De cómo acercarse a los no creyentes

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Foto. alandar.Jesús nos dice que hay que hacerse niño para entrar en el Reino de Dios y cada día me convenzo más de ello. Todos hemos visto a los niños en la playa, puede haber varios jugando, pero cuando llega otro nuevo, vemos cómo, de forma casi instantánea, se pone a jugar con ellos. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué tienen tanta facilidad los niños para acercarse unos a otros? Pues por la “inocencia”. No tienen una ideología que anteponer, ni un sentido del ridículo que les paralice. Los cristianos estamos, en general, bastante ideologizados y nos comportamos poco como creyentes.

El creyente ha de anteponer la humanidad antes que su ideología. Mucha gente rechaza de los católicos la “soberbia” con la que hablamos, la prepotencia, el orgullo de creernos los buenos y los que tienen la verdad. Vamos dando con la Biblia en la cabeza o con una moral que, como la de los fariseos que criticaba Jesús, no es otra cosa, en muchos casos, que invención humana, olvidando lo fundamental: “el amor al prójimo”.

Pero, ¿qué es eso de anteponer la “humanidad”? Pues ver al otro como lo vería Jesús, como él miró a la samaritana, o a Zaqueo o al recaudador Mateo. Veía que eran gente necesitada de salvación. Los miraba sin juzgarlos, desde el cariño, como el que entendía la historia de cada uno y las circunstancias que les habían llevado a ese punto. Por eso la mirada de Jesús era distinta, era una mirada de comprensión, amor y ternura que no le impedía a veces mostrarse enérgico cuando veía que se faltaba a un respeto fundamental.

Gandhi dijo que le gustaba el cristianismo pero que, cuando miraba más de cerca, los cristianos le parecían cantos rodados del fondo de un río, que por fuera están mojados pero que cuando los rompes por dentro están secos. Y esta es una gran verdad. Por eso, gran parte de la crítica que nos hacen a los católicos no es tanto a Jesucristo como a la Iglesia, por las formas en que se manifiesta. La Iglesia necesita un ejercicio de autocrítica, cosa que no hace desde hace muchos siglos. Prepotencia, soberbia, creerse con la verdad, nos convierte en seres repelentes para los demás. Pero no es con la Iglesia en especial, pues si una persona se muestra así de prepotente, soberbio, autoritario en una reunión de la comunidad de vecinos seguro que le va a caer muy mal a la mayoría de sus vecinos.

El rechazo social de la Iglesia nos lo hemos ganado a pulso. Es verdad que en la Iglesia hay gente que está con los pobres, los marginados, los excluidos, pero los que más aparecen en los medios son los “repelentes”. De hecho, la Iglesia “oficial” se va escorando hacia una ultraderecha integrista que no es más que un refugio de los que hace tiempo dejaron de escuchar al mundo y, en un autismo vergonzoso, no hace más que caer en un victimismo, pensando que todos están contra nosotros (políticos, intelectuales, socialistas, lesbianas, etc.).

Hace poco una adolescente de unos 15 años vino preguntando por el sacerdote para hacerle una entrevista. Cuando había terminado le pregunta sobre lo que pensaban sus amigos –los de su clase– de la Iglesia. Su respuesta fue que ven a la Iglesia como algo antiguo, machista y prepotente. ¿Cómo se ha llegado a eso?

Yo un día estaba en la puerta de la parroquia al anochecer y se me acercó una mujer sudamericana con una gran maleta. Me preguntó que si sabía dónde podía dormir porque la mujer que cuidaba había muerto y había tenido que salir de la casa. Yo le dije que no sabía y la vi alejarse por la acera abajo, perdiéndose en la oscuridad. Por entonces vivía en la casa de mis padres y la casa parroquial estaba vacía, pero con todo su equipamiento. De pronto me di cuenta y sentí vergüenza de tener aquella casa vacía, habiendo tanta necesidad.
Así empecé a albergar la idea de si podría acoger a personas necesitadas por un tiempo, hasta que mejorasen en su vida. Poco a poco fui poniendo la idea en marcha y acogimos al primero, al poco al segundo, luego un tercero y, cuando ya había seis, pensé que podía ampliar la Casa de Acogida, añadiendo unas salas que, con pequeñas obras, podrían seguir acogiendo a nuevas personas. Y así fue. Con la ayuda de algunos voluntarios, hicimos tabiques, aseo, cocina, recogíamos muebles y camas en batidas nocturnas, pedíamos electrodomésticos en las misas y preparamos lugar para otras cinco personas. Después, la gente seguía llegando, conocidos de los que ya estaban o que venían del albergue municipal o incluso de los servicios sociales. Hasta nos enviaron de la Cruz Roja o la misma policía nos trajo a alguna persona. Y fuimos ampliando hasta dar cabida a 27 personas. Llegaron personas con problemas de alcohol, de drogas, prostitutas, indigentes sin techo, divorciados indigentes, maltratadores con orden de alejamiento, gente a la que le habían robado la tienda de campaña en la que vivían, personas apocadas y explotadas que les hacían trabajar todo el día por diez o veinte euros, personas con permisos penitenciarios que si no tenían donde ir no obtenían el permiso, gente en rehabilitación del alcohol a las que sus familias no los querían, un enfermo mental que había agredido a su padre y del que no querían saber nada y del que preferían que siguiese encerrado años y años (de este me tuve que hacer cargo a manera de tutor). Pasaron por la casa más de 95 personas en tres años y medio, no faltaron los problemas, ni las ambulancias ni la policía, ni las denuncias, yo siempre me decía que no era un pisito de “universitarios” y eso me ayudaba a encajar los problemas que surgían. La mayoría se fueron contentos y agradecidos, algunos insultando y alguno hasta nos denunció por no tener más remedio que echarle.

Pero había una mirada común para todos ellos, de comprensión, yo sabía que detrás de todos ellos había una historia de dolor, de haber dado tumbos por la vida. Muchos estaban en lo más bajo y yo siempre les decía que la Casa de Acogida, era una oportunidad en su vida. Fomentábamos la cooperación frente al individualismo, la responsabilidad con los gastos (de luz, agua, mantenimiento,…) frente a la limosna. No era fácil, porque había hábitos muy marcados, pero muchos de ellos evolucionaron, mejoraron en sus vidas, muchos dieron el salto a meterse en piso propio, otros se unieron para alquilar un piso para cuatro o cinco personas, alguno encontró trabajo, muchos tenían alguna ayuda social pequeña pero que, bien administrada, les permitía vivir en alguna habitación de la ciudad.

Puede parecer que no he hablado nada sobre Dios, pero en realidad, no he hecho otra cosa desde el principio, porque Dios está en la vida y dar respuesta a la vida es lo que nos pide Dios. Jesús respondió a la realidad de su tiempo, a la gente que se encontró, pescadores, magistrados, sacerdotes, prostitutas, bandidos, etc. A todos les dio una respuesta desde el amor y muchos la aprovecharon y cambiaron. El encuentro con él les cambio la vida.

La Casa de Acogida estaba en la misma parroquia y yo me sorprendía de cómo algunos se acercaban a oír misa, no cualquier misa, sino la que hacía yo. A algunos se les veía desconcertados, como incrédulos de que fuese yo el mismo que les atendía, el mismo que se ponía un alba y decía una misa. Algunos me planteaban sus dudas de fe o sus malas experiencias en el pasado, pero no había duda de que la relación que habíamos creado también servía de trasvase de espiritualidad. Algunos resultaron ser creyentes, pero creyentes del Jesucristo que yo les manifestaba. Muchos creen que responder a Dios es irse a un seminario o irse de misiones o entrar en una iglesia, pero todo ello puede quedar vacío si no le pones rostros a los que hay que responder.

Hemos de bajarnos al “pollino” de la humildad, ser tolerantes, respetuosos, comprender, aceptar, amar. Es nuestro testimonio de vida el que evangeliza. Lo que pasa es que lo hace muy despacio, no al ritmo que nos gustaría, sino al ritmo del otro, según su historial. La paciencia es fundamental, no el ir de salvadores.

A estas alturas, muchos pensareis que la Casa de Acogida fue una buena obra y yo así lo pienso, pero no pensaron igual las autoridades eclesiásticas, que, cuando se enteraron de ello, empezaron a preocuparse, de que la cosa se fuese de las manos, de que luego no quisieran irse de la iglesia, de que se pelearan y hubiese alguna muerte o de que el futuro sacerdote no tuviese una casa donde meterse. Por todo ello, me instaron a que cerrase la Casa de Acogida. Como no lo hice, al año siguiente me cambiaron de parroquia, pidiéndome expresamente que cerrase la acogida, como así tuve que hacer. Se fueron acoplando en casas de pequeño alquiler en grupos de cuatro o cinco personas y la experiencia terminó.

Pocos días antes de irme de la parroquia me paseaba por aquellas habitaciones solitarias y en penumbra, recordando la vida que habían tenido, los rostros de los que por ellas habían pasado, el espesor de la vida que allí se había manifestado, las ilusiones y esperanzas que se vivieron y ahora volvían al silencio de las piedras muertas que en muchas ocasiones llamamos Iglesia.

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