A los mineros asturianos

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Querido amigo minero,

Primero, pedirte perdón por este trato de proximidad afectiva, pues no me considero con ningún derecho. Aunque sería para mí un honor el poder llamarte amigo. Tengo mucho respeto a tu forma de vida, muy distinta a la que me tocó a mí o escogí con ilusión en mi trabajo sacerdotal.

Es verdad que, afectivamente, siempre he querido estar cerca de tu mundo. Y aunque, por destino de la misma vida o decisión propia, cambiara de forma y trabajo, quedó en mí muy marcado ese mundo tuyo.

Traté con ilusión de estar junto a vosotros y percibí la dureza de vuestro esfuerzo, a la par que la ilusión y la entrega. El detalle de tratarse de un pueblo, Ciñera, el más poblado de la cuenca minera de León, con familias jóvenes, poblado de niños, me reportó alegría y mucha ilusión. Recuerdo cientos de bautizos o primeras comuniones.

Tuve la oportunidad y la buena suerte, que agradezco mucho, de acercarme un poco a la mina y conocí lo suficiente para ver vuestro trabajo -pienso que el más duro- y lo que arriesgabais por vuestra entrega y tesón con la imagen de vuestros hijos y familia en vuestra mente.

Digo que el trabajo más duro por el riesgo y la amenaza de esa fatal enfermedad minera, la silicosis, con recuerdos imborrables de amigos que la soportaban. De mi relación social con amigos y familias no tengo más que buenos recuerdos y atenciones que no supe corresponder.

Entonces, estos días (y es el motivo de mi carta) de vuestra lucha reivindicando vuestros derechos, me han golpeado el corazón y he visto las calles de un pueblo querido, Ciñera, agitadas y conmocionadas. De veras que no quiero aquí recurrir a la nostalgia de tantos años entre vosotros.

Sinceramente quiero reconocer vuestro derecho a buscar un poco más de luz dentro de la oscuridad del trabajo en las entrañas de la tierra y votar porque vuestro esfuerzo dé su merecido fruto.

Con afecto.

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