«Me gustaría una Iglesia pobre para pobres»

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En una de sus primeras declaraciones, el nuevo papa Francisco ha dicho: «me gustaría una Iglesia pobre para los pobres». Reconociendo que la Iglesia católica, desde Constantino hasta ahora, ha sido la iglesia rica: por, y para los ricos y poderosos, utilizando a los pobres como instrumento de su limosna.

Los pobres, que integramos la Iglesia pobre aquí en Mallorca, le decimos al papa de Roma, al clero de la Iglesia rica católica y a la Iglesia rica protestante, que tienen las puertas abiertas para entrar a formar parte de ella. No se necesita ningún milagro para ello, solo se necesita vivir a Cristo en uno mismo. Y como Jesús le dijo al joven rico: «Si quieres seguirme, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres». Esperemos que este papa sea coherente con sus palabras y «no se aleje, triste» como el joven rico, «porque tenía amor a sus muchas riquezas».

Desde todos los altares nos dicen que Dios nos ama, pero quienes lo predican bendicen a los católicos, que se hacen ricos a costa del trabajo de los católicos pobres, dividiendo a la sociedad en ricos y pobres. En países de nuestro entorno, la crisis solo es un ejemplo más de como la curia vaticana permite que una elite de ricos católicos y de otras confesiones les arrebaten a los pobres lo poco que tenían, especulando con su trabajo y sus derechos. En países empobrecidos, donde los pobres son asesinados en guerras creadas, en hambres planificadas, en enfermedades no rentables, por grupos financieros y multinacionales que embriagan a sus accionistas con el ruido de la rentabilidad económica y los bailes de cifras y en el éxtasis del beneficio, no se preguntan ¿de dónde viene el hedor de sangre y miseria que empapa sus trajes? No vuelan sobre sus cabezas la amenaza de la excomunión o la reprobación pública por el papa ante tanto crimen, del que participa la banca vaticana y, por ende, su curia, que calla ante la masacre, como en su día calló ante la masacre de los campos de exterminio nazi.

Hoy puede ser el punto de inflexión. Hoy el Vaticano puede empezar a vivir un autentico cristianismo. La cabeza visible de ese cristianismo no es un hombre, no es un intermediario a sueldo, no es el papa: es Cristo, que mora en los corazones de todos los hombres que lo quieran escuchar. Sobran templos y catedrales, ritos y dogmas, pompa y boato. Pero falta la justicia de Dios, que nos hace a todos los hombres iguales, no explotados o explotadores.

Nosotros, la Iglesia pobre lo resumimos sencillamente: la Iglesia verdadera en cada casa obrera y Cristo en el corazón. Trabajar para comer y no para enriquecerse. Ser buenos, pero no tontos. Sin ningún vínculo con organizaciones religiosas compuestas de ricos y pobres. Cada obrero, cada trabajador es una ONG en sí mismo pues, gracias a su trabajo, se crea la riqueza, para que no le falte de nada a nadie. Es la moral de todas las organizaciones religiosas, la que luego, con la riqueza creada por los obreros, consiente un reparto desigual de la riqueza, generando miseria y sufrimiento. Por eso es importante que los pobres colaboremos en la evangelización de quienes dirigen la Iglesia rica, dándonos de baja por escrito de la Iglesia donde nos bautizaron.

El papa y todo el clero mayor de edad, que se jubile y los jóvenes, que trabajen y luego, si quieren, que prediquen. Y, como el apóstol Pablo, podrán decir: «Estas manos siempre me han servido para trabajar, para no ser una carga para nadie». Es hora de que la institución eclesiástica deje de ser una carga para el resto de mortales. Si amas al prójimo como a ti mismo no te enriqueces a su costa.

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