Comida a la basura

  • por

Foto. VegwareFrente a lo que pudiera dictar el sentido común, el advenimiento de una etapa de crisis económica y escasez no presupone necesariamente el fin del despilfarro. Alandar profundiza en el presente número en el derroche de alimentos. Más 6’5 millones de toneladas de comida se tiran a la basura en nuestro país, aquél (se acuerdan) que sacaba pecho hace no tanto por ser la décima potencia mundial. Y que conste que no somos el país que más lo hace: en Europa hay otros cinco que nos superan en esta carrera macabra de despreciar lo que a millones de personas les permitiría sobrevivir.

Constatar la existencia de este enorme despilfarro todavía resulta mucho más doloroso cuando se sabe que, en nuestro país, más de un millón de seres humanos no tienen cubiertas sus necesidades alimenticias básicas. Ambas realidades facilitan que termine mezclándose el hambre con las ganas de comer. Así, los contenedores de basura que hay junto a los supermercados congregan cada vez a más gente necesitada que debe buscar su sustento diario entre lo que se tira. Una triste imagen que nos conecta con etapas que creíamos superadas, como la Gran Depresión americana de 1929 o el racionamiento y el hambre que se sufrió aquí tras la Guerra Civil.

Si escarbáramos en las causas que provocan la generalización de este hábito instalado en una sociedad satisfecha, seguramente toparíamos en primer lugar con la falta general de empatía con los que menos tienen. La educación en valores, esa que se defendía en los libros de la ya difunta Educación para la Ciudadanía, es una asignatura suspendida por gran parte de nuestra población. España se ha instalado en las últimas décadas en una forma de pensar que recuerda a la lógica por la que se rigen los nuevos ricos. Cuesta reconocer en el panorama actual un país cuya Constitución admite una serie de derechos fundamentales e inalienables que la práctica diaria convierte en papel mojado para la mayor parte de su población.

No obstante siempre hay buena gente empeñada en buscar alternativas. También en este terreno. Así, por un lado, en el Parlamento Europeo se está trabajando para aprobar una directiva que modifique la forma de etiquetar los alimentos, una práctica que en este momento facilita el despilfarro. También destaca la labor de los centros de distribución de alimentos en Cataluña; o del Banco de Alimentos, una ONG que recoge importantes donaciones de comida que, gracias a sus voluntarios y voluntarias, se hace llegar a miles de personas necesitadas en muchos lugares del país.

También en el ámbito empresarial, tanto en el de la restauración como en el de las cadenas de supermercados, se empieza a ser sensible a lo que sucede y se abren posibilidades para aprovechar mejor los alimentos. Todos los esfuerzos son pocos. La denuncia de los casos flagrantes y el anuncio de alternativas deben unirse para acabar con esta lacra social que nos debería llenar de vergüenza. De cada uno de nosotros y nosotras depende que en nuestra casa no se tire comida. Ese es un buen principio, pero no es suficiente.

Últimas entradas de Colaboración (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *