Las iglesias de Europa se unen en torno a los inmigrantes

cantarentierraextrana-4.jpgMás allá de las fronteras confesionales, la preocupación por los inmigrantes se ha convertido en una prioridad para los cristianos de Europa. Tanto es así que la Conferencia de Iglesias Europeas (KEK) –la mayor organización ecuménica del continente, que agrupa a 124 confesiones protestantes, anglicanas, ortodoxas y armenias, además de una cuarentena de organizaciones religiosas- ha consagrado este 2010 como “Año Europeo de las Iglesias para la migración”, y lo dedicará a promover los derechos de los inmigrantes y a hacer visible el compromiso de las Iglesias para con ellos.

El propósito de trabajar por y para los inmigrantes es firme y duradero. El pasado julio, la asamblea que celebró el 50 aniversario de la creación de la Conferencia, decidió establecer el apoyo a la inmigración como el tercer pilar del organismo, junto a la relación con las instituciones europeas y el diálogo teológico entre las Iglesias. La asamblea también aprobó la integración en su seno de la Comisión de Iglesias para los Migrantes en Europa (CIME), lo que, en palabras de su secretaria general, Doris Peschke, “dará mucho más peso al compromiso eclesial con los inmigrantes, que son el testimonio del mundo global en que vivimos”.

La prioridad de este año es, para el metropolita Enmanuel Adamakis, cretense, ortodoxo, representante del patriarca de Constantinopla en Francia y recién elegido presidente de la KEK, “garantizar la acogida que debemos a estas personas”. A su juicio, “en este reto se espera la actuación de las iglesias cristianas. Y la Conferencia, gracias a su esencia plural y dialogante, tiene un carisma considerable para asumir la diversidad de las comunidades migrantes y hacerla vivir”.

Desde luego, trabajo no les va faltar. La CIME ha constatado una gran degradación de las condiciones de acogida en nuestro continente en los últimos meses: “Estamos en un momento crucial; Europa tiene que reequilibrar a favor de los migrantes y los demandantes de asilo”, clama Peschke. La caída del número de éstos últimos es, precisamente, una de las señales de la Europa “fortaleza” que estamos construyendo: “Cada vez es más difícil alcanzar el suelo europeo, condición necesaria para presentar una demanda. Hoy hay menos demandantes en los 27 países de la UE que sólo en Alemania hace diez años. Debemos ir hasta el fondo de la cuestión y no limitar nuestras relaciones con los migrantes al servicio social”. Conviene recordar que muchos de los miembros de las comunidades protestantes y ortodoxas europeas proceden de la inmigración, por lo que se muestran particularmente sensibles a las condiciones de acogida, sobre todo de los demandantes de asilo.

Con buen juicio, el patriarca Enmanuel considera esencial, “una palabra común de todos los cristianos” en este asunto. En realidad, esto es un llamamiento a la iglesia ortodoxa rusa, alejada desde hace pocos años de la KEK y, sobre todo, a la iglesia católica, que nunca ha querido formar parte de la organización ecuménica. Sin embargo, Evangelio obliga, en esta ocasión se ha adherido a la iniciativa a través del grupo Migrations, integrado por Caritas europa, la CIME, la iglesia protestante alemana y el Servicio Jesuita para los Refugiados.

La tarea de todos ellos se centrará en un asunto concreto cada mes de este año: unidad en la diversidad (enero); reconocimiento de los sin papeles (febrero); lucha contra el racismo y la discriminación (marzo); ciudadanía en la casa de Dios (abril); celebración de la diversidad (mayo); protección de los refugiados (junio); desplazamientos medioambientales (septiembre); lucha contra la esclavitud y el tráfico de seres humanos (octubre); acogida al extranjero (noviembre) y respeto de los derechos de los migrantes (diciembre).

Además, las confesiones cristianas europeas están comenzando a apreciar la magnitud de las transformaciones provocadas por la mundialización en el tejido eclesial. La creciente diversidad cultural y confesional plantea cuestiones inéditas a las comunidades. Y las iglesias minoritarias son las que más sufren los efectos. “Cuando llegan nuevas personas a una ciudad donde no existe su iglesia, ¿se les aconseja que cambien de confesión o se les envía a practicar su culto a kilómetros de distancia con el riesgo de que se desintegren los lazos con su comunidad?”, plantea Doris Peschke. Del lado del país de origen ocurre algo similar, como explica un obispo luterano ruso: “En los últimos años, hemos perdido el 50 por ciento de nuestros miembros, y no sabemos cómo pueden mantener la práctica de su fe en el extranjero”.

Por su parte, las comunidades cristianas de inmigrantes, numerosas y dispersas, tienen sus propios retos. “Suelen alquilar los locales de las iglesias locales para sus oficios religiosos, pero sin tener contacto con los cristianos del lugar”, se puede leer en la web que la KEK ha creado con ocasión de este año (http://migration.ceceurope.org).

Pero, ¿cómo conseguir una cierta unidad en un paisaje eclesial cada vez más fragmentado? Éste será, para el organismo ecuménico, uno de los grandes desafíos de los próximos tiempos. “La proliferación de iglesias de emigrantes no facilita las cosas”, reconoce en la misma web June Becks, responsable de una asociación de iglesias de inmigrantes en Holanda. “Estamos divididos no sólo entre denominaciones varias, sino también en los planos cultural y étnicos. Lo único que tenemos en común –aparte de la fe- es ser extranjeros. Y esto no supone de por sí una identidad común…”.

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