La intervención con chicos adolescentes es difícil porque supone desaprender, pero se puede educar en igualdad. Mediante sesiones de trabajo en nuevas masculinidades, jóvenes en riesgo de caer en las violencias cambian su actitud.

por Javier Maravall Yáguez. Doctor en Historia Contemporánea y especialista en estudios de la condición masculina y la violencia de género.

La adolescencia es un período complejo de aprendizaje y preparación para el mundo adulto, un tiempo que debiera estar acompañado de espacios de trabajo y apoyo emocional en cuestiones fundamentales como la convivencia en igualdad, los cuidados de la salud afectivo-sexual o la resolución pacífica de conflictos. Son aspectos, cuestiones fundamentales que aparecerán en sus vidas y, tarde o temprano, tendrán que afrontarlas con la mayor autonomía y preparación. Por ello, allí donde no llega suficientemente la educación formal, es necesario generar espacios de esa índole.

Otra razón de peso para ir en esta dirección es la necesidad de contrarrestar el impacto que ha tenido en nuestros jóvenes la irrupción de las nuevas tecnologías en sus hábitos de socialización y aprendizaje. El inicio prematuro en la sexualidad sin preparación ni sensibilización en comportamientos igualitarios, la inmediatez o la falta de habilidades comunicativas y emocionales, la reproducción de estereotipos sexistas y los mecanismos de control o ciber acoso son algunos de los indicadores más preocupantes. Todo ello ha traído consigo un aumento considerable de problemáticas que se pensaban ya superadas como el aumento de embarazos no deseados, la propagación de las enfermedades de transmisión sexual (ETS), o discursos justificativos que normalizan y minimizan las diferentes violencias machistas. (Barómetro Reina Sofía, 2019).

En este sentido, el acceso a la sexualidad a través de las redes está jugando un papel fundamental en la construcción de la identidad del propio adolescente, así como en su forma de entender las relaciones interpersonales en todas sus dimensiones. Desafortunadamente, dicha circunstancia no se ha contrarrestado con una formación integral y continuada de nuestros jóvenes, especialmente de los chicos, en dichos ámbitos de desarrollo y conocimiento. Todo ello ha tenido consecuencias muy concretas.

Un tercio de los jóvenes

A día de hoy, en España, alrededor de un tercio de nuestros jóvenes varones (de entre 14 y 25 años de edad) no entiende ni comparte el concepto de igualdad. Los adolescentes interiorizan la desigualdad como un hecho natural, lógico y esperable, bajo la premisa de que hombres y mujeres, irremediablemente, y por su distinta idiosincrasia, han de ocupar lugares existenciales diferenciados. Muchos de ellos siguen buscando y esperando un modelo de “mujer cuidadora” en sus respectivas relaciones afectivo-sexuales. Entienden, de una manera más o menos subconsciente o consciente, que la igualdad de género implica de facto una retirada en la asunción y vivencia de sus privilegios masculinos, circunstancia que no todos los chicos estarían dispuestos a asumir con realismo y coherencia, más aún si no tienen un acompañamiento o referentes igualitarios en este proceso.

En efecto, según los estudios de reciente actualidad, tres de cada diez chicos entre los 14 y 25 años podrían estar en riesgo de ejercer violencia o discriminación machista con las chicas con las que se relacionan. Uno de los factores que ha podido influir, aunque no el único, es el que tiene que ver con la legitimación y repetición de conductas tóxicas derivadas de la pornografía sexista que consumen casi diariamente. Pero aparte, también hay que señalar el déficit de habilidades emocionales y de educación sexual igualitaria que tienen a lo largo de su historia de vida.  

Un programa pionero

Como respuesta a esta compleja realidad y dentro del compromiso de la Fundación Luz Casanova por la igualdad y la erradicación de las diferentes violencias machistas, se puso en funcionamiento en 2016 un programa pionero dirigido a ellos. La intervención se centró primero en las chicas que pudieran estar sufriendo violencia de género, como parte de la estrategia de la organización en la atención a mujeres en alta vulnerabilidad social. De ese importante trabajo, mano a mano con ellas, se concluyeron dos grandes premisas. La primera señalaba que, tras la intervención, las chicas lograban salir de sus respectivas relaciones de maltrato y mejorar sustancialmente su autoestima y calidad de vida (en el 75% de los casos). La segunda era también contundente: nos mostraba la necesidad de realizar una intervención dual (incluyendo esta vez a los chicos) como parte de las propias demandas de las usuarias que habían sido atendidas: “Yo salgo de una relación tóxica y violenta pero él sigue ejerciéndola con otras chicas”, nos decían las chicas.

