El «virus» homosexual ataca a las iglesias inglesas

El gran acontecimiento religioso –o, por mejor decir, cristiano- de este año no ha sido la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney o el Sínodo sobre la Biblia celebrado en Roma. Ni tan siquiera el bimilenario del nacimiento de San Pablo. No. El acontecimiento cristiano de este 2008 ha sido, sin duda, la Conferencia anglicana de Lambeth celebrada el pasado verano. Por varias razones: porque se logró evitar la seria amenaza de cisma que se cernía sobre ella, por el innovador sistema colegiado de diálogo y toma de decisiones y, sobre todo, por lo que supone de esperanzador (¡el cristianismo sigue abierto a los signos de los tiempos!) su resultado: la tácita aceptación de obispos mujeres y homosexuales declarados y “en ejercicio”.

La iglesia anglicana –episcopaliana en Estados Unidos, Canadá y África- agrupa a unos 80 millones de fieles repartidos en 38 iglesias nacionales o regionales independientes, que forman la Comunión anglicana. La más numerosa de estas iglesias es, con 26 millones, la inglesa, cuyo primado, el arzobispo de Canterbury, ejerce también un primado simbólico sobre las 686 diócesis restantes. Desde 1868, cada diez años, todos los obispos se reúnen en la llamada Conferencia de Lambeth que, aunque no tiene ningún poder efectivo –cada iglesia es libre de adoptar o no sus decisiones- sí ejerce una gran autoridad moral.

Lambeth

La de este año se anunciaba crucial: mantener la comunión entre las 38 iglesias, amenazada por dos causas mayores. Por un lado, la sempiterna polémica en torno al acceso de las mujeres al episcopado. Por otro, el contencioso homosexual abierto en 2003 por la Iglesia episcopaliana americana al ordenar obispo de New Hampshire a Gene Robinson, que vivía abiertamente con su compañero y que este mismo año se ha casado civilmente en una ceremonia a la que siguió una bendición religiosa.

El malestar se hizo patente en junio en Jerusalén. Allí se reunieron un millar de anglicanos –entre ellos, 280 obispos- en una “Conferencia global sobre el futuro del anglicanismo”, impulsada por el arzobispo de Nigeria, Peter Akinola, que anunció la creación de una estructura paralela, la Hermandad de Confesiones Anglicanas. Para los participantes en este encuentro, la cuestión homosexual no es más que “la parte visible del iceberg”. Lo que está realmente en juego es “la interpretación de las escrituras, que no debe cambiar según las costumbres de la época”. A la cabeza de la contestación están las iglesias africanas. Enraizadas en sociedades en las que la homosexualidad se considera como un crimen y en las que deben competir duramente con el islam, estas iglesias no entienden la postura “liberal y decadente” según la cual la fe anglicana debe adaptarse al siglo XXI y acusan a la rama americana de “revisionista”.

Finalmente, ni cisma ni anatema. Aunque 150 obispos decidieron boicotear Lambeth en protesta por la participación en la conferencia de la iglesia episcopaliana norteamericana, se pudo evitar lo peor. Los 657 obispos presentes –con sus cónyuges- lograron ponerse de acuerdo sobre un documento final de intenciones teóricas, sin decisiones concretas, que al menos mantiene unida la Comunión respaldando la ordenación episcopal femenina y sin condenar a los obispos homosexuales.

Y ello gracias, sobre todo, a la aplicación de un método de trabajo paradójicamente de inspiración africana. En lugar de los habituales procedimientos en sesiones plenarias, con votos fastidiosos de innumerables resoluciones y enmiendas, el trabajo se realizó en indabas, término zulú que designa una resolución de conflictos mediante la escucha mutua en pequeños grupos. El arzobispo de Ciudad del Cabo, Thabo Makgoba, resumió el espíritu de este sistema: “Es escuchar a un hermano decir: “Estoy total y teológicamente en desacuerdo contigo, pero no dejaré la Comunión”. Aprender del otro no significa necesariamente estar de acuerdo con él, sino estar seguro de haber echo todo lo que es humanamente posible para comprenderlo”. Así, en un ambiente “globalmente excelente”, según la expresión de Bernard Ntahoturi, primado de Burundi, obispos occidentales pudieron percibir mejor los sufrimientos de los zimbabuos o la humillación de los parias en la India, mientras que prelados del Sur se sintieron reconfortados oyendo las reticencias de algunos colegas norteamericanos sobre la bendición de parejas homosexuales. “Esta conferencia ha dejado claro que no hay deseo de separarse. Los anglicanos constituimos una comunidad profundamente diversa, pero que vive la tolerancia mutua”, concluyó el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams.

Por contra, el resultado de Lambeth no ha gustado mucho a la Iglesia católica. El cardenal Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, ha advertido de que la decisión de ordenar mujeres obispas “es un paso atrás”. Hasta ahora, el objetivo del diálogo era la plena unidad de anglicanos y católicos, pero “con mujeres obispos es imposible, porque rompe la sucesión apostólica”. Algo que, al parecer, no ocurría cuando sólo había mujeres sacerdotes y que demuestra, una vez más, que la Iglesia católica sigue considerándose la verdadera Iglesia de Cristo y que no se trata de dialogar, sino de reunir bajo Roma todas las sensibilidades cristianas.

Newman

Mientras, la cuestión homosexual también está creando problemas al Vaticano en Inglaterra. El papa tiene –o tenía- intención de beatificar este mes al cardenal John Henry Newman, hombre de fina espiritualidad, convertido del anglicanismo y gran figura del catolicismo inglés en el siglo XIX. Pero la exhumación de sus restos para que puedan ser venerados por los fieles ha sido considerada por los activistas de los derechos de los homosexuales como “un acto de homofobia que sólo pretende ocultar que Newman era gay”.

El cardenal está enterrado junto al sacerdote Ambrose St. John, con quien vivió durante largos años. “Deseo con todo mi corazón que me entierren en la tumba del padre Ambrose St. John. Ésta es mi última e imperativa voluntad”, escribió por tres veces Newman antes de morir. Sobre su lápida común se puede leer esta frase en latín: “Ex umbris et imaginibus in veritatem” (“De la sombras y las imágenes a la verdad”), lo que muchos consideran como una “salida del armario” póstuma.

Para Austen Ivereigh, consejero del cardenal Cormac-Murphy O’Connor, primado católico inglés, estas críticas son absurdas: “Nadie cuestiona el hecho de que el cardenal Newman amó profundamente a Ambrose St. John. ¿No afirmó él mismo a la muerte de St. John que su pena era comparable a la de un esposo que hubiera perdido a su mujer o a la de una esposa que hubiera perdido a su marido? Pero en ningún caso asimiló su relación con St. John a un matrimonio o a una unión gay. Es un error querer interpretar con criterios contemporáneos hechos de la época victoriana, cuando este tipo de relaciones intensas y apasionadas, pero totalmente castas, era muy frecuente en Oxford y entre la comunidad católica inglesa”.

Pero, homosexual o no, lo cierto es que también la comunidad católica inglesa se opone a la “profanación” de los restos del cardenal. “Casi ciento veinte años después de su muerte, el más célebre convertido inglés al catolicismo va a ser separado de su amigo, sin respeto para su deseo más ferviente”, ha escrito The Tablet, el semanario católico más “ortodoxo”. Y el rechazo a esta inhumación ha sido confirmado por un reciente sondeo organizado por The Church Times, que revela que el 80 por ciento de las personas interrogadas están en contra. Por si acaso, Roma ya se está curando en salud y afirma que si la beatificación se retrasa se deberá únicamente, en palabras del cardenal francés Jean Honoré, “a la crisis actual de la Comunión anglicana”.

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