La fascinación del Dalai-Lama (y 2)

dalai.jpgHay que empezar confesándolo. El Dalai-lama, jefe espiritual tibetano, está dotado de un aura innegable. Este hombrecillo de 74 años y ojos miopes, al que sus adeptos llaman todavía “Océano de sabiduría” y que es, según la tradición budista, un maestro reencarnado para despertar al mundo a la compasión, lleva años recorriendo el planeta dando charlas, visitando a líderes políticos y recogiendo premios. A estas alturas, domina la escena como pocos y sabe cómo arrastrar a las masas respondiendo al anhelo latente de espiritualidad que existe en la sociedad occidental.

Pero, ¿qué es lo que ofrece en realidad? Pues todo y nada. “No esperéis milagros. Sólo vengo para compartir una experiencia como ser humano. Porque desde que nos llamamos judíos, musulmanes, cristianos o budistas hemos creado inútiles barreras”. Con frases como éstas suele comenzar sus intervenciones, que acompaña con una gestualidad suave, pero siempre activa, una voz hipnótica y frecuentes risotadas cómplices. Sus actuaciones son de manual: cercanía, naturalidad, simpatía, buen humor. Y, sobre todo, palabras simples.
Podría parecer que, así, lo que dice el dalai es menos importante que lo que las gentes oyen. Pero bajo la aparente simplicidad del discurso aparece toda la potencia de su filosofía: una universalidad que trasciende el ser humano, escapa a lo maravilloso, a los dogmas y a los ritos para situarse en el campo de una experiencia palpable, cotidiana, mensurable. Sin reglas estrictas y sin límite de contenidos.

El dalai habla de todo: de la economía, de la mundialización, de la pareja, de la angustia de los empresarios y los trabajadores en tiempos de crisis, del futuro del mundo o de las cuatro Verdades Nobles del budismo. Premio Nobel de la Paz, no duda en opinar de estrategia, propone incorporar a Rusia a la OTAN e instalar su sede en Moscú. O transformar los carros militares en máquinas para construir viviendas. Y, por supuesto, repite por doquier el sucinto credo al que probablemente debe gran parte de su popularidad: serenidad, pacifismo, erradicación del sufrimiento y de las guerras: “Todo el mundo tiene derecho a una vida feliz. La compasión consiste en reconocer que este derecho fundamental es perfectamente igual para cada uno de los 6.000 millones de seres humanos del planeta”.

El tono es siempre sereno, equilibrado. ¿Que le preguntan por la opresión china que sufre su tierra natal? “Creo al cien por cien que la no violencia salvará al Tibet. El siglo XXI será el siglo del diálogo. La violencia está completamente pasada de moda”, afirma. ¿Que algunos manifestantes le tratan de “mentiroso” y de “dictador”? “Me alegro de que puedan disfrutar de su libertad de expresión”, responde sin pestañear.

¿Y dónde queda la religión en todo esto? Pues igualmente en todo y en nada. El budismo tibetano supone una alternativa a la severidad dogmática de nuestras tradiciones monoteístas: “Los ejes de reflexión pueden ser experimentados por todos, cualquiera que sea su religión de origen”, asegura el dalai. La libertad de apreciación es total: “¡Elegid lo que os guste. El resto, dejadlo!”. La llamada “Vía media” que propugna, entre materialismo y nihilismo, atrae a mucha gente. La práctica de la meditación aporta además un bienestar físico inmediatamente constatable.

Una suerte, pues, de filosofía terapéutica a la carta, sin dios, sin causa primera identificada, sin paraíso, sin sacrificio, sin moral -no hay ni bien ni mal-, pero cuyas palabras “maestras” saben navegar muy bien sobre el mar de fondo de nuestra sociedad occidental: compasión, búsqueda de la sabiduría y logro de la serenidad por eliminación del sufrimiento moral.

Y como todo discurso vago, su interpretación provoca numerosas confusiones. Algunos cristianos se jactan incluso de poder vivir las dos espiritualidades. Pero el budismo –ya está dicho- no cree ni en Dios ni en el diablo. El propio dalai lo ha advertido en más de una ocasión y aconseja que cada uno permanezca en su religión de origen: “Al final hay que elegir. Estas dos aproximaciones son difícilmente conciliables”.
Los medios de comunicación participan en esta confusión: unánimemente designado bajo el término de “Su Santidad”, el dalai suele callarse que la noción de santo no existe en el budismo: sabe muy bien que todas estas proyecciones sirven a su extraordinaria popularidad y, al final, a la causa de su pueblo (o de su gobierno). Como suele olvidarse de que la espiritualidad budista es mucho más austera e incluye mucho de renuncia: a las riquezas para empezar, al propio ego y a los deseos y apegos a las cosas, pero también a los seres; y, por ende, a la pasión amorosa, entre otras.

De todos modos, ¿quién osaría reprochar al dalai su encanto en un mundo como el nuestro, donde, como dice Gregorio Morán, hay quien sitúa a un equipo de fútbol como máximo referente vital? ¿O donde gente en apariencia racional y sensible admite que votaría por el señor Berlusconi en cualquier ocasión y bajo cualquier concepto? Al fin y al cabo, la búsqueda espiritual es más trascendental que once millonarios corriendo tras un balón o que un empresario histriónico y ególatra jugando a la política. Y el Dalai-lama ofrece esperanza, que no es poco.

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