El periodismo actual bascula entre ser herramienta de control del poder o arma de los poderosos, entre garante de la democracia o fábrica de bulos para socavarla. En los tiempos en los que los medios se han convertido en trinchera, urge más que nunca reivindicar la libertad y la responsabilidad de un servicio imprescindible.

Hechos y bulos

por Javier Mayoral

Nos gusta pintar la vida. Quizá no tanto como vivir, pero casi. Creemos que así apresamos la realidad. O que influimos en la visión que los demás tienen de la vida o de nosotros mismos. Tal vez por eso pintar la vida es empeño ancestral de pintores (faltaría más), músicos, fotógrafos, escultores, cineastas, dramaturgos, novelistas… Como sugirió el poeta José Emilio Pacheco, “tenemos una sola cosa que describir: este mundo”.

Los periodistas, a diferencia de otros pintores de la vida más dotados para el arte o la aventura, se han esforzado tradicionalmente por controlar su propia subjetividad. Sin negar que eran (y son) sujetos. Es decir, personas con prejuicios, manías, fobias, obsesiones, intereses particulares e ideologías. Eran y son sujetos. Nunca objetos. La doctrina clásica no exigió objetividad a los periodistas. Lo que planteó fue un método de trabajo que permitiera controlar en lo posible esa inevitable subjetividad. Tal método partía de dos principios fundamentales: la verificación, por un lado, y la distinción entre hechos y opiniones, por otro.

El periodista (en su versión tradicional, al menos) elabora un relato veraz sobre hechos comprobados. Relato sobre hechos. Nada de juicios de valor sobre si algo está bien o mal. El periodista acude a distintas fuentes para reforzar esa tarea de verificación. Debe revisar o cotejar cada dato. Salvo excepciones, no le sirve una sola versión de los hechos. Todo ha de ser contrastado. Tampoco se atreve a sospechar o suponer. En sus noticias no incluye conjeturas, hipótesis o deducciones aparentemente lógicas. ¿Hay algo más imprevisible —y a veces ilógico— que la propia vida?

Cambio de tendencia

Toda esta sumarísima teoría del periodismo estuvo más o menos vigente hasta finales del siglo pasado, aunque ya en el último cuarto se advertían claros síntomas de agotamiento. En ese periodo final ganó protagonismo un relato cada vez más subjetivo, cada vez más personal. Hasta el punto de casi volver a los orígenes: a la confluencia de información y opinión en historias no siempre comprobadas. Esta tendencia parecía no disgustar a la audiencia. Tampoco, por tanto, a las empresas periodísticas. La subjetividad liberaba a la noticia clásica de esa formalidad tediosa que acumuló durante décadas. La crónica resultaba más sabrosa y más digestiva. Si escaseaban fuentes o sobraban juicios personales, nadie parecía sufrir por ello.

Pero sufría el periodismo como oficio, como profesión. Al tiempo que perdían rigor, periodistas y medios de comunicación se anestesiaban para sobrellevar las acusaciones de manipulación informativa. En realidad sufrían también, acaso sin saberlo entonces, tanto las audiencias (o al menos los ciudadanos preocupados por conocer y comprender la realidad) como las propias empresas periodísticas. Porque ese nuevo periodismo ganó amenidad, pero perdió credibilidad. Entre 1972 y 2016, la confianza de los ciudadanos en los medios de comunicación pasó en Estados Unidos de un 72% a un 32%.

La revolución tecnológica

En plena crisis de credibilidad andábamos cuando llegó la revolución tecnológica. Todo se transformó de repente: desde el soporte a través del cual se accede a la información hasta el propio modelo de negocio. Uno de esos cambios decisivos consistió en que los periodistas, en todo este proceso de comunicación sobre el acontecer público, dejaron de ser mediadores necesarios. Cualquier persona, institución, empresa, organización o colectivo social puede publicar de forma directa lo que estime conveniente. Sin intermediarios. O incluso a través de falsos intermediarios, lo cual es a veces una gran ventaja.

Otro cambio decisivo afectó al modelo de distribución de contenidos. En esta nueva, formidable e hipertrófica estructura comunicativa confluyen materiales muy diversos. La misma red de tuberías que permite la conducción de agua potable transporta también sustancias radioactivas. Todo circula por los mismos conductos. Noticias contrastadas, relatos incompletos o deformados, medias verdades, burdas manipulaciones, rotundas mentiras: todo viaja por las mismas vías. Por eso a veces cuesta distinguir el agua potable de los líquidos insalubres.

Desde 2016 venimos usando con mucha frecuencia términos como “posverdad”, “fake news”, “desinformación” o “bulos”. Pero de sobra sabemos que la mentira no es un invento digital. Mentimos desde siempre. O desde antes incluso. La mentira es sin duda un gran estímulo para quienes se dedican a pintar la vida. Analógica o digitalmente: qué más da. Lo que ocurre ahora es que pintar la vida (en general) o publicar una mentira (en particular) está al alcance de cualquiera. Hablamos ahora más de los bulos porque nunca fue tan fácil crearlos y difundirlos.

Defendernos de los bulos

Por eso resulta imprescindible que aprendamos a defendernos. Como individuos y como sociedad. Necesitamos defendernos de la mentira viral que busca clics, impactos, visitas. Y necesitamos defendernos más si cabe de las mentiras de naturaleza ideológica: aquellas que usan el engaño para persuadir, para denigrar al adversario, para estigmatizar a personas o colectivos, para generar un cierto estado de opinión. Hay falsedades bobas. Incluso graciosas. Pero en los últimos meses hemos comprobado que también hay falsedades que matan. En sentido metafórico, todo bulo es letal en tanto nuble nuestra capacidad de comprender.

Desde 2016 se viene hablando de fake news, de posverdad o de bulos como si todo eso constituyera una nueva crisis (otra más) del periodismo. Al contrario. No hay más que ver cómo luchan contra el periodismo los fabricantes de bulos. Prueba evidente de que en este caso no es la víctima, sino el mejor antídoto, el mejor mecanismo para combatir la desinformación. Por eso necesitamos hoy más que nunca un buen periodismo. Ese que certifica y comprueba de forma minuciosa. El que logra aportar certidumbre en momentos de confusión. Ese periodismo que, para pintar la vida, no introduce juicios de valor en las noticias, porque le basta con describir el mundo.