El derecho al voto

En las últimas elecciones más del 30% de los españoles con derecho al voto no lo hicieron. En buena parte, por considerar, que gracias a la especulación sobre el trabajo, la Constitución y sus leyes son un cómic de ciencia ficción, contribuyendo a que los ricos se hagan más ricos, a costa de los obreros.

Estos días, tras el terremoto en Lorca, los políticos se han apresurado a prometer que no escatimarán en medios para restituir las viviendas, a los 6.000 afectados. Mientras, se da la espalda a los más de 300.000 desahuciados de sus pisos por la crisis financiera: sin casa y con deuda hipotecaria.

Desengañados de la legislación que permite que, si por orden de embargo del banco, le desahucian de su domicilio por falta de pago y le dejan en la calle: no solo no podrá solicitar los servicios de la policía, amparándose en su derecho a una vivienda digna, para que pueda ocupar de nuevo la casa, sino que será la propia policía quien ejecute la orden de desalojo.

Al igual que si le despiden de una empresa con beneficios (como los 20.000 de telefónica) y se queda sin trabajo y acude a una comisaría de policía para que le restituyan su puesto de trabajo, blandiendo la Constitución Española donde dice que “todo español tiene derecho a un trabajo”. Pensarán ¡qué ingenuo!

Ahora bien, la cosa cambia completamente, si usted, el día de las elecciones, va a votar y alguien se lo impide. Inmediatamente acudirían varias dotaciones de policía para detener al saboteador y protegerle a usted, para que pueda ejercer su derecho al voto.
Es decir, que los pobres, al legislador, solo le interesamos el día de ir a votar. La ley nos ampara en el derecho de votar a los partidos políticos, pero no en los derechos que estos promulgan. La ley nos convierte, un día cada cuatro años, en ciudadanos. El resto del año somos siervos de los políticos, sin conciencia. No olvidemos que el súbdito asiente, el ciudadano en verdadera democracia decide.
El calificativo de ciudadano hay que ganárselo adquiriendo poder para decidir, no acatando órdenes y cumpliendo leyes de las que no participamos.

Somos un número de identidad sin identidad, que paga impuestos y trabaja para una élite con un coste y gasto infinito. Jugamos un papel de esclavo imbécil que se traga la jerga de economistas y políticos. Es decir, en esta farsa de democracia, nos dan la oportunidad de elegir a nuestros dueños, para explotarnos durante los próximos cuatro años.
Recibimos un adoctrinamiento que nos autoincapacita para que cada uno participemos de la política, que seamos responsables de nosotros mismos y no dejemos en manos de extraños el destino de nuestras vidas. Exigimos una democracia participativa porque, al igual que los dictadores, nuestros políticos no tienen confianza en su pueblo; de lo contrario, dejarían la responsabilidad del gobierno en sus manos. ¿Acaso no es la democracia el poder del pueblo? Pues el día de las elecciones, la abstención es el acto más democrático, pues contribuye a no dar el poder a quienes no nos dejan participar del gobierno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *