Hace tres años, el mundo católico se conmocionaba con dos grandes noticias que sucedían por primera vez. Un papa renuncia a su cargo, denuncia escándalos financieros y abusos sexuales internos y se queda a vivir en la curia. Un mes después era electo como papa un no europeo, argentino y jesuita. Estos dos hechos deben estar presentes en cualquier análisis de largo plazo que se haga del papa, el papado, el Vaticano, la Santa Sede y la Iglesia católica.
Estos hechos “religiosos” tuvieron un gran impacto mediático: no solo llegaban al mundo católico sino que – como hechos extraordinarios – pasaban a formar parte de la agenda mundial de las grandes empresas de medios. Estamos en una sociedad mediática y de la información que no sólo expande y amplía los acontecimientos sino que los recorta según sus intereses y proyectos. Disputa la sociabilidad y la subjetividad de la vida a otras agencias como la familia, la escuela, el trabajo, el barrio, la religión y la política.
De todos modos, recordemos que una mayoría de católicos ha decidido creer sin pertenecer y regula sus creencias a su manera sin demandar ni consultar a sus autoridades ni a los medios.
Hoy, en el siglo XXI, las experiencias comunistas casi han desaparecido, las derechas crecen y el capitalismo financiero que enriquece a una ínfima porción de la humanidad mientras empobrece a las mayorías vuelve a intentar transformarse en una religión de “culpas y deudas”, como lo proclamó Walter Benjamin en su Kapitalismus als Religion.
La figura de Francisco

El papa Francisco comprendió esta “herencia” y ha dado respuestas desde la austeridad, la sencillez y la proximidad hacia el pueblo creyente. En esto se asemeja a la mayoría de los obispos argentinos que son hijos de inmigrantes, formados en la cultura del trabajo duro y constante y no herederos. Además, es un inteligente dirigente político-religioso formado en una corriente que considera que el pueblo, la religiosidad popular y el ethos son, fundamentalmente, católicos y que hoy – en América Latina- son amenazados por la ideología del liberalismo económico y la creciente presencia evangélica. Se caracteriza también por su energía y decisión a la hora de ordenar y hacer cumplir su autoridad.
Ha logrado en estos tres años una amplia popularidad, revitalizar el carisma papal en su figura, unir líneas dispares a partir del reconocimiento de su persona y de dar respuestas a los “escándalos” que conmovían al Vaticano, además de posicionándose como líder político y ético/religioso católico a nivel planetario.
Francisco ha logrado ese liderazgo disciplinando a la diplomacia vaticana con funcionarios especializados de la Academia Pontificia y con un proyecto que es, al mismo tiempo, socio-político-religioso y deslegitimador de un capitalismo desregulado de “ajuste y explotación”, remarcando la dignidad de cada personas y, en especial, la “de los más pobres”, “los excluidos”, los de “las periferias existenciales” y presentado a la Iglesia católica como parte de la solución. Como respuesta a esa globalización excluyente propone -como sus antecesores- la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y el Catecismo Universal (CU), pero adaptados a “los signos de los tiempos”.
El papa Francisco representa lo que la curia ha llamado la “geopolítica vaticana de la misericordia que defiende a las personas, a los pobres y a las víctimas sin dejarse atrapar por los juegos del poder de las grandes potencias”. La describe así su vocero, el sacerdote jesuita Antonio Spadaro, en un texto publicado en el último número de La Civiltà Cattolica de enero de 2016: el papa está lejos de «todos los teóricos del enfrentamiento de Civilización» y de los predicadores del «enfrentamiento final, con amargo gusto religioso, que alimenta el imaginario de yihadistas y neo cruzados». La libertad con la que se relaciona con líderes como Obama (USA) , Putin (Rusia), Raúl Castro (Cuba) o Rouhaní (Irán), el deseo de reunirse con Xi Jinping (China), el reconocimiento del Estado de Palestina y el de Israel, la disponibilidad para impulsar el proceso de paz entre el gobierno de Colombia y los guerrilleros de las FARC… son indicios de que «la Santa Sede ha establecido o quiere establecer relaciones directas y fluidas con las superpotencias, sin querer quedar atrapada en redes preconfeccionadas de alianzas e influencias».
Si bien reafirma la importancia del vínculo directo del papa con el pueblo, viajando por el mundo como Juan Pablo II, Francisco -a diferencia de sus antecesores- ha sumado también esfuerzos por la igualdad y la justicia social en el interior de los países. Para ello no habla específicamente de derechos humanos individuales, sino que insiste más en los derechos y en los movimientos sociales. Proclama el proyecto de las Tres “T”: trabajo, tierra y techo.
¿Qué pasa con los catolicismos en cada uno de nuestros países? ¿Cuánto dan respuesta el crecimiento de la legitimidad vaticana frente a los poderes estatales nacionales y mundiales – hoy hay mas de 180 países con relaciones diplomáticas cuando a fines del siglo XIX eran unos pocos– y los esfuerzos por la unidad de los cristianos a la crisis de credibilidad, identidad y pertenencia que viven fieles y especialistas católicos? ¿En qué medida el retomar este discurso social que reduce el moral/sexual concita transformaciones en nuestras Iglesias locales? Podemos decir que muy poco.
Una respuesta está en que la globalización, que ha permitido la transnacionalización y mayor visibilización del centro vaticano, deja poco espacio a las Iglesias de los estados nacionales.
Francisco, como la gran mayoría de la actual eclesialidad –el único que tuvo posturas dislocantes públicas fue el cardenal Martini antes de morir- creen que desde arriba y desde afuera se solucionan los problemas cotidianos, las crisis en las subjetividades y las sociabilidades católicas individuales y comunitarias del día a día. Bergoglio en Argentina no propuso ninguna reforma a la organización parroquial territorial ni pastoral hegemónica, se sintió tan lejano de las comunidades de base como de la democratización del poder interno y no construyó otras mediaciones a las tradicionales. Cree que hay que mejorar, ampliar y perfeccionar la estructura que ya existe sin proponer algo nuevo o diferente. Sigue creyendo en un catolicismo integral y en toda la vida. Se trata, sí, de sumar tanto a las personas que se identifican con la teología de la liberación como con el Opus Dei o con la Fraternidad San Pio X en una “estructura de la misericordia” que integre a unos y otros, siempre y cuando acepten ese liderazgo, la DSI y el CU.
Francisco no presta atención y niega cambios para repensar el papel de la mujer en la vida del pueblo de Dios. Los deseos y subjetividades de las mujeres no pueden seguir siendo ignorados en una institución que sigue siendo patriarcal. Para él es más fácil hablar de los pobres que de los derechos de las mujeres.
Es innegable que ese modelo político-social y religioso deja mayores libertades en los múltiples catolicismos en comparación con los anteriores de afirmación identitaria (Juan Pablo II), de iglesia para pocos (Benedicto XVI) y de sospecha de los excesos del Concilio Vaticano II de ambos.
Si desde abajo no nacen y son apoyadas local e internacionalmente nuevas formas de organización del pueblo de Dios, nuevas comunidades de vida y alegría menos patriarcales, más participativas y más democráticas, que defiendan la dignidad humana y las espiritualidades de los pobres en todos los niveles en que hoy son ignoradas, estigmatizados y discriminados, la crisis continuará.
