Increencia, agnosticismo, pluralidad y encuentro

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Creer y no creer no son antítesis en conocimiento ni en valores. Para llegar a una convicción de agnosticismo o ateísmo, muchas personas llegan a conocer mejor la cultura y las normas de las Iglesias que los propios fieles de éstas. Y, en cambio, no siempre los creyentes hacemos el esfuerzo de acercarnos –y mucho menos ponernos en el lugar– a las personas que no comparten nuestra fe. Muchas veces es más cómoda la zona de seguridad de nuestras rutinas religiosas, en las que no hay que cuestionar ni cuestionarse las creencias. Basta con seguir en las costumbres.

Hay personas que rompen con esta fe rutinaria y, desde dentro de la Iglesia, mantienen una posición de colaboración y cercanía con entornos mayoritariamente no creyentes. Se plantean retos intelectuales, pero también humanos, como la atención a personas sin hogar, a inmigrantes de otras culturas y religiones. Curiosamente, las mayores dificultades para estas propuestas fronterizas no vienen de fuera, sino de dentro de la propia estructura jerárquica, que, por incomprensión o búsqueda de control, ponen limitaciones y llegan a cerrar servicios vitales para personas en diferentes situaciones de necesidad.

Pero la incomprensión sobre estos fenómenos de “no creencia” tan característicos de nuestro tiempo nos puede llevar a vivir de espaldas a la realidad, porque el ateísmo y el agnosticismo son posiciones diversas y muy extendidas que no podemos ignorar fácilmente. Al mismo tiempo, los ámbitos de posible encuentro, diálogo y colaboración, son infinitos. Saber cómo nos ven quienes nos miran desde fuera es la mejor forma de aprender y mejorar. También de aprender a creer.

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