Historias de verano

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Foto. Matthew Fearnley.Un amigo mío estuvo en Lyon en el mes de junio. Me cuenta que un miércoles conoció por casualidad a un español residente en la ciudad, quien le comunicó que al día siguiente no tenía trabajo, aunque no sabía de qué fiesta se trataba. Resultó ser el Corpus Christi, celebrado en la Francia laica y suprimido en España, salvo en lugares concretos.

En la misma línea van alguna experiencias mías de este verano en Alemania. En una región de la Selva Negra se edita, especialmente para los visitantes, un folleto con las Veranstaltungen, las actividades. Pueblo por pueblo aparecen festejos, exposiciones, concursos, mercadillos pero también todas las celebraciones religiosas, horarios de misas, oraciones… Si eso se hiciera en España ¿no saldrían voces alegando que nuestra sociedad es aconfesional y que es la Iglesia quien tiene que dar esas noticias a sus seguidores?

Más: cerca de la casa en que me alojaba estaba la Iglesia del pueblo, que tocaba la campana todos los días a las 12 y por supuesto el domingo antes de la misa.

En esa zona de Alemania no es infrecuente encontrarse -en entradas de los pueblos o en cruces de caminos- con cruceros con la figura del Crucificado. A cien metros de mi casa se alzaba uno. En su pie aparecían talladas las iniciales del matrimonio que lo había erigido y la fecha, 1993. Era, pues, un monumento reciente. No se me ocurrió preguntar pero estoy seguro de que nadie del pueblo se levantó protestando por que se levantara en plena calle un símbolo religioso tan explícito.

En Friburgo de Brisgovia hace años que renovaron la fachada del Ayuntamiento. Sobre la puerta pintada en verde, cuatro letras doradas: AM MM (Año del Señor 2000) No tengo ni idea de qué color era en ese momento la corporación pero parece que nadie levantó una voz en contra de semejante divisa. Me imagino lo que hubiera pasado en España, tan aficionada en estos momentos a cambiar rótulos o denominaciones.

De camino hacia Munich paramos en un descanso en una autopista. Se anunciaban la estación de gasolina, el bar, el restaurante… y la capilla. Era una construcción moderna, bonita, ordenada, un espacio bien logrado con muchas velitas encendidas, entre ellas la mía. Alguna vez me ha pasado por la cabeza la idea de animar el proyecto de algo semejante en España. Cualquiera a quien se lo he comentado me ha argüido con toda razón: en unos meses se habrían llevado el crucifijo o las posibles imágenes o los asientos y las paredes estarían llenas de pintadas. (Dicho de pasada, en cualquier pueblo la iglesia está siempre abierta y nadie piensa en robar ni destruir nada)

Me venía a la memoria, por ejemplo, el asalto a la capilla de la Complutense y, aparte de una lamentación ya tópica –“¿por qué España ha de ser diferente?”– pienso que no debe cerrarse el debate, ahora un poco adormecido, sobre la laicidad en nuestro país.

Si alguien abre en Internet el espacio Europa laica encontrará innumerables entradas. Muchas reflejan un ambiente de revancha o por el contrario de victimismo. Precisamente el clima al que hay que renunciar.

Ya hace diecisiete años que apareció el libro de Rafael Díaz-Salazar, que no solo hacía un repaso preciso de las diferentes posturas que se mantienen entre nosotros, sino que hacía propuestas concretas para una mejor cohabitación entre las diversas sensibilidades.

Entretanto, mientras se formulan y entrecruzan ideas y proyectos, no cabe dejar de recordar que el hecho religioso ha impregnado la cultura en España durante siglos y que sus huellas están por todas partes. Son una herencia que otros países han sabido integrar en la laicidad. España ¿seguirá siendo diferente?

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