El atractivo de una espiritualidad abierta y sencilla

En los días finales de 2015, la comunidad de Taizé celebró en Valencia su “Peregrinación de Confianza”, que año tras año congrega a miles de jóvenes de todo el mundo. En esta ocasión alrededor de 15.000 chicas y chicos se acercaron a la capital del Turia para participar en este encuentro de fraternidad internacional. Habría quienes acudieran atraídos por la espiritualidad sencilla y abierta que ofrece esta orden ecuménica; habría quienes buscaran un camino para encauzar algunas de las inquietudes que marcan el ritmo de su corazón; habría quienes se sintieran atraídos por la forma de rezar a través de los cantos y quienes, simplemente, quisieran conocer a personas de otros países y culturas. Habría quienes fueran por haber comprobado que, en medio de tanta gente, resulta más fácil encontrarse con Dios.

De alguna manera, estas eran las respuestas que yo mismo me di cuando paseaba por los Jardines del Turia, donde estaban instaladas las dos grandes carpas en las que se celebraban las oraciones del mediodía y de la noche, centradas en el coraje de la misericordia, en línea directa con el año propuesto por el papa Francisco para los meses venideros. Sin duda, son miles los jóvenes –y no tan jóvenes- dispuestos a hacer realidad esta virtud que impulsa la ayuda y el perdón.

La espiritualidad sencilla de Taize en Valencia
WIEISIA en Flickr

En las palabras que el hermano Alois –superior de Taizé– dirigía en los ratos de oración comprobé esa sencillez espiritual. Son palabras directas, vivenciales, con referencias explícitas al Evangelio, no a textos magistrales o teológicos, que una y otra vez se repiten, por ejemplo, en cartas pastorales, que en muchas ocasiones apenas sí son leídas. Tengo la sensación de que, cuando se escucha al hermano Alois compartir su Navidad en la ciudad siria de Homs –un cúmulo de ruinas inimaginables- y su vivencia unos días antes en Líbano -donde hay cerca de dos millones de refugiados, casi la mitad de la población del “país de los cedros”, aunque apenas queden unos ejemplares- es más fácil entender lo que Jesús de Nazaret, al que muchos tratamos de seguir, quiere de nosotros. Esta postura ante la acogida contrasta con otras que ven en el extranjero un “trigo no limpio”, un ser peligroso que busca las ventajas del Estado del Bienestar, que quiere vivir a costa de los acomodados europeos…

Alegría, misericordia

En Valencia percibí también la espiritualidad abierta para quienes están en pleno proceso de maduración cuando Taizé propone que la realidad de nuestras vidas, las de todos y todas, creyentes de distintas religiones y no creyentes, debe asentarse sobre una roca hecha de realidades fundamentales y accesibles a cualquier ser humano: la sencillez, la alegría y la misericordia, “porque, como cristianos, compartimos con muchos la preocupación por poner la misericordia y la bondad en el centro de nuestra vida”, dice el hermano Alois.

Aunque he estado en otras peregrinaciones de confianza –Milán, Zagreb- me han gustado las propuestas para despertar en cada persona el coraje de la misericordia. Cada cual encontrará más posibilidades en una o en otra. Cuando nos proponen “confiarnos al Dios que es misericordia”, esto va acompañado con la certeza de que “el amor de Dios no es sólo por un instante, sino para siempre”. Sabiendo que siempre podemos regresar a Él y que, en la oración, podemos encontrar un tiempo para pararnos y respirar.

Cuando nos proponen “perdonar una y otra vez” lo hacen sabiendo que el perdón de Dios no falla nunca. Aunque no resulta fácil, perdonar es una de las alegrías más liberadoras. Cuando la herida sea demasiado profunda, tratemos de curar por etapas. Y, como Iglesia, mostremos que estamos abiertos a quienes nos rodean, defendiendo a los oprimidos. Cuando nos proponen “acercarnos, solos o con algunos otros, a una situación de sufrimiento”, se nos está poniendo ante la realidad de millones de seres humanos cuya vida es pena, dificultad, pobreza, soledad, hambre, analfabetismo… Desde aquí te das cuenta de que la misericordia no es sensiblera, sino una exigencia sin límites. Y esto tiene continuidad con otra propuesta: “Ensanchar la misericordia a sus dimensiones sociales”. Aquí también tenemos que abrir los ojos y el corazón a los refugiados, a los emigrantes, a la condonación de la deuda de los países pobres, a la oposición por la explotación sin miramientos de los recursos naturales… Desde Taizé nos recuerdan la importancia de restablecer la justicia, de que “en lugar de ver en el extranjero una amenaza para nuestro nivel de vida o nuestra cultura, acojámonos mutuamente como miembros de la misma familia humana”.

Al final, me pregunto si quienes formamos la Iglesia actual -quizá algo anquilosada, un poco oxidada, demasiado estructurada, muy regulada, con maneras incluso catastrofistas- sabremos encauzar este torrente de juventud viva, ilusionada, inquieta, comprometida, esperanzada… Estoy convencido de que es posible si tenemos confianza en el Espíritu abierto y sencillo, alegre y misericordioso. No la dejemos perder.

Autoría

  • J. Ignacio Igartua

    Llevo más de 30 años en este apasionante mundo de la comunicación (Ya, La Información de Madrid, Vida Nueva…), si bien los últimos en la acera de los parados. Desde hace unos 15 años, vivo mi fe –y buena parte de mi vida- junto a Paloma (mi mujer) y una comunidad con la riqueza de familias jóvenes y adultos de la parroquia de San Agustín, en Alcobendas. También con ellos vivo la esperanza de conseguir un mundo más justo mediante la acción desde nuestra pequeña ONGD, Sintiendo el Sur, trabajando en el sur de Honduras. En alandar mantengo el gusanillo de la letra impresa y vivo la riqueza de la Iglesia desde una perspectiva libre y evangélica.

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