Sacerdocio, no ¡Por favor!

Este comentario me lo ha sugerido la editorial de Dic. 2009: “Todos somos sacerdotes”. Creo que estamos diciendo lo mismo, pero con palabras distintas. Lo que ocurre es que las palabras no son neutrales. Contienen una carga semántica que puede jugarnos malas pasadas. “Sacerdocio” alude a un ámbito de lo sagrado que ya chirría en una sociedad laica. También se refiere a un poder de intermediación entre la divinidad y la comunidad humana. Por si fuera poco, arrastramos una historia secular de poder sacerdotal totalitario, exclusivo y excluyente, porque se considera único depositario de unos pretendidos poderes divinos. ¡Demasiado para el cuerpo!

Vamos a tomarnos en serio el hecho de que Jesús no fue sacerdote ni se movió por los ámbitos del sacerdocio oficial de su propia religión. Y vamos a tomarnos en serio también que el Nuevo Testamento nunca califica como “sacerdocio” al ministerio cristiano. Insisto en que las palabras no son neutrales. Por eso, recuperemos ese vocabulario común que empleamos en la vida corriente: responsables, servidoras y servidores, supervisores, encargadas o encargados, … Todo ese conjunto de tareas que existen en cualquier sociedad o grupo organizado.

En nuestro caso, nos referimos a una comunidad eclesial que es fraternidad democrática o democracia fraterna. Liderazgos compartidos, puesta en común de nuestro capital humano (¡también el económico, ojo!), donde todas y todos damos y recibimos, aportamos lo que tenemos y nos enriquecemos con la aportación de cada miembro. No necesitamos permisos ni “ordenaciones” para ejercer estas tareas. La comunidad se organiza hacia dentro en función de sus necesidades y de sus recursos. Y hacia fuera se siente interpelada por el reto de construir una sociedad alternativa.

Siempre nos acompañará la tentación del poder. Ya la vivió el propio Jesús entre los miembros de su grupo. Y su respuesta sigue ahí, interpelante e inapelable: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y que los grandes les imponen su autoridad” (Mt 20,25). Lucas añade con fina ironía que encima “se hacen llamar bienhechores” (22,25). Pero Jesús reacciona ante esta constatación: “No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande sea servidor vuestro, y el que quiera ser primero sea siervo vuestro” (Mt 20,26-27).

Por todas estas connotaciones semánticas e históricas, ¡sacerdocio no, por favor!

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