Los jóvenes de las organizaciones religiosas que participan en el Consejo de la Juventud de España se enfrentan al desafío de representar a la Iglesia en medio del mundo juvenil y de trasladar las reivindicaciones de la juventud al interior de la comunidad eclesial.

El Consejo de la Juventud de España es la plataforma que aglutina la representación del asociacionismo juvenil de nuestro país. Con más de treinta y cinco años de historia, y tras atravesar momentos críticos en los que la continuidad, la libertad y la independencia del proyecto han estado amenazadas por distintas banderías políticas, el CJE está hoy formado por sesenta entidades juveniles de implantación estatal.

El objetivo de la plataforma, en la que están representados también los consejos de la juventud de las diferentes comunidades autónomas, es “propiciar la participación de la juventud en el desarrollo político, social, económico y cultural de nuestro Estado”, tal y como recoge el artículo 48 de la Constitución Española.

Organizaciones estudiantiles, entidades de ocio y tiempo libre y ramas juveniles de partidos políticos y sindicatos son reflejo de una realidad enormemente plural. Una polifonía de voces que, a pesar de la diversidad, son capaces de alzarse al unísono para defender una causa común: los derechos de la juventud.

Dentro del Consejo, las asociaciones juveniles de carácter religioso ejercen una tarea que con frecuencia les lleva a situarse en la frontera, en tierra de nadie. Asumen el papel de ser eclesiales en un mundo juvenil caracterizado por la indiferencia hacia el hecho religioso y, a la vez, tratan de sensibilizar sobre los problemas de la juventud de hoy a una Iglesia a la que a menudo le cuesta sintonizar con sus luchas y deseos.

Con motivo de la concesión del Premio joven Alandar al Consejo de la Juventud de España nos hemos sentado a dialogar con representantes de asociaciones juveniles religiosas que participan en él.

Ellas defienden en esta plataforma los intereses de sus organizaciones pero, sobre todo, trabajan conjuntamente con gente de todo un abanico ideológico para poner sobre la mesa la agenda de la juventud. Una juventud que quiere ser hoy protagonista de su historia y de su futuro.

Desgraciadamente, el Consejo aún no ha logrado incluir en su coordinación a jóvenes de otras religiones y confesiones cristianas, aunque se han producido los primeros contactos para que estas realidades estén también representadas.

Hablamos con Lara, del Movimiento Scout Católico (MSC); David, de Confederación de centros juveniles Don Bosco; María, de DIDANIA (Federación de Entidades Cristianas de Tiempo Libre); Raquel, de la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y Teresa, de la Juventud Estudiante Católica (JEC).

¿Cuál es la diferencia, si la hay, entre la juventud creyente y la no creyente?

La respuesta parecen tenerla clara: es más lo que une que lo que separa. “Toda la juventud tiene sueños, deseos e inquietudes parecidas”, sostiene Teresa. Por otro lado, Raquel afirma que “la falta de oportunidades para un trabajo digno, la precariedad laboral, la dificultad para la emancipación, la discriminación por etnia o género, la falta de becas en el mundo estudiantil, el calentamiento global…”son preocupaciones comunes que los creyentes comparten con el resto de gente joven.

No obstante, todas afirman que la espiritualidad aporta una mirada de profundidad que permite iluminar estas situaciones y conectar con la interioridad de la persona. Lara subraya, entre los jóvenes creyentes, “la capacidad de empatizar con otras formas de sentir la fe, sea religiosa o no”.

Este es otro punto en el que coinciden: ser capaces de reconocer y valorar una dimensión creyente en muchas personas jóvenes aunque no estén vinculadas a la Iglesia o profesen una religión concreta.

“Deberíamos plantearnos qué es ser creyente. En los diferentes espacios en los que me muevo (y en especial en el Consejo de la Juventud) me encuentro a jóvenes con una espiritualidad muy marcada y bien construida, pero que no se identifican con ninguna religión, especialmente con la católica, por razones que en su gran mayoría van más allá de la fe. Suelen echarles hacia atrás ciertas costumbres o palabras de líderes espirituales. Mucha gente ha tenido malas experiencias en el colegio, en la parroquia o en otras instituciones llevadas por la Iglesia”, afirma Teresa.

Respecto a las formas de trabajo, aunque todas comparten una identidad eclesial, encontramos diferencias por el carisma de cada organización.

Así, el objetivo del Movimiento Scout Católico es desarrollar una labor educativa con chavales a través de “la acción y el ejemplo”mediante el escultismo. En Don Bosco se prioriza “el desarrollo personal y espiritual de los jóvenes a través de la participación activa en estructuras asociativas y desde el protagonismo juvenil”, en palabras de David.

Para la JOC y la JEC, movimientos especializados de la Acción Católica, el eje central es el cuidado del proceso de cada persona mediante una pedagogía (ver, juzgar y actuar) que busca impulsar el compromiso en los ambientes.

DIDANIA, cuyo ámbito es el tiempo libre, pone el acento en la formación de educadores y educadoras y en el acompañamiento de niños, niñas, adolescentes y jóvenes.

Todas estas organizaciones están insertas en el tejido pastoral de la Iglesia a través de colegios y universidades, congregaciones, parroquias y diócesis. Para muchas de ellas el Consejo de la Juventud de España es la principal plataforma de acción y representación en el ámbito civil.

