El gran dilema del cristianismo en Siria

Foto. Sharron McClellan CC.En este mundo cada vez más simplista y hasta maniqueo, las personas de fe cristiana en Siria se encuentran en una situación tan paradójica como desesperada. Quienes se piensan demócratas y a favor de los derechos humanos se creen con el deber de apoyar a la lucha rebelde contra el régimen dictatorial de Bashar Al-Assad. La causa demócrata se asimila así a la de “la buena”. Y, por tanto, “la mala” es la otra, la de quienes reprimen y masacran a las personas que reclaman libertad, con las cuales hay que acabar.

Pero resulta que la guerra civil siria, que empezó como una protesta al socaire de las primaveras árabes, se ha convertido también en un conflicto religioso que enfrenta, dicho sea también de forma simple y maniquea, a la minoría alauita –una rama chiíta de corte religioso liberal, considerada heterodoxa y que está en el poder– con la mayoría sunita, de tendencia islamista fundamentalista y apoyada por las monarquías absolutas del Golfo. Y las personas cristianas, apenas dos millones –el nueve por ciento de la población–, mayoritariamente árabes y divididas en once Iglesias diferentes (ortodoxa, maronita, armenios, greco-católico, caldea, nestoriana, católica romana, protestante…), cada una con su propia jerarquía, ritos e incluso lengua, se encuentran en medio y ante un dilema irresoluble: la ética o el suicidio.

Para entenderlo conviene recordar que el régimen sirio es el único estado árabe oficialmente laico y respetuoso con la libertad religiosa. Mucha gente no ve en la caída de Al-Asad la esperanza de una nueva era, sino las nubes de un periodo de acoso y terror. Si la población rebelde, dominada por los Hermanos Musulmanes, alcanza el poder, ¿se reconocerá el derecho a las minorías? Las personas expertas en la materia consideran que no. Que los cristianos y cristianas se arriesgan a la persecución o al exilio. A que se les arranque de una historia de dos mil años que comenzó antes incluso de que san Pablo cayera del caballo a las puertas de Damasco.

Esta angustia está en parte alimentada por la propaganda del régimen, que agita la amenaza islamista. Pero el miedo se explica también con razones más profundas. Siria ha sido la tierra de acogida de la población cristiana que huyó de Irak en 2003. El traumatismo de lo vivido por estas personas –atentados, secuestros, masacres– sigue en la memoria de todo el mundo. El temor se fundamenta igualmente en lo que ven como un continuo deterioro de la suerte de quienes profesan esta fe en la región: convertirse en una comunidad apenas tolerada. Como está ocurriendo, por ejemplo, en Egipto. Para esta gente, el régimen actual es el último muro de contención frente al aumento del islamismo.

Foto. Hovic CC.
De esto sigue que los jerarcas cristianos más representativos apoyaran al presidente Bashar al comienzo del conflicto, advirtiendo del riesgo de desestabilización del país y rechazando cualquier tipo de violencia. “El peso de los cristianos es tan débil que sufrimos desde hace siglos la ley del más fuerte”, afirmó en marzo el metropolita sirio-ortodoxo de Alepo, Yohanna Ibrahim. “Con cada cambio de régimen perdemos lo que construyó la generación anterior”. Monseñor Ibrahim declaró en 2011 que Bashar “es el único apto para emprender reformas”.

Del mismo modo, el patriarca católico maronita de Siria y Líbano, Béchara Raï, sostiene que “es cierto que el régimen del partido Baaz es una dictadura, pero hay varias con el mismo modelo en el mundo árabe. Y Siria es más próxima a una democracia”. Este tipo de declaraciones le han granjeado las críticas de muchos cristianos y cristianas de la oposición en el exilio y de países occidentales. Claro que, en esto, monseñor Raï no hace sino seguir la postura del mismo Benedicto XVI que, en su visita al Líbano el pasado septiembre, saludó la valentía de la juventud siria pero no condenó al régimen.

Tampoco se puede hablar de una postura cristiana homogénea. Varios prelados, como la mayoría de la población cristiana de a pie, han optado por un silencio ambiguo, intentando no tomar partido. Ningún líder ha apoyado explícitamente a quienes se han rebelado contra el régimen. Sí lo han hecho otras figuras reconocidas, que llevan años denunciando la corrupción y luchando por un cambio, como el jesuita Paolo Dall’Oglio, fundador de una comunidad mixta comprometida con el diálogo islamo-cristiano. Dall’Oglio, que llevaba 30 años en Siria, fue trasladado por sus superiores en noviembre, previa presión gubernamental, por mostrar su solidaridad con el grupo de rebeldes, pese a que él mismo reconoció la infiltración de grupos yihaidistas que “escapan al control de los rebeldes y hacen una lectura confesional del conflicto”. Otro cristiano, Bassel Shéhadé, muerto en Homs al comienzo del conflicto mientras filmaba la represión de la revuelta, se ha convertido en uno de los iconos de la revolución.

Foto. Hovic CC.
Sea como fuere, la población cristiana, indemne en los inicios, ha comenzado a sufrir las consecuencias de la animadversión rebelde, que les identifica como colaboracionistas del régimen. Las iglesias son atacadas y los combates, cada vez más cruentos, se han trasladado a los barrios cristianos de Alepo, Damasco y Homs, precisamente las ciudades que albergan mayor número de creyentes en Jesús. Y el éxodo ha comenzado. Se calcula que han huido ya unos 400.000 cristianos y cristianas, casi todos al Líbano. Muchas de estas personas, que ya salieron de Irak en su día, temen acabar yéndose también de allí.

¿Qué ocurrirá con quienes se queden? Hay voces, entre quienes tienen experiencia piensan que esta guerra terminará dividiendo al país, como sucedió Irak, según una lógica confesional. Esto dejaría la mayor parte a la población sunita, mientras que la alauita se retiraría a la norteña región de Latakia, donde tienen su origen y donde, según se cuenta, tienen todo preparado para formar un pequeño Estado. La población kurda podría crear una zona autónoma en el nordeste, como ha hecho en Irak. De las tres grandes minorías del país, la cristiana es los únicos que no dispone de un reducto territorial propio y a sus miembros solo les quedaría vivir como ciudadanos y ciudadanas de segunda.

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