Así, en enero de 2018, pusimos en funcionamiento un programa específico para chicos adolescentes de entre 12 y 20 años de edad que pudieran estar ejerciendo violencia a la hora de relacionarse con las chicas de su entorno más próximo. También estaban invitados a aprender nuevas masculinidades quienes por su situación socio-personal presentasen una alta potencialidad de ejercer estas conductas. Tanto con ellas como con ellos, se plantean sesiones individuales y en grupo y la duración de los talleres es de, aproximadamente, todo el año escolar. Destaco que atendimos a más de 10 jóvenes que ya habían ejercido violencia o discriminación en sus respectivas relaciones afectivo sexuales.

Desde nuestro arranque, hemos trabajado con tres grupos de chicos que contaban cada uno de ellos entre 10 y 12 participantes. Trabajamos en dos distritos especialmente vulnerables de la Comunidad de Madrid: Fanjul, en Aluche, y La Cañada.

Taller de nuevas masculinidades

El objetivo principal de este recurso, desde sus inicios, estuvo enfocado en disminuir los niveles de agresividad y violencia de aquellos chicos que tuvieran, al menos, cierta voluntad o disposición de querer trabajar y modificar sus conductas a través de un espacio de compromiso continuado y confidencial. Se trataba de que pudiesen contar con un lugar de descompresión y aprendizaje emocional que les generase bienestar, que pudieran ir tomando conciencia de sus conductas violentas y discriminatorias, al igual que los efectos que estas han ido generado en las chicas con las que se  han relacionado. Porque, hasta entonces, jamás lo habían tenido. Nuestro taller, junto con el de otras iniciativas de organizaciones que se acercan a sus complicados barrios, supone un paréntesis a las muchas violencias en que viven inmersos. Porque esos chicos y chicas, además de la violencia física que les rodea, se encuentran con la violencia estructural de una sociedad que les ha olvidado. Hablo de esos espacios a los que hacía referencia Philip Alston, el relator contra la pobreza extrema de Naciones Unidas: “He visitado lugares que sospecho que muchos españoles no reconocerían como parte de su país. Barrios pobres con condiciones mucho peores que un campamento de refugiados”.

La escucha activa es la principal herramienta para llegar a ellos. Se aplica una metodología flexible y abierta, basada en preguntas abiertas, a través de mesas de reflexión y diálogo. En las sesiones individuales, son ellos mismos quienes pueden decidir qué asuntos trabajar. A partir de ahí, de lo que se trata es de que los chicos puedan ir realizando “una pausa reflexiva para sentarse y hablar de sí mismos, pero también como una oportunidad de poder escuchar al otro y aprender”.

En este sentido, una de las problemáticas más frecuentes con las que nos hemos encontrado, sobre todo en las primeras sesiones, era la “incapacidad” de muchos de los usuarios a la hora de sentarse un rato y vivenciar desde la tranquilidad el solo hecho de hablar y empatizar con lo que tiene que decir el resto de los compañeros. Así, el nerviosismo y la vergüenza suelen ser elementos comunes en buena parte de los chicos quienes, al comienzo, no entienden muy bien el sentido del espacio, sin además agredir física o verbalmente a los compañeros como mecanismos de defensa, porque sencillamente no han tenido esa experiencia y están acostumbrados a esa forma de socialización agresiva. En otras palabras, ante lo nuevo, suelen aparecer resistencias tipo: “Si hablo, luego lo contarán”. “Se van a reír de mí. Yo no necesito hablar: estoy bien”. “Hablar de sentimientos es para tías o maricones”.

Violencia interiorizada

No era fácil el objetivo, conseguir reducir sus violencias, presentes en su lenguaje, en su forma de actuar, en las maneras de relacionarse entre ellos y con terceros. Valga por caso que, aproximadamente, tres de cada diez participantes tienen interiorizada las descalificaciones como mecanismo legítimo a la hora de relacionarse con sus compañeros. Entre ellos es frecuente insultarse en femenino y, casi siempre, buscan el desprecio centrándose en aspectos físicos: gorda, fea, negra, marica… Se observa también en ellos una evidente falta de control de impulsos y habilidades comunicativas: en varios casos, incluso hasta cuando están contentos, su manera de mostrar afectos es agrediendo.

Así, solo para lograr que sus niveles de agresividad y estados anímicos alterados descendieran, necesitamos varios meses de intervención, incluso reconfiguramos los grupos ya que no todos estaban preparados para convivir y compartir esta experiencia y aprendizaje. Cuando eso ocurrió, los derivamos a sesiones individuales; en los casos más extremos, en un 10 por ciento, tuvimos que anular su participación en el aula. Sus agresiones continuadas y la tenencia de armas blancas en las clases nos impedían trabajar en el proyecto.