Sin embargo, lejos de entender su papel desde una clave de presencia frente al resto de colectivos, las entidades religiosas optan por la mediación, por aportar claves de profundidad al trabajo en beneficio de toda la juventud. Este es el verdadero testimonio de fe.

Muchos miembros de estas entidades ejercen responsabilidades en el CJE y participan en áreas como Trabajo, Educación Formal y No formal o LGTBI. Además, la plataforma permite a las asociaciones cristianas trasladar al resto de la juventud una sensibilidad y una opción preferencial por la juventud más desfavorecida.

Para Raquel, el Consejo de la Juventud ofrece a la JOC la oportunidad de “hacer presente la voz, propuestas y vida de jóvenes de la clase obrera, realidad que, en muchas ocasiones, no se tiene en cuenta a la hora de elaborar planes, proyectos y medidas para la juventud”.

Lara ve muy necesaria la aportación de los scouts católicos por su capacidad de mediar frente a los conflictos y “poner sobre la mesa temáticas, problemas o soluciones de forma más imparcial, sin tener un posicionamiento partidista”. Este es otro de los grandes caballos de batalla del Consejo de la Juventud de España: defender el derecho de los jóvenes a ejercer la política y dignificarla más allá de los partidos políticos.

“Hay que politizar a la juventud, no partidizarla”, se escuchaba como consigna en una de las últimas asambleas del CJE.

La participación en una estructura tan amplia también conlleva dificultades. La primera de ellas es capacitar a chicas y chicos muy jóvenes para hablar en público, defender un posicionamiento político y entablar diálogos sobre cuestiones que muchas veces no se tratan en la dinámica habitual de estas organizaciones.

El Consejo de la Juventud trata de potenciar el compromiso a edades cada vez más tempranas, de tal manera que, muchas veces, cuando los jóvenes han adquirido más experiencia y bagaje en estos espacios es cuando llega la hora de pasar el relevo.

Según María, “para DIDANIA la única gran limitación respecto a la participación en el CJE es la edad exigida en la representación … y es que para este tipo de organización que no realiza intervención directa sino que ofrece acompañamiento a entidades, a veces nos resulta complejo disponer de personas menores de treinta años, a pesar de tenerlas”.

Otra de las dificultades es el tiempo de dedicación. El compromiso en cada organización conlleva muchas horas de reuniones y preparación de actividades, a las que se suma la participación en el Consejo de la Juventud. “Para dar una respuesta de calidad es necesario una apuesta fuerte de tiempo, esfuerzos y personas”, dice David.

Por otro lado, son muchas las oportunidades que el Consejo brinda a estas asociaciones que, a menudo, tienen un volumen reducido, lo que les dificulta a la hora de movilizar recursos propios.

La presencia en el CJE les permite estar al día de los cambios en las políticas de juventud. Además, les facilita nuevas metodologías para incorporar a sus actividades pastorales y ayuda a sus miembros a adquirir competencias en áreas como el trabajo en equipo, la participación y dinamización de debates o la gestión de recursos públicos.

El trabajo en red con el resto permite sumar esfuerzos para tratar de hacer incidencia política en áreas como ecología integral, feminismo o empleo.

La vivencia de fe, pública y naturalizada, de los representantes de estas asociaciones ayuda cada día a otros jóvenes a desterrar prejuicios y contribuye a tender puentes entre la Iglesia y el mundo a través del movimiento asociativo juvenil.

La juventud que cree está llamada a ayudar a superar una visión lejana de la religión y a hacer a la Iglesia conectar con los deseos y luchas de los jóvenes del presente.

La experiencia de Teresa le ha ayudado a crecer en la capacidad de diálogo con gente de trayectorias diferentes y a desterrar prejuicios sobre otros colectivos.

Para Lara, es fundamental cambiar la visión que se tiene de los jóvenes creyentes. “La gente creyente somos gente plural, abierta, tolerante y con ganas de cambiar la estructura eclesial. Tenemos que desempeñar un papel más mediador y conciliador, atrevernos a posicionarnos en cosas en las que hasta ahora no nos hemos atrevido o no hemos podido. Ser impulsores del cambio”.

David opina que la Iglesia debe “poner el foco de atención en los espacios donde están los jóvenes líderes de otros jóvenes, intentando que sean ellos quienes construyan la Iglesia que somos, sin miedo a la evolución y a las propuestas innovadoras”.

María afirma que para que la Iglesia conecte con la juventud de hoy es necesario propiciar “espacios de encuentro flexibles y abiertos que permitan el conocimiento y la proximidad a partir de los intereses de los jóvenes”.

Ante la pregunta por la Iglesia con la que sueñan aparecen lugares comunes: la reivindicación del papel de la mujer, el impulso de procesos en que los jóvenes sean los verdaderos protagonistas y agentes de cambio y la acogida coherente y consciente de nuevas formas de vivir. Reivindican también la transformación del edificio eclesial en una estructura marcada por la sencillez, la austeridad, el decrecimiento y la sostenibilidad.

Lara, David, María, Raquel y Teresa, junto con las personas que acompañan y a las que representan, están ya siendo militantes de ese cambio.

Son esa Iglesia plural que acoge la diversidad, otorga a la mujer una participación de pleno derecho, se compromete con los colectivos más desfavorecidos y alienta el soplo del Espíritu allí donde se lucha un presente de esperanza, justicia y dignidad para todos.

Álvaro Mota Medina

Fotografías: Cristina Sanabria Lagar