No todo se viene abajo

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Del nº 272 de noviembre, me han impresionado los tres artículos recogidos en las páginas 3, 4 y 5 con el tema general de la crisis. En mi deseo de compartir con los lectores mis reflexiones, os envío estas consideraciones.

A estas alturas del proceso de la crisis que vivimos, a todos nos ha hecho reflexionar en una doble perspectiva: en la personal, la que estamos sintiendo en propia carne o en la cercana, y en la que nos ofrece a diario la prensa del área capitalista clásica, donde se originó la crisis. Y en ambas perspectivas con la misma pregunta de: y yo ¿qué? Y, ciertamente, ¿qué tengo yo que ver en todo esto? Pues mucho; y antes que nada, vemos nuestra inseguridad más completa y nuestra impotencia; de muy poco sirve nuestra decisión personal. Ampliando la mirada, vemos un poco más claro lo que significa el fenómeno de la “globalización” liberal-capitalista en su cara más fea: se ha reducido nuestro tamaño. Poco antes de la crisis vivimos con optimismo el modo rapidísimo con que la tecnología rompía las distancias y acercaba personas, mercancías y sobre todo los flujos financieros especulativos, siempre privilegiados. A los más ingenuos les parecía que llegaban los tiempos de Isaías (Is. 11), “la aldea global”, como se empezaba a llamar, la edad dorada, que vislumbraba un paraíso en el horizonte. ¡Espejismos! No hay tal paraíso, decimos ahora.

En su momento (s. XVIII) el capitalismo había creado una confianza grande en la mecánica del funcionamiento económico: levantad toda carga impuesta por el Estado y el reglamentarismo de los gremios, a los creadores de la riqueza, y la prosperidad de los países se pondrá de manifiesto. Porque la naturaleza dispone de una “mano invisible” que regula por sí misma el equilibrio en la libre concurrencia de intereses. Sus teóricos se lanzaron a desligar los negocios de la contención moral reinante, siguiendo los pasos de lo que hizo Maquiavelo con la política, y a estudiar el funcionamiento de la oferta y la demanda sin trabas externas. Y se sentían seguros de que la naturaleza seguiría manifestando los desajustes y la razón, descubriendo las leyes que rigen estos intereses encontrados. Mientras tanto, la burguesía, liberada de estas cargas y apoyada en estos instrumentos, se lanzó de seguida a aplicarlos en sus negocios en una carrera loca, respondiendo al “enriqueceos, malditos” del “laisser faire le temps”. La mecánica del proceso aseguraba un enriquecimiento rápido: el comercio y la explotación de la mano de obra abundante junto con la innovación técnica (la máquina) y la organización jugaban a su favor. Pero exigía también audacia (mano dura) para afrontar riesgos, quiebras, tensiones sociales, crisis…, ¡gajes del mercado! Era cuestión de medir bien esos riesgos para sacar el máximo provecho, aún en situaciones malas. Sin embargo, sólo los emprendedores fuertes y los que deseaban serlo de verdad, lograban el éxito. Por tanto, que la política se mantenga al margen, porque la moral egoísta e hipócrita de los políticos ha sido la causante del despilfarro de la riqueza de los pueblos, provocando su empobrecimiento. El mercado libre promete con seguridad volver a generar la “riqueza de las naciones” y en su ejercicio, primando siempre al capital, la burguesía se convierte en la clase opulenta frente a la miseria de la clase trabajadora.

Con estas muletas, el mercado-capitalista hace sus intentos de asomarse una y otra vez, más allá de sus líneas rojas y seguridades, porque percibió con claridad que sin el cambio y la renovación no hay ganancia y es necesario arriesgarse. Y con las mismas muletas, trata de superar las consecuencias adversas que producen sus ensayos de aprendiz de brujo. De este modo, fue orientando sus finalidades más altas en incrementar sin límites sus ganancias (riqueza) y en hacer ostentación de sus éxitos. La lucha de los hambrientos (sindicatos), consiguió que el capital afinara sus formas, pero no que variara sus principios ni sus fines. Así es como el sistema avanzó y consolidó la confianza en sí mismo, de tal modo que llegó a soñar con ampliar su poder al infinito y devorar cualquier otra alternativa que pudiera surgir (el socialismo utópico). En ese trabajo se hallaba la potente burguesía al iniciarse el s. XX, con un proceso colonial estatal ya asentado que le facilitaba generar nueva riqueza a costa de la explotación de nuevos espacios (el Far West, la Pampa, Australia, India, el este de Rusia, Canadá, Africa…). La terrible gran guerra primera hizo incrementar la sensibilidad social en toda Europa y crear un desafío alternativo serio en su parte este (la revolución rusa). Todo esto, en medio de una gran inestabilidad general que se concretó en la Gran Depresión del 29, en las dictaduras fascistas (capitalismo de Estado) y en la “Dictadura del Proletariado”, esperanza de una alternativa. La segunda gran guerra y la llamada “guerra fría” supuso el juego definitivo al “todo o nada” que trajo el derrumbe de la alternativa social. El sistema resistió y ganó: se quedó sin competidor aparente. Pero, en este caso, a costa de una enorme miseria que amenazaba hundir la relación producción-consumo y con ella, a todo el sistema. No había disyuntiva: o se protegía la capacidad de consumo o la clase opulenta “moría de éxito”. No tuvo más remedio que ceder a una nueva orientación: la “economía del bienestar”. El Estado intervino contrariando la filosofía liberal del mercado, para proteger al débil y garantizar unos mínimos de bienestar para todos.

Tampoco entonces se vino todo abajo, como siempre; muy al contrario, se consolidó el sistema, porque el capitalismo fue creando sus propias defensas, ahora frente a los estados fuertes, administradores de la riqueza pública. Se trataba de arrancárselas mediante la especulación de sus debilidades: la deuda pública y su régimen de intereses. Sus instrumentos poderosos y activos fueron las “agencias de cualificación y valoración de las finanzas de los Estados”, que quitan y ponen valor a la garantía del Estado. Con este y otros mecanismos, el capital tiene controlado el mundo económico desde arriba, al más alto nivel: no hay quien le resista. Por otra parte, el sistema de “economía del bienestar” le fue muy rentable: estimuló el gran consumo mediante créditos fáciles, hipotecas a largo plazo, planes de ahorro o de jubilación que incorporaban los pequeños ahorros a la masa de capital controlado por el sistema. Y el Capitalismo se expande arriesgando el capital ajeno a una lucha competitiva sin cuartel, mediante una innovación tecnológica vertiginosa, el desafío de los precios, la especulación, el vaivén de los capitales sin fronteras y la migración industrial.

Por sí mismo, el capitalismo no se viene abajo. La sociedad opulenta será siempre minoritaria y expulsará de su círculo a los más débiles; no admite la democracia interna. El flujo de nuevas crisis siempre pilla de nuevos a los recién llegados, empujando a los más a desplazarse otra vez a la clase trabajadora hambrienta, mientras observan cómo su capital es devorado por el gran capital. El disfrute de la opulencia les ha dejado la mente preparada para intentarlo a la primera oportunidad: son hombres duros definitivamente incorporados a la cultura de la opulencia y no dudarán en emplear los medios aprendidos para recuperar lo perdido. A partir de ahí, todos nos hallamos infectados del virus capitalista: nadie quiere ser pobre y se engancha al “carro de heno” del capitalismo. Ya no tenemos escapatoria: el sistema también somos nosotros y no consentiremos que se venga abajo. Cualquier sacrificio será aceptado con la esperanza de disfrutar de la “manzana” ya probada.

Y sin embargo, hay quien dice que “otro mundo es posible” y ese mismo agrega un “si lo hacemos posible…”. He aquí otro secreto: con el sentimiento, la compasión, la buena voluntad, el altruísmo, el voluntariado de ocasión, ya no es suficiente para hacer posible otro mundo. Se requiere más; ¿cuánto más? Éste es el mensaje de mi reflexión.

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