Aconfesionalidad, laicismo y bienestar

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Foto. Get Religion.Vivimos tiempos en los que algunas cuestiones pesan como losas. El Concordato con la Santa Sede y la financiación de la Iglesia (institucional) con dinero público, la injerencia de la jerarquía eclesial en decisiones del ámbito civil, el ataque a quienes ellos consideran “disidentes” incluso en sitios públicos (de todos, fuera del espacio de los lugares estrictamente religiosos…)… Hoy más que nunca es de rigor recordar los beneficios para la construcción de una sociedad verdaderamente democrática de un Estado realmente aconfesional en el que la laicidad sea el pan de cada día.

Significa esto que hemos de recordar lo positivo de la separación de las instituciones civiles y las religiosas, una sociedad donde reine la aconfesionalidad, que garantice la pluralidad y las libertades, que proteja la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Una sociedad en la que ninguna confesión religiosa tenga carácter oficial ni rija los planteamientos de las decisiones (al menos no de modo obligatorio) que se tomen en el ámbito civil (leyes, normas…). Reconociendo, además, que la aconfesionalidad y la laicidad no son ni antirreligiosas, ni antiateas ni antiagnósticas. Que no se impongan ni la religiosidad ni el ateísmo.

Una sociedad en la que se respeten las diferentes creencias (religiosas, ateas, agnósticas), con la vista puesta siempre en un mínimo en lo referente al respeto de la dignidad de la persona, sin discriminaciones por razones religiosas, culturales o sociales. Un marco, en suma, que proteja la pluralidad de creencias e ideologías y que vele por ellas al margen de lo que suele llamarse el arraigo que tengan. En palabras de Henri Peña-Ruiz, “la igualdad de todos los ciudadanos -sean cualesquiera sus convicciones o sus opciones espirituales- y la búsqueda del interés general, del bien común de todos, como única razón de ser del Estado. Para dar a estos tres valores una garantía institucional fuerte, la laicidad emancipa la esfera pública de todo dominio en nombre de una religión o de una ideología particular” .

Laicismo y madurez

Una sociedad en la que no sea obligatorio ni quitarse ni ponerse un pañuelo en la cabeza (quien dice pañuelo dice peluca, que usan las hebreas más ortodoxas) y en la que asuntos como los modelos de familia y el aborto se aborden en las instituciones públicas desde el ámbito de la ética civil. Una sociedad en la cual a los teólogos no los persigan los jerarcas dentro de la Biblioteca Pública ni en la plaza del pueblo.

Cantar en tierra extraña, se titula esta sección. A menudo, los de tierras extrañas (lejos unas veces, cerca otras) y los más próximos queremos lo mismo: una sociedad en la que los clérigos no supervisen las acciones y las decisiones que se tomen en el ámbito de lo civil ni en nuestro modelo familiar, ni amenacen si no se sigue la senda que ellos marcan. Una sociedad en la que se respete la diversidad y la adultez, la madurez, la senda propia de los ciudadanos y ciudadanas más allá de lo aprendido, de lo que es fruto de la tradición y no de la elección propia. Un Estado aconfesional es la antesala de una sociedad de ciudadanas y ciudadanos libres, con madurez, que ejercen su libertad fruto de la emancipación, un crecimiento dentro de un ámbito de libertad de pensamiento y de libertad de conciencia.

Una sociedad, además, en la que bienestar y libertad vayan unidos, fruto de un pacto entre la ciudadanía, en la que la aconfesionalidad del Estado y la laicidad no tengan que ser vigiladas por ejércitos represores (al modo estalinaino y turco). Una sociedad en la que las mujeres y los hombres practiquen libremente su espiritualidad, su ateísmo, su agnosticismo… Sus dudas, las convicciones… Una sociedad en la que no nos amenacen con castigos, ni con dogmas, ni con fatuas, ni con armas. Vayamos de la mano quienes luchamos desde Europa con quienes en muchos países de todo el mundo están en la misma lucha, tratando de abrir brechas en sus sociedades por las que se cuele la libertad y el respeto a la pluralidad.

Cuando hablamos de aconfesionalidad no es algo gratuito. Hablamos de dignidad y de bienestar. Cuando hablamos de laicidad hablamos del camino hacia la igualdad y la justicia social.

Como dice el teólogo musulmán Mohamed Talbi, “Habría que asentar una forma de sociedad fundada en la igualdad total de todos los ciudadanos, que no comparten todos las mismas convicciones religiosas. Vamos hacia un pluralismo universal que hemos de aprender a manejar…. Y para que la laicidad sea aceptada en nuestros países hay que explicar a la gente lo que es y que no pretende desislamizar a los musulmanes. Hay que decir a todo el mundo que podemos vivir juntos cada uno según su ética y teniendo en cuenta el hecho de que existe una ética común en las nociones de igualdad, de fraternidad, de bien y de mal, encarnando cada uno estas nociones a su manera”.

Bibliografía interesante
• Henri Peña-Ruiz, La emancipación laica: filosofía de la laicidad, Madrid, Laberinto, 200.
• Henri Peña-Ruiz y César Tejedor de la Iglesia, Antología Laica. 66 textos comentados para comprender el laicismo, Ediciones Universidad de salamanca, 2009.
• Mohamed Talbi, Plaidoyer pour un Islam moderne, Cérès Éditions/Desclée de Brouwer, Tunis, 1998

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