Al Presidente de la CEE

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El concepto de familia que defiende hasta con los dientes el Sr. Rouco Varela es ancestral y lo comparto. Releyendo la historia de Abraham, familia formada por él y Sarai, estéril. Ante este problema de sucesión o procreación, deciden ambos que posea a la esclava egipcia Agar, con la que tiene un hijo, llamado Ismael. A partir de ahí, Sarai cambió su nombre por Sara y, aun siendo muy mayores, concibió un hijo, llamado Isaac.

Digo esto porque la historia nos presenta situaciones donde hay que tomar decisiones serias y no, por eso, son erróneas, como la que tomaron Abraham y Sarai. Hay que mirar para adelante para que no nos pase lo de Lot.

Creer que existe un solo y único modelo de familia, para mí, es un error. Es como echarle en cara al Padre Dios que se equivoca al permitir que nazcan personas con cromosomas débiles y, por lo tanto, con tendencias diferentes. A éstos, la Iglesia que usted representa jamás les ha defendido, nunca les ha dado pautas o normas para darle sentido posible a sus vidas. Ha permitido persecuciones, malos tratos, cárcel. ¿Dónde ha estado su Iglesia durante el “vía crucis” de estas vidas, que también tenían y tienen derecho a vivirlas con dignidad y libertad como los demás?

Estar con los bien paridos, con la élite, es fácil y hasta cómodo, pero, desarraigado de las personas con problemas biológicos, no tiene usted derecho a defender la vida, de una forma abstracta, sin ser experto y sin escuchar a los expertos, a quienes ningunea, ridiculiza o aparta.

Me hubiera gustado tener de presidente de la Conferencia Episcopal Española, ahora, al mejor de los cardenales que ha tenido España, humano e inteligente, que actuaba mirando el Evangelio y no al Vaticano. Estoy recordando a aquel hombre valiente y seguidor de Jesús, ni más ni menos que a don Vicente Enrique y Tarancón.
Estos problemas los habría tratado, primero, con auténticos expertos, después los habría sometido a un riguroso análisis y, al final, los habría expuesto con ternura y entrañas de misericordia. Habría convencido más que usted y, sobre todo, no habría hecho una “guerra” con este tema tan delicado.

Siento pena porque la sociedad civil está ofreciendo, ante este tema, más soluciones viables que la Iglesia que usted representa.
Y, sin ánimo de ofender, sino todo lo contrario, con el de ofrecer salidas, me despido atentamente, orando al Padre Dios, para que les ilumine mejor.

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