Jugaron a favor las dinámicas de relajación y el hecho de acudir con regularidad, la perspectiva de continuidad que les ofrecíamos facilitó un ambiente de confianza. Gracias a él, los chicos empezaron a comprender que estábamos allí para escucharles y ayudarles: “Estamos acostumbrados a que vengan, nos den la charla y luego se vayan, no les interesan nuestros problemas”, señalaban.

Estrategias de intervención

Otra estrategia para hacer más fácil el acercamiento fue evitar que pudieran percibir el programa como un lugar de adoctrinamiento, o bien en donde se pudieran ver señalados como machistas o agresores. Con ese objetivo, evitamos utilizar –especialmente cuando empezamos a trabajar con ellos- terminología referida a la desigualdad y a la violencia de género. Nuestra experiencia nos dice que solo conviene hacerlo cuando el vínculo es suficientemente sólido y se empiezan a vislumbrar los primeros progresos. Es entonces cuando los chicos se relajan, hablan de sus problemas y van superando la vergüenza y la burla frente a los otros para expresar sus emociones y vulnerabilidad.

A partir de ahí, las agresiones descienden y su autoestima se fortalece, lo que abre nuevas posibilidades de cuestionamiento y aprendizaje. Porque al final, de eso trata esta experiencia, de desaprender su cultura machista y de poder abordar los asuntos relacionados con su manera de relacionarse con las mujeres y de interpretar y vivenciar la masculinidad, a través de alternativas saludables y equitativas. Por tanto, nuestra experiencia apunta a que la intervención tiene que ser planteada, al menos, a medio plazo (2-3 años) y de forma continuada (una sesión semanal).

Por otro lado, una estrategia que genera aspectos beneficiosos en la intervención es que el equipo responsable esté formado por un hombre y una mujer. La idea es que los participantes vean interactuar a dos adultos de distinto sexo en equidad y desde los buenos tratos. En nuestro caso, daban por hecho que existía una relación sexual o afectiva entre nosotros. Percibían que hombres y mujeres no “pueden ser amigos o interactuar de igual a igual”. Con los meses, y con un ejemplo concreto y cotidiano, empezaron a superar estereotipos y a normalizar la igualdad como un factor beneficioso en la vida.

Otro aspecto fundamental que incorporamos es el trabajo en el ámbito de los cuidados de la salud. A través de estrategias interdisciplinares como la terapia con animales de compañía o bien la práctica de deportes en donde puedan aprender a trabajar en equipo y canalizar sus impulsos, logramos que los chicos se sintieran mejor y que, en muchos casos, descendieran o superasen sus problemáticas de consumo. Y esto es importante en cuanto a su relación con el otro y su sexualidad. Aproximadamente el 30% de ellos consideraba que hay una simbiosis entre el “hecho de ligar con una chica y obtener un goce sexual con el de estar colocado”. Para ellos, las drogas son un método habitual y eficiente que ayuda a superar la vergüenza, abstraerse  y relajarse. “Antes me daba vergüenza preguntar a una chica, mezclaba mucho alcohol y luego no me acordaba de nada. Ahora estoy más tranquilo, le pregunto a la otra persona cómo está, cómo se siente, no doy por hecho nada”, nos contaban. En efecto, estas técnicas refuerzan su autoestima y seguridad, pero también habilidades que les permitan una mayor tranquilidad y confianza en ese proceso de interacción social.

Cifras para la esperanza.

Tras mucho trabajo de ellos y de la Fundación Luz Casanova, después de más de dos años de intervención, podemos afirmar que hay progresos, sí, pero que también queda mucho por hacer. Pese a las dificultades en los inicios del proyecto, la asistencia, el compromiso y la continuidad de los chicos ha sido el 80%, un valor que ha superado las expectativas iniciales. Aunque no todos han tenido el mismo progreso y se han dado casos de abandono o expulsión, el 35% de ellos ha logrado sensibilizarse y mejorar sustancialmente sus habilidades emocionales y relacionales. Esos chicos, además, han logrado comprender el origen de la desigualdad y las distintas variables de la violencia de género. El 40% de ellos sigue teniendo dificultades, dudas y contradicciones respecto a su manera de relacionarse con las mujeres, aunque han disminuido sus niveles de agresividad y violencia hacia otros. Sin embargo, queda trabajo pendiente: el 25% no muestra niveles de progreso o abandona el servicio.