia tradicional que nos proponen ahora, ni mucho menos la compartimos todos ni tampoco es la única forma de organizar la vida domestica, no existiendo en el mundo prácticas más naturales que otras. Hoy en día es complicado especificar la esencia mental o conductual en relación a la práctica marital o de la familia como para que ahora se nos pretenda llevar a una única definición válida para ambas. De cualquier forma, ya me hubiese gustado a mí ver también a muchos de estos jerarcas concentrarse, cuando a multitud de familias del mundo se las exterminaba por el hambre, la enfermedad o bien la guerra. Además, les recuerdo a cuantos en Madrid se congregaron que no sólo ellos desean preservar a la familia, los demás también lo queremos, aunque no siempre compartamos el mismo modelo.

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