¿Tienen católicos y ortodoxos la misma visión del primado?

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La cuestión del primado y de cómo ejercerlo constituye hoy el principal obstáculo para la unidad de las Iglesias católica y ortodoxa. Estas diferencias tienen que ver a la vez con la naturaleza y con la historia de la Iglesia. Para la ortodoxia, todas las Iglesias locales se consideran situadas en el mismo plano de igualdad. “Allí donde está el obispo, allí está la Iglesia”, escribió San Ignacio de Antioquía, explicando que todos los obispos tienen los mismos poderes, cualesquiera que sean sus títulos o la antigüedad de su sede. Para los católicos, por el contrario, la fuente de unidad es la comunión con el papa.

Las Iglesias ortodoxas aceptaron siempre la primacía universal de la sede de Roma, capital del imperio y lugar de martirio de Pedro y Pablo. Esta primacía confiere, sobre todo al papa, la posibilidad de convocar concilios y la capacidad de arbitrar en caso de conflictos.

Pero, a partir de la ruptura progresiva entre Oriente y Occidente desde el siglo V, el papado vivió un desarrollo histórico propio: de San Gregorio Magno (590-614) a la proclamación del dogma de la infalibilidad (1870). Así, el poder atribuido al papa de pronunciar ex-cathedra declaraciones doctrinales es totalmente inconcebible desde la óptica de la tradición conciliar ortodoxa. No es el papa de Roma lo que molesta a los ortodoxos, sino la existencia de todo un sistema institucional y administrativo –la curia- que controla a partir de un centro todas las periferias.

Los debates actuales no tratan, pues, sobre la noción del primado, sino sobre el modo de ejercerlo. En 2000, Juan Pablo II abrió una puerta con la encíclia Ut unum sint (“Que sean una”). Francisco, haciéndose llamar “obispo de Roma” desde su elección y promoviendo una amplia reflexión sobre la colegialidad en la Iglesia católica, va mucho más lejos que todos sus predecesores. De hecho, se está mostrando en perfecta consonancia con la eclesiología ortodoxa, que concibe el primado como una “presidencia en la caridad”.

¿Y qué hacemos con la historia? ¿Cómo integrar en una comunión futura los siglos que cada Iglesia ha pasado separada? La católica –históricamente marcada por la hipercentralización- no se va a hacer ortodoxa, ni la Iglesia ortodoxa –que corre un riesgo perpetuo de estallido- se va a someter a un papado “light” cuando, en su propio seno, Moscú y Constantinopla se enfrentan por la jurisdicción de una ortodoxia de amplitud hoy planetaria.

Por eso, el papa Francisco invita a todos los cristianos a plantearnos la cuestión: ¿qué significa la comunión desde el punto de vista de la tradición apostólica? ¿Cómo vivir en el tercer milenio para acabar con el escándalo de la división y proponer al mundo un testimonio verdadero de salvación?

Francisco y Bartolomé prefieren comenzar por los cimientos, sin otra condición que la profesión de fe común y la constatación de que hoy la unidad de los cristianos se está mostrando en el martirio, de la misma manera que cuando el cristianismo vio la luz.

*Publicado en La Croix. Traducción L.F.M.